KO del 1Q

abril 24, 2012

 

 

La primera vez que escuché de Haruki Murakami fue en 2005. Estoy muy seguro que su novela Crónica del pájaro que da cuerda al mundo no llevaba mucho tiempo en el mercado mexicano y que unos pocos, por aquí y por allá, trataban de entender por qué les fascinaba tanto ese tabique interminable que publicó Tusquets. La primera vez que leí a Murakami fue dos años más tarde, cuando por fin salió la Crónica en una asequible versión para bolsillo y yo estaba aburrido de no encontrar una influencia para mis propios escritos, que me divirtiera y para la que no tuviera que leer ningún estudio introductorio. Estaba cansado también de novelas sobre la Segunda Guerra Mundial, de no entender a Onetti y de quedarme dormido leyendo a Kobo Abe. Y entonces sucedió lo que debe suceder cuando uno entiende que acaba de encontrarse con un hallazgo de aquéllos, cuya simpleza y claridad nos hace pensar en por qué a nadie se le había ocurrido antes. Leí las casi mil páginas de la Crónica con mucho placer, con mucha disciplina, con todos los sentidos allí, en una realización plena de mi placer de leer que pocas veces tengo oportunidad de experimentar. En ese libro no sólo encontré los recursos que yo mismo llevaba años buscando, ésos que equilibran la abyección, la fantasía y la sopa de arroz con uniones que casi no se ven. Por decirlo así, gracias a Murakami entendí cómo debe actuar ese árbitro imaginario que decide los límites entre los mundos. Un árbitro insobornable, invisible, implacable y que corre junto a cada jugada sin que se le vayan las hebras. En ese entusiasmo, en el que se sumaban varias pasiones –Japón, el problema del realismo, la generosidad de la trama, la angustia novelesca- leí más Murakami, hasta que llegué a Kafka en la orilla, la mejor, a mi parecer, de todas sus novelas. Recuerdo que, en mi lectura frenética de ese libro gesté una novela propia, junto con la idea de una poética muy simple y la certeza de que Murakami bien merecía la sonada candidatura al Nobel por el simple hecho de haber desarrollado una estrategia de lo fantástico distinta a todas las que Todorov imaginó y en las que llevábamos cuarenta años atrapados, escribiendo miles de macondos y McOndos.
Un poco antes, muy contento, le dije a un amigo (que tiene la rara capacidad de amargarme la vida) que la Crónica me había emocionado mucho. No se trataba entonces de discutir mi proclividad por las novelas comerciales o por los autores del mainstream, pues me divierten muchísimo y me mantienen despierto porque siempre quiero que el protagonista salve al mundo y se quede con la mujer. Se trataba de otra cosa, y se lo dije en estos términos: “Murakami trabaja con la metáfora. Eso es lo que hace. Uno supone que uno de los términos de la comparación en una metáfora es más imaginario que el otro, más irrealizable que el otro o que, al menos, ambos no podrían estar juntos en el mismo lugar (si uno dice, he perdido a mi mujer en un abismo de incomprensión, se sabe que la mujer está ahí tanto como la incomprensión pero el “abismo” no viene y se aparece como un vórtice “real” en un hotel de Tokio). La metáfora, como resultado de esa combinación paradójica y extraña es siempre algo retorcido y entrañable. La tranquilidad que proporciona la retórica es aquella de la definición. Salimos de esa sensación de extrañeza porque sabemos que la metáfora está articulada con elementos que, en realidad, nunca estuvieron juntos. Los pusimos juntos. Pues bien, Murakami coloca los dos términos de la metáfora en el mismo plano de realidad y luego todo se va al diablo. Es bellísimo”. Ahora reconstruyo todo esto, pero la excitación era real cuando dije las cosas más o menos así. Mi amigo, claro está, me dijo que eso era lo que yo ardía en deseos de ver en la obra. Más allá del facilismo hermenéutico en que a veces es fácil caer, estoy seguro que Kafka en la orilla no sólo prueba mis dichos –que seguramente alguien más ha probado también- sino que en alguna parte lo personajes hablan de la metáfora de una manera bastante cercana a mis intuiciones. No lo descubrí yo, lo descubrió Murakami y yo lo leí con mucha atención y alegría. Y lo noté como cualquier otro pelado. No todos tienen ganas de soportar la “tensión metafísica” de la que habla Updike en la contraportada del Kafka.
Cuando supe que iba a salir 1Q84 me emocioné de nuevo. La novela de Orwell fue para mí iniciática. Mucha de mi pesadumbre habitual se la debo a la sensación de encierro y de pesimismo con la que está escrita la historia de Winston Smith. Me tardé un poco en abrir 1Q84, pese a que llevaba algunos meses en el librero. La idea de que es la obra maestra de Murakami, y que me quisieron vender desde el cintillo, no me parecía la mejor y algo en el tamaño del libro me decía que una vez es posible echar todo en la estufa y preparar una Crónica del pájaro que da vuelta al mundo, pero hacerlo dos veces… En Kafka me parecía encontrar la medida perfecta de páginas, a pesar de que los finales nunca han sido la especialidad de Murakami, a decir verdad. Son cadenciosos, lentos, anticlimáticos. Las intuiciones, los picos dramáticos, la turbación nos han traído de un lado al otro y terminar el viaje extraño en una mecedora no es mala idea. Un final sin lumbre es un buen final también. Pero, de nuevo, y otra vez y dale…
Y entonces sucedió. Hacia la mitad del libro, me aburrí. No estaba leyendo una novela de alguien que no fuera Murakami. Ahí estaba todo: no lo desconocí, pues. Los personajes desencantados, la crítica al poder –a los poderes-, las escenas perturbadoras, el sexo explícito y tristísimo, los pliegues entre dos mundos ligeramente escindidos. Un primer capítulo realmente bueno, como pocos. Y a la mitad del libro, me aburrí. Mucho. Es el drama de conocer bien a un autor o el drama de un autor que conoce bien a sus lectores. Por alguna razón, el autor pensó que debía explicarnos las cosas y que los lectores de su novela número diez y tantas no seríamos capaces de unir los puntos, de apañárnoslas con la incertidumbre de un planteamiento brillante, de lidiar con esos Little People que son, en verdad, de pesadilla. Algo ocurre con ese libro que pierde densidad en cada vuelta de la página. El posible encuentro de los protagonistas o la idea de que uno se sacrificará por el otro, una lolita autista o un líder religioso no son suficientes para mantener una tensión que se descuaja por la claridad de la estrategia fantástica. ¿Qué me gusta tanto de Murakami que no esté en este libro?, me preguntaba mientras Aomame le clavaba un picahielos a un sujeto transcósmico recostado en una mesa de masaje. Y creo que la respuesta es muy simple: el libro nos da un trato de lectores nuevos, de gente que no ha tenido varios años para pensar por qué le fascinan tanto los libros de Murakami. Y el problema es que sí, uno lo ha hecho, ha pensado y ha pensado que muchas veces antes el autor logró desencajar el realismo sin que nos diéramos cuenta, que muchas veces nos tuvo en sus manos, desorientados, creyendo que podíamos adivinar el corazón de la trama y que nunca se apiadó de nosotros. Hasta ahora. ¿Y qué esperabas, un Inland Empire? No, creo que no. A decir verdad, no sé qué esperaba, por eso me gustaba Murakami.Imagen

Internet, esa sopa aguada

febrero 6, 2012

Los escritores/editores/artistas tenemos la costumbre de hacer lo que se espera de nosotros. Es como si alguien se hubiera tomado el tiempo de desnudarnos, uno por uno, para analizar las marcas que escogemos antes de comprar, las rutinas que inventamos, los complejos que tenemos, los lugares que preferimos y los canales que más vemos. El deseo de ser enigmáticos y críticos está tipificado con emoticones y hay rutas de mercado diseñadas para nosotros. No estamos solos, ni creamos en la oscuridad. Somos la generación exhibida, la generación ruteada, resumida en los clicks que da. Antes ser escribir era un estigma, una carga, una revelación, un pelo en la sopa. Ahora se escribe, como por arte de magia, en la suma impredecible de voluntades, el texto infinito y no lo estamos escribiendo nosotros. Formamos parte de él, que es distinto.

El texto inagotable del Internet no es el mismo que el de la Biblioteca de babel. En lo que nos corresponde, implica una desmitificación y una condena que provoca dolores de muela pero también un paso necesario, evolutivamente hablando, hacia la nada.

Internet es el triunfo del anonimato. Quizá un día podamos escribir sin tener que firmar (de poder, se puede, de querer…). ¿Quién en su sano presupuesto renuncia a su nombre cuando los nombres valen tanto más que el contenido del libro? La pregunta (Internet es la respuesta) debe confrontar nuestro deseo de figurar como autores en la portada de un libro impreso.

No hay que esperar nada para publicar lo que podemos publicar desde nuestra casa, desnudos si queremos. El anonimato es la verdad divina, los nombres repartidos sin una mano discernible. Ese texto flexibe, wikipédico, estira la mano y habla en nombre de todos, democráticamente.

Abrir un blog toma quince minutos, diez más ponerle un texto que ya habíamos archivado, el resto se va en la coquetería de las formas, elegir la foto que acompaña el texto y nuestra propia foto, dibujo o representación idealizada. En unos pocos meses tendremos más visitas que libros vendidos en un año y en un año más visitas que toda la gente que hemos conocido en la vida entera. La pregunta es cuál es el objetivo de publicar un libro cuando los lectores, los reales, los potenciales, se acumulan en la red. Qué tipo de lectores se trata y qué tipo de textos demandan podemos discutirlo en otro momento.

El texto ilimitado de la red cumple el sueño de la novela polifónica, es nuestra noche mil uno, la representación precisa del funcionamiento de la memoria, de la asociación de ideas, del caos de la vida y del orden impuesto por el lenguaje. Es el lenguaje desatado, el triunfo verdadero de la incontinencia intertextual.

El estilo es modificado por la velocidad, las abreviaturas, los límites de tiempo, es el lenguaje avasallador que descubrió Funes. Basta introducir en el buscador “perro llamado vladimir visto de perfil a las tres de la tarde” y “perro vladimir visto de frente a las ocho y cuarto”. Ambos existen, son el mismo, ocurren, concurren. Italo Calvino imaginó una literatura exacta, veloz, breve, y consistente en el nuevo milenio. Entre todas las ciudades que imaginó, predijo también esta ciudad adentro.

El Internet arrincona los monopolios con sus mil brazos. Ha terminado con las disqueras, con las monografías y la necesidad de escribir de propia mano los trabajos escolares. Ha terminado con la famosa pregunta “¿en dónde te enteraste de eso?”. La página de sexo salvaje está a la misma distancia que la de los mejores flautistas cristianos. Los contenidos aparecen, sin restricciones, a veces sin sentido y aun sin haberlos solicitado, la información es igual para todos, todos los periódicos, todos los autores, todos los libros. El triunfo de la igualdad, el acceso democrático al infinito.

Pero los perros ladran, los ríos corren y el poder puede. El poder se apodera, ésa es su razón de ser –el poder es el gran amigo de la sinonimia. Es una imagen parcial la que aparece ante nosotros si creemos que primero ocurrió la liberación sexual y ahora es turno de la liberación textual. El poder se apodera. El poder usa. Nosotros tenemos acceso ilimtado a todo, pero todo tiene acceso ilimitado a nosotros. En esa suma de textos interminables que es Internet, esa suma se ambigüedad, de irracionalidades, ese reino de la casualidad (piense usted en un neologismo y luego aviéntelo a Google, ya verá qué ocurre), esa nueva zanahoria para nuestra hambre, el significado se llena hasta que deja de significar. Como la palabra que se repite muchas veces, como los libros de tantas páginas que en realidad sólo deberían tener una y dirían lo mismo. Al poder le sirve perdernos, al poder le sirve que creamos en el acceso democrático a la información. ¿Está ahí dentro la información que importa? Si no está ahí, ¿en dónde está?

Pongamos la sociedad. Cuántos tienen algo que escribir y cuántos algo que leer. Quizá, quizá no, alguna vez nos quejamos de lo poco que se lee en el país. La estadística de medio libro al año por ciudadano es más que buen un intento de provocar culpa generalizada. Es verdad que a veces dentro de todo lo que se puede leer, sólo hay medio libro que vale la pena.

Pero cuánto hay que leer y cuánto hay que escribir para ser una mejor sociedad o, al menos, una sociedad escrita y leída. Los aires de suficiencia de mucha gente que lee y que escribe en este país de yuntas se mide siempre en comparación. Basta leer un poco para ser mejor que el vecino. Y si además nuestro intelectual hipotético escribe unas páginas al día, el abismo que lo separa de los demás crece como una epidemia.

La democratización de los medios convierte a cualquiera en un escritor. Pero no sólo eso. Convierte a cualquiera en escritor con lectores. ¿Es eso literatura? Alguien con el nickname Mefistófeles_666 escribe dos mil caracteres en su blog. Ahí cuenta, con levedad o sin ella, el sueño que tuvo anoche. Luego la película que fue a ver y cuánto apesta. Luego un poema. Lo envía a todos y luego alguien lo reenvía. Quizá Mefistófeles_666 sólo quería que una determinada señorita leyera su poema, su reseña, su sueño. Pero ya llegó a cien lectores en tan solo siete horas. ¿Tener algo que decir, escribirlo y tener lectores lo hace a uno escritor? Si no, ¿qué es lo que hace a uno escritor?

Aunque hay criterios más o menos establecidos sobre lo que es literatura (si alguien no sabe la respuesta reformule la pregunta de esta modo: ¿qué publicaría un editorial? La respuesta es la misma), el sueño, la reseña, el poema, Mefistófeles_666 es literatura, una clase, un tipo. ¿Literatura menor? ¿La pesadilla de Cristopher Domínguez, miles de autores amateurs inundando el mundo con texto que, además de todo, es muy posible que se haga de lectores y de críticos literarios (también conocidos como comentadores del post más reciente)?

Alguien puede proponer, para evitar confusiones, es decir, para evitar que la gente crea que los bloggers son escritores y yo, que me porto bien y uso los canales editoriales tradicionales, soy un esnob: que los escritores reales también abran su blog y escriban no sólo en las páginas impresas. Que funden revistas electrónicas, hagan experimentos con caligramas animados, diarios interactivos, La vida instrucciones de uso convertida en una novela internáutica cuyos capítulos son cientos de páginas de blog dispersas, unidas sólo por un enlace y un apretón del mouse. Y por qué no un libro impreso que tenga contenido extra en el blog personal del autor. Bien, las posibilidades son alentadores, sobre todo porque los escritores y los bloggers son, en muchos casos, los mismos. Pero eso no responde a la pregunta.

¿Mefistófeles_666 es un pobre diablo, uno de tantos insolentes que van a talleres literarios y creen que su diario es una obra maestra? (¿por qué lo llamaríamos insolente de cualquier forma?) ¿O es un ser humano que se ha liberado de las ataduras del mundo literario, un mundo cerrado y perverso en donde la crítica puede ser una obra maestra incomprensible o una pelea callejera entre grupos? ¿No representa Mefistófeles_666 el mundo ideal que imaginamos en nuestra infancia literaria, en donde publicábamos cuando se nos daba la gana y no dependíamos de consejos editoriales, editores rabiosos o no, criterios comerciales, concursos, becas y un largo y penoso etcétera?

La gente lee más y escribe más. Los blogs son entradas más o menos claras que se escriben con cierta regularidad. Existen blogs de amantes de platos decorados y existe el blog de Letras Libres (quizá escrito por las mismas personas). En este último caso, las voluntades grupales se juntan en la vida real y en la virtual, pero los otros, los que no tienen idea que para escribir hay que conocer cómo funcionan los entresijos de la socialité, en un acto inocente o valiente o imprudente se ponen a escribir y a enseñar lo que escriben.

La gente escribe y lee más. ¿Es mejor que sea así? Si nos ponemos intensos, no. No es mejor pero tampoco peor. La idea de un consejo editorial constituido por veinte millones de personas que decida cuáles contenidos de Internet son publicables y cuáles no parece una locura, pero quizá alguno lo prefiera. Hay textos lamentables, hay blogs, páginas, talleres en línea, conversaciones de Facebook y de Twitter verdaderamente desastrosos, pero hay otros asombrosos. Igual que en el mundo real, el mundo virtual es humano demasiado humano.

Quizá lo importante es preguntarse si es necesaria la gran maquinaria del mundo literario o hay que simplificarla un poco. Si es una llamada de atención para hacer las cosas con menos parsimonia o con menos seriedad o con menos esa cosa que muchas veces aleja a la sociedad de los libros.

El anonimato, la futilidad del libro, la vanidad del escritor, la democratización tanto de los medios de expresión como de los requisitos para convertirse en artista, el alcance de las palabras, el vacío, el fin del mundo y dios son sólo algunas de las cosas que explora el explorador cuando lo echamos a andar. La forma que tomen estas cosas será, cada vez más, la forma que tome el mundo

En este momento se lleva a cabo en Barcelona un encuentro de 18 novelistas de toda América http://www.fetaamerica.blogspot.com/.organizado por el Colectivo Fu.

Lolita Bosch, promotora de intensos diálogos intercontinentales, está detrás de esta iniciativa. Y para que la experiencia no se quede sólo en las vidas y obras de los autores convocados, editoriales americanas independientes ha preparado un libro en el que se recopilan entrevistas con estos happy 18.

La Cifra Editorial, resucitada y con nuevos proyectos en camino, es el brazo impreso de Fet a Amèrica en México.  Muy pronto podrán buscar el libro en librerías y, si no les gusta salir, pueden pedirme el libro por este medio y yo se los haré llegar.

El volumen es generoso en posturas e impostura generacionales, es realmente panorámico y, sobre todas las cosas, es un libro placenterísimo de leer.

¿Quiénes son estos 18? Ahí les van. Las entrevistas corrieron a cargo de Paz Balmaceda.

Israel Centeno

Luis Humberto Crosthwaite

Tomás González

Inés Bortaragay

Slavko Zupcic

Marta Aponte Alsina

Pola Oloixarac

Lina Meruane

Diamela Eltit

Horacio Castellanos Moya

Sergio Chefjec

Carlos Velázquez

Giovanna River

Iván Thays

Yuri Herrera

Pablo Ramos

Contra la universidad

septiembre 18, 2010

Imagen tomada sin permiso de Letras Libres

Lo primero que me pareció extraño fue que el proceso de admisión a la maestría en la UAM fuera más largo que el primer trimestre.De entrada, es significativo y cierto esto: la obtención de un grado es mitad trámite y paciencia admisnitrativa; la otra mitad, cuando nos va bien, es disfrute y conocimiento.  Después de seis años sin pisar una universidad más que para tomarme un cafecito, me encuentro de nuevo ante las puertas de la ley educativa, de nuevo estoy buscando un título y de nuevo me pregunto por qué.

He discutido con mucha gente acerca de este asunto. Un amigo lacaniano me dijo que si pretendía seguir dando clases, debía estudiar un posgrado por respeto a los alumnos. En mi familia el posgrado es un deber y con razón: sobreviví como ser humano digno y sin carencias gracias a ellos (al trabajo y las becas que mi jefa de familia se consiguió con ellos). Otro amigo cercano afirma que obtener una maestría es sencillísimo y que vale la pena porque te aumentan el sueldo cuando das clases. Pocos argumentos sobre el disfrute de saber, muchos razonamientos pragmáticos. Otro más: mucha gente cercana que está en otros países (Dinamarca, Francia, España, Alemania, Estados Unidos,  etcétera) se ha ido a estudiar posgrados por razones varias:

1. Para conocer.

2. Para vivir experiencias nuevas.

3. Para casarse con un extranjero/extranjera.

4. Para no ver gente fea en la calle.

5. Para exiliarse de este país de mierda.

6. Para recibir una educación de primer mundo.

Todas estas razones son válidas y siempre es tentador encontrar en el estudio el medio para romper con la cuarta pared de la vida nacional; escapar, como sea, de este infierno y luego volver con un título de la Sorbona que nos abrirá puertas como si fuera una llave mágica. O no, depende de la habilidad para usar las credenciales.

Y este país es, lo será siempre, un trampolín, nunca una alberca. Para los mexicanos estudiar un posgrado es un equivalente a encontrar un trabajo o ganarse un viaje todo pagado.

No sólo el derecho a la educación universitaria lo que está en juego cuando hablamos del debo seguir estudiando. Muchas otras ideas rondan por ahí, también.

¿Educación es sinónimo de Inteligencia? ¿Es justo que se valore a la gente por su grado y no por lo que sabe? ¿Cuántos han hecho cosas importantes, intersantes o divertidas sin tener un título universitario? ¿Qué nos venden cuando no ofrecen una carrera? ¿Y cuando lo compramos, resulta verdad? ¿Cuántas instituciones no se han ido al carajo, como el Claustro de Sor Juana, por la fiebre del fimpes y de sólo contratar profesores con posgrado? ¿Cuántos de nosotros no somos buenos en lo que hacemos aunque no tenga nada que ver con lo que estudiamos? ¿No se necesitaría repensar los años invertidos en la universidad, hacer otras cosas en vez de esos ocho o diez semestres en que “aprendimos” cosas que no nos interesaban o que ya olvidamos?

De todo esto y otras cosas habla Gabriel Zaid en estos dos artículos que, creo yo, son imprescindibles para subirle un nivel a nuestra discusión sobre el tema, estancada en la idea de se necesitan más recursos para la educación. Como siempre, la argumentación de Zaid es discutible y de pronto parece muy a modo con la privatización de la universidad pública y con el programa neoliberal. Pero, en el fondo y como todo buen polemista, yo creo que Zaid salva el pellejo y está mucho más allá de ese encasillamiento:

http://www.letraslibres.com/index.php?art=14749

http://www.letraslibres.com/index.php?art=14823

Mientras tanto, yo inicio mi maestría con el firme propósito de obtener algo que no me queda muy claro. Pero si me aburro, la dejo a la mitad.

La nueva película de Nolan tiene puras cosas buenas y una cosa mala que hace que las demás cosas buenas sean menos buenas. Una reseña, a estas alturas, es demasiado para mi cabeza. Dejo constancia de esa única cosa mala de Inception:

Cosa mala de Inception: si tienes una película estructuralmente compleja (hasta cierto punto), arriesgada, brillante en casi todo lo que tiene que ver con los planteamientos narrativos clásicos, visualmente inquietante e inolvidable, ¿por qué intentar, además, ponerse freudiano, resolver conflictos emotivos, lidiar con “sentimientos humanos” que nunca alcanzan una catársis mínima, cuando el reto ya era arduo por sí solo: tratar de mezclar lo imposible, hacer malabares entre Ocean´s eleven y Matrix?

Mientras lo resuelvo, les dejo una fotografía de mi gato comiéndose el dibujo que hice de la trama de la película.
Luego lo pienso.

El aburrimiento es atroz. Pero también es reconfortante porque justo cuando uno cree que ya no puede hacer nada y, por lo tanto, morir en paz, ocurre una nueva idea. Esta nueva idea salió en forma de un blog  que les invito, desde ahora, a conocer por las siguientes razones:

1) Es más simpático que éste.

2)Tiene una razón de ser (anodina, igual, pero la tiene). No como éste.

3)Hay más fotos que en éste.

4)Blogspot tiene más colores que WordPress.

¡Vayan allá!

http://todosestoslibros.blogspot.com/

NOTA: “La vida en la atmósfera” sigue existiendo como tal: un blog de quién sabe qué, que actualizo quién sabe cuándo. Muchas gracias.

Ganamos y perdimos

julio 27, 2010

Lo notó Michel Houellebecq en Las partículas elementales: la generación de la ruptura, que salió a las calles en el verano del 68, tuvo que educar a la siguiente generación al tiempo que se curaba una resaca, contradecía todos sus principios, envejecía sin dignidad y educaba hijos con tendencia al fascismo.

El sistema que ordena al mundo –esa entidad que opera, aun cuando sea indefinible en términos tangibles y escolares- es un sistema inteligente, por eso ordena al mundo. Y cambia, y se adapta. Y en cada periodo construye a sus antagonistas y se asegura de que existan y se reproduzcan y se autodestruyan.

¿Ganó o perdió la generación del 68? Los santos patronos pueden decir que sí: tenemos libertad sexual (¿sí, la tenemos, y los parisinos que prohibieron los afiches de hombres tomados de la mano o besándose; y los gays que votaron por la derecha porque quieren conservar su estatus de normalidad y aceptación?), tenemos modelos democráticos (¿sí, las televisoras induciendo el voto y vendiendo espacios publicitarios en forma de noticieros?), tenemos juventud en el poder, conciencia ecológica, lucha en las calles (¿sí, partidos verdes,?), nueva espiritualidad (¿sí, temazcales para irse de finde,  new age, spas, cienciología, biodegradabilidad, productos orgánicos, orientalismo, todo al alcance del mercado y todo un nicho de consumo millonario?).

Y nosotros, que somos los hijos sabios del siglo de las luces eléctricas, ¿en qué o sobre qué tenemos que triunfar?

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