La episteme de la ficción (II)

abril 24, 2008

La literatura de vanguardia invadió occidente por espacio de veinte años. Nació como una fuerte oposición a la literatura realista. Con la bandera de la creación absoluta, enunció los principios del arte nuevo que transformaron los paradigmas artísticos por el resto del siglo. Las estrategias de representación fueron extirpadas de la realidad y se convirtieron en el motor principal de las obras. La literatura habló, como nunca lo había hecho, de sí misma. Los cuentos y novelas cortas que generó la vanguardia en Europa y en América reducían la anécdota al mínimo, los personajes eran contradictorios y tenían conflictos con el narrador, al que se negaban a obedecer. Algunos tomaban conciencia de su inexistencia como seres de carne y hueso y se hundían en fuertes depresiones, el tiempo y el espacio se mezclaban, se sobreponían en estructuras que apelaban conscientemente al sinsentido, lo que sucedía primero ocurría al final, se narraban dos cosas distintas simultáneamente. El nacimiento de las vanguardias sólo fue posible por varios hallazgos: el del inconsciente freudiano, la construcción del yo y aquello que William James llamó el flujo de conciencia, el del tiempo interior bergsoniano y la discontinuidad de nuestra percepción de la realidad. Los creadores estaban impresionados por la certeza de que en el mundo interior de los individuos existían submundos desconocidos, que la percepción del espacio y del tiempo respondían a un fuerte movimiento de la subjetividad y que los paradigmas positivos de progreso, ciencia y orden no correspondían con el mundo atroz de la primera guerra mundial. Las perceptivas literarias se convirtieron en manifiestos iracundos que impedían cualquier posibilidad de razón universal: el dadaísmo proponía la negación de todo, el surrealismo las fuerzas del azar, el inconsciente, el mito y la asociación libre, el cubismo la exaltación de las perspectivas, la superposición de planos, la convivencia de tiempos simultáneos en espacios congestionados, Apollinaire y Huidobro abrieron el paso al creacionismo, la poesía de las metáforas imposibles que enunció los grandes postulados de la creación literaria: hay que crear el mundo en la escritura, no hay que cantarle a la rosa sino construirla en el poema. De este modo, la vanguardia escribe una suerte de hiperrealismo al decir: a) la vida no es mensurable, no es continua, no es una sola; b) el arte imita la realidad y esa mimesis resulta en una obra asistemática; c) por ello, es deber del arte ordenarla estéticamente según una razón creativa y valiente, que varía de obra en obra, de artista en artista. De este modo, todos los discurso que pertenecían a la vida, el periodístico, el histórico, el científico, son atraídos hacia el arte: la poesía y la prosa de vanguardia abunda en términos médicos, geométricos, electrodinámicos, hay inserciones (que dan vida al género vanguardista por excelencia : el collage) de noticias de revistas y periódicos o de cálculos contables. La vida se incluye en la obra porque la vida no es todo aquello que la hace vivible, el periódico diario, el cálculo, la electricidad, sino la capacidad de contarla, de reordenarla en una obra literaria. La literatura, proclamó la vanguardia, es el único orden posible, el único orden verdadero porque es el único discurso que acepta que no hay una sola verdad, porque es el único discurso que es posible justamente porque no hay una sola verdad, sino la capacidad ilimitada de crearla.

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