Pascal Quignard, Las sombras errantes

abril 23, 2008

La estética de la sombra

Pascal Quignard planeó una serie de libros cuyo eje principal fuera cierta fuerza intangible, inherente al hecho privado de la escritura y de la lectura. Las sombras errantes inicia ese proyecto, que trae a nuestro país -por primera vez- el novísimo proyecto editorial de La Cifra. Si Las sombras errantes se trata de un acto de malograda vanidad o una prueba de genialidad aforística, sólo un lector atento puede decirlo. En tal sentido, la imposibilidad de definir este libro lo ha acompañado desde que se hizo acreedor al premio Goncourt, en su edición de 2002. Algunos se dijeron engañados, pues el prestigiado premio de novela había sido otorgado a un libro que difícilmente puede parecerle a alguien una novela. Los detractores lo esbozan como una sumatoria de textos dulces, de “caramelos”, que no alcanzan a constituirse como texto o que, en todo caso, se trata del armazón de un algo literario, que se quedó a mitad del camino, un libro de notas que pasa por híbrido genial. En todo caso, y siempre concediendo que solamente de un modo muy sofisticado este libro es una novela, ninguno de los que han hablado de este libro pueden negar la presencia de ese algo, que se mueve entre los fragmentos que componen el paisaje austero y erudito de sus páginas, y que deja en el lector algunas perplejidades, algunos destellos de un mensaje que sólo accidentalmente se deja dilucidar; y, al parecer, sólo en la unión de estas percepciones aisladas, que siempre se encuentran en límite de lo asombroso, ocurre el libro. En suma, no se trata de un libro que busque la claridad, es un libro que intencionalmente huye de ser el libro que el lector espera. Huidizo y arenoso, puede tornarse en un juego que al lector le puede parecer entrañable, si es ese tipo de lector, o puede parecerle chocante aunque innegablemente eficaz. El tema de las sombras es claro, entonces, en el sentido más amplio. Una estética de las sombras, de lo que se encuentra detrás de la historia y de la laboriosa tarea de significar los actos que, al parecer, son conocidos y cercanos, pero que nunca han sido propiamente dichos. Tal vez la idea de Quignard prefigura una concepción del texto/realidad en la que importan mucho más las intuiciones que las construcciones, verbales, narrativas, estilísticas, siempre modernas. No hay una renuncia total a decir, pero sin duda se trata de un texto ermitaño y complejo, y, si se permite el término, de una austeridad barroca. Y sea tal vez esta posibilidad de divertimento, de argumentos imposibles esbozados, en donde radica la postura discursiva más política del autor, que se ha retirado de la vida pública y ha preferido el encierro. Existe cierta pasividad en su proclama, no hay mucho en juego. Sólo dice -tal vez no haya mucho más que decir- que ese lugar sombrío desde el cual escribe es opuesto a los valores de la sociedad occidental tal y como la vivimos. No hay otros lugares comunes. Sólo el silencio evocado, la posibilidad de crear fuera de un canon del que, sin duda, Quignard fue parte como director de Gallimard y como influyente hombre de letras. La sombras errantes, ese libro impreciso, puede bien ser una marca de los tiempos o sólo una curiosidad dulce; sin duda es portadora de un imaginario feroz y sensible que en algunos lectores prende un fuego sereno y en otros no logra convertirse ni siquera en la sombra de un libro.

Pascal QUignard, Las sombras errantes, La Cifra Editorial, México 2007

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