El arte inmoral (I)

abril 24, 2008

El pensamiento posmoderno, con su defensa de un pluralismo de juegos del
lenguaje que imposibilita ir más allá de consensos locales y temporales,
no permite disponer de criterio alguno para discernir las injusticias
sociales. Nos deja a merced del status quo, encerrados en lo existente y
sin posibilidades de crítica socio-política racional. Tal pensamiento,
aunque se proponga lo contrario, termina no ofreciendo apoyo a la
democracia y sienta un apoyo a las injusticias vigentes. Merece ser
llamado, por tanto, conservador o, al menos, sospechar que realiza tales
funciones.

J.R. MARDONES

1.

El arte es hoy inmoral porque -por sistema, por proclama, en los principios asumidos por los creadores como de “época”- se ha vuelto prescindible. La moral es el arte de juzgar. Y el juicio ha sido llevado al extremo de la inoperancia estética. La obra juzga y, más que eso, es un juicio en sí misma: de este modo rechaza ser juzgada por un tercero -la obra y el artista se convierten en una dualidad absoluta en donde todo lo que había de valor en la creación ya ha ocurrido cuando el espectador se encuentra en posición de ver, leer, escuchar; el espectador se conforma con los residuos del proceso creador y con el pesado y lacerante juicio que cierne la obra sobre sí misma y sobre todos los procedimientos que llevan al arte ser arte-. No hay nada aquí, ya no hay nada, parece decir la obra y en ese acto de valentía radica su valor; en lo efímero de su proclama radica su oculto deseo de trascendencia. El arte no es el espacio multiplicado de la sensación, de la interpretación, del juicio. El arte es el artista, el arte es una forma peculiar de hacer las cosas, lo que se hizo y ya no está, lo que no pudo hacerse, lo que decidió hacerse pero luego cayó en cuenta de las cosas del mundo, y en un proceso de inflexión necesario, se sabe parte de un sistema inútil de signifcaciones, ya no sirve decir, ya no sirve hablar. El arte es el artista despojado de todo cuanto parezca proceso artístico. El arte es el objeto despojado de objetivo. Por lo dicho, el arte se trata de un gesto profundamente inmoral. La inmoralidad tiene un sustento pérfido: es una estrategia del poder, que se contradice por sistema, que proclama lo contrario de lo que piensa, que teje un discurso de día y lo desteje por la noche. De este modo retrasa su compromiso con el sentido del mundo y ha permitido que el arte -siempre en aras de la honestidad, de la necesidad de derrumbar falsas pretensiones, con el pretexto futil de recomponer una sensibilidad perturbada y afligida por cánones estrictos- se convierta en un acto prescindible, ínfimo, apenas constatable. Nada importa la historia. Es así que se prepara el triunfo de los ideales conservadores, que se adueñan del juicio y que tienen siempre el derecho a despreciar. Por una vía insólita, los que proclaman el arte nuevo, de múltiples sentidos, son los mismo que, desde el poder, generan un consenso acerca de eso único que es verdadero. Los que permanezcan fuera de ese círculo virtuoso deberán perecer, aniquilados.

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