Ya no voy a trabajar

junio 11, 2008


the bleeding hearts and artists

make their stand

No suelo hablar de las razones por las que hago las cosas. Al final, me parece siempre que todos nuestros actos obedecen a algo secreto de lo que muy pocas veces tenemos claridad. Por supuesto, podemos decir: “hoy mismo me compro unos zapatos”, y en ese momento depositamos nuestra certeza en que las razones de nuestra decisión pueden ser unas u otras. Un año más tarde nos damos cuenta que en ese acto se encontraba oculto otro, tal vez más atroz o más asombroso: traía puestos esos zapatos cuando me abandonó la mujer a la que amaba. Y en el fondo, uno no puede dejar de pensar que entre ambas cosas existe una relación inexorable.

Pero hay decisiones que uno toma y que siempre precisan una declaración de principios. Yo nunca tuve una declaración de principios, tan clara y tan ingenua como la que tengo ahora. ¿Es necesaria? Tal vez no. Al final y de todas formas, voy a hacer lo que quiero. ¿Es intensa y puede provocar a los demás una curiosidad malsana? Es probable, y por eso me tomo la molestia de escribirlo.

El hecho es, en sí, muy simple. En veinte días voy a dejar mi trabajo. Un trabajo en el que tengo antigüedad, ocho horas diarias, buen sueldo con prestaciones superiores a las de la ley, plaza asegurada de por vida (con puntos de por medio, acumulables para ir subiendo el escalafón), fondo para el retiro, crédito hipotecario y seguro médico. Durante cuatro años (casi mil quinientos días, menos vacaciones) he hecho lo siguiente: Me levanto a las nueve de la mañana, hago lo que es posible hacer durante dos horas, y a las once y fracción salgo y tomo una de las cuatro rutas posibles para llegar a mi cubículo. Esas rutas las ha ido trazando mi aburrimiento. Desde ese momento del hermoso mediodía hasta las ocho de la noche estoy en el mismo edificio. Tengo comodidades que otros no tienen en sus trabajos. No tengo un jefe encima de mí, ni trabajo para hacer rico o famoso a nadie. Cerca de las nueve de la noche llego a donde debo llegar después del trabajo: a hacer las cosas que verdaderamente me gustan. Ninguna sorpresa hasta ahora: al parecer, las cosas son así para toda la gente. Me duermo, me despierto a las nueve de la mañana, voy al trabajo, etcétera. Así mil quinientas veces, menos vacaciones.

Un día, llegué a la oficina y dije: ya no voy a trabajar más en este lugar. Puede decirse que lo pensé mucho, pero en realidad esas cosas no hay que pensarlas demasiado. Y aunque uno pueda evitar pensar esas cosas, la gente te ayudará a recordarlo. Más de una cara de preocupación me ha preguntado: ¿estás seguro?, ¿y si mejor ahorras, lo planeas, escoges el mejor momento?, ¿no te parece que hay a quienes les va peor? Etcétera. Y uno agradece estas muestras de apoyo, porque sabes que la gente se preocupa en serio por ti. Aunque, detrás, en la oscuridad, uno se pregunta por qué la gente pone tantos reparos Probablemente porque un desempleado es una carga para los demás. Pero ese no es nuestro tema.

En 1845, Henry Thoreau abandonó la sociedad en que vivía; con 28 dólares compró madera usada y construyó una cabaña para vivir ahí. Quería demostrar que podía llevarse una existencia sencilla al margen de las necesidades. Según él, el dinero no podía satisfacer ninguna de las necesidades del alma. En realidad, y hasta cierto punto, tenía razón. Sin embargo, comía, se vestía y tenía materiales para escribir sus libros. El asunto aquí no es si se puede vivir de esta manera (en realidad, sabemos bien que no se puede) sino qué es lo que nos lleva a tomar de súbito estas decisiones. Qué estamos buscando, de qué estamos huyendo y cómo las respuestas, si son acertadas y verdaderas, pueden sugerir el indicio de una proclama, de una declaración de principios.

En Grecia había dioses para todas las horas del día, todas las estaciones y todas las formas de ver. Los propios dioses tenían distintas epifanías en cada zona. Se cuentan por decenas los Zeuses, los Apolos, las Afroditas, cada uno como una expresión de una parte de la tierra y de los seres que los adoraban. Había, por otra parte, un tipo de dioses pertenecientes a una tradición más filosófica, más absoluta. Ananké y Némesis eran dos de esos dioses, a cual más imperceptible e inefable que el siguiente, cuyos atributos eran insondables, violentos y definitivos. Némesis era la diosa de la retribución o de la venganza. Ananké era la diosa de la necesidad. Y es ésta la que se me ha aparecido para aclararme algunas dudas. ¿Qué es aquello que yo necesito? ¿Lo que obtengo todos los días de mi vida aplaca mi necesidad o, alimentándola, la hace más grande?, ¿o tal vez la aniquila, pues cualquier forma de saciarla es una forma de terminar con ella? ¿Es la misma necesidad de la que hablaba Artaud, un rigor que me sujeta a las cosas trágicamente?, ¿sólo en donde hay esencialidades se encuentra la verdadera pertenencia?

Es un lugar común, pero es cierto que entre más se tiene más se necesita. Perder el control de nuestra necesidad es quizá el peligro más grande de la edad productiva. Porque la necesidad avanza silenciosa, sin ningún padecimiento, al tiempo que siembra cierta forma de la amnesia. Yo apenas recuerdo cuando me bastaba lo mínimo para existir. Cuando no tenía ningún sueldo. Apenas recuerdo cuando el crédito era sólo un problema de los demás. ¿Qué cambió en este tiempo? ¿Es un asunto del futuro, de cómo deseamos envejecer? No es por nada que Buda trazó el camino a la iluminación utilizando la idea de “lo correcto”. En términos generales, y para nuestro hermano iluminado, lo que “no es correcto” por antonomasia es el necesitar algo, lo que sea. Necesitar algo es el nacimiento de la esclavitud y de la frustración. Incluso necesitar la iluminación o decir “necesito no necesitar” es una trampa, un callejón sin salida. La ausencia de necesidad es la ausencia de espacio y de tiempo. El no-estar. Esto es demasiado y, llevándolo al extremo, es una sofisticación inútil que suele implicar cierta superioridad moral y cierta sequedad de los sentidos. Pero en un nivel más cotidiano el control de la necesidad es imprescindible si se pretende alcanzar cierta felicidad. Los afanes realizados o realizables siempre están ahí y nos guían, pero es un deber consignar que el día presente es la única necesidad que está en proceso de ser saciada.

Tener un trabajo estable implica hacer un trabajo estable y la estabilidad implica tener el suficiente equilibrio y claridad para fijarse metas observables y claras. Considerando que mi situación es la de un ser de clase media que vive en un país del tercer mundo, mi metas están previamente fijadas por mis posibilidades económicas y mis limitadísimas posibilidades ideológicas, verdadera cárcel. La ilusión de poseer una casa con valor millonario, un auto, aparatos y placeres de todo tipo es no sólo parte de nuestro sistema inmunológico, sino un proceso necesario para que las cosas sigan su marcha. No voy a desarrollar fantasías anarquistas ni utopías en donde el dinero no importa. Importa, claro que importa. Y mentiría si digo que a mí no me importa. Pero si uno está enfrentado día a día con La Necesidad (con mayúscula, como la diosa, como la entendía Artaud), las necesidades parecen de caricatura, una caricatura malvada y violenta. Lo importante es que uno tenga los medios suficientes para poder preocuparse de las cosas que en verdad le importan. Y esta idea no es nueva ni es mía ni es brillante. Es ridículamente práctica, poco zen e interesada, pero en la dinámica en que me enseñaron a crecer tengo el supuesto deber de cuidarme a mí mismo. Y no veo otra manera de honrar mi educación que renunciando a mi trabajo.

¿Qué implica para mí La Necesidad (con mayúscula)? Implica el rigor de lo que indefectiblemente ocurre: Mi muerte, rigor de rigores, necesidad inexplicable. La respuesta a las dudas humanas por excelencia (y acaso la pregunta por la existencia de Dios todavía retumba en mis genes). La posibilidad de no estar solo. La posibilidad de entender las relaciones humanas y la forma de ser del cosmos. Qué es el tiempo. Qué hubiera pasado si. Qué hay detrás de la verdad. Por qué las leyes naturales son tan crueles. Qué animal deforme siente deseo sexual dentro de mí. La sensación de la belleza. El sabor de las cosas en mi boca.

Y estas cosas, sea uno quien sea, a pesar de lo que sea, son, persiguen, necesariamente, en uno u otro momento, de una u otra forma. Y a esas cosas, irremediablemente necesarias, son en las que uno deja de revolverse por implicarse con las otras, inmediatas. Tengo dos tarjetas de crédito, tres de ahorro, mensualmente llegan a mi casa recibos de todos los servicios que contraté o que tengo que pagar para vivir civilizadamente. Y no voy a renunciar a eso porque el genio humano también es sabio y ha inventado sillones muy cómodos para sentarse a pensar en la brevedad de la vida. Pero no pienso ver cómo la diosa Ananké me toma de los brazos y me sorprende el sentido de la necesidad con deudas de aparatos que nada más salir a la calle se volvieron obsoletos o con la ropa justa para ir a un coctel con empresarios turísticos. No los necesito, porque no deseo sufrir por ellos. Y en realidad, también hablo desde la impotencia de mi clase social y desde la marginación de este país ante el resto del mundo, para quien todavía somos seres que viven en la peculiar y hermosa arcadia sin conexión inalámbrica.

En fin, ya no voy a trabajar porque he estado pensando en mí y en la gente cercana a mí y no tengo deseos de perderme de sus vidas ni de la mía. Sobre todo, porque no trabajar en donde trabajo es una proclama artística que debe ser hecha por alguien. Y yo la hago ahora, porque funciona para mí y puede ser curiosa para los demás. En nuestro país, como en muchos otros, el arte tiene la peculiaridad de ser el vínculo socialité entre las masas pensantes y sus sueños húmedos. Para pretender ser alguien, basta con convertirse en coleccionista de arte, asistir a las galas artísticas y arreglarse con propiedad porque la imagen del éxito y del líder se ha colado hasta estas alturas de las esferas culturales.

Cada vez es más difícil ser artista y más caro (siempre ha sido así, y no me extraña que en la era democrática las cosas hermosas sigan siendo inalcanzables). Cada vez hay que saber catar más vinos y viajar a más lugares y vestir más combinado. Metroartistas, si se quiere vulgarizar esta amena charla. Cada uno más conservador que el anterior, menos dispuesto a que algo irrumpa y destruya todas las conexiones lógicas durante un minuto. No se me olvida que al único que no invitaron al homenaje de gala y traje largo que le rindieron los artistas parisinos a Antonin Artaud, fue el mismo Antonin Artaud, que no tenía cómo comprarse unos zapatos nuevos.

Si es necesaria esta proclama, la haré en este momento: la dignidad del artista es su única credencial de respetabilidad. No quiero un mundo de artistas pobres porque en su pobreza radique su autenticidad. Deseo únicamente que quienes desean expresarse de alguna manera, digan la verdad y enfrenten a La Necesidad con el valor necesario. ¿Acaso no merece la pena intentar demostrar que desde los divanes y las exquisiteces de un mundo flotante no existe el rigor de la incertidumbre y, por lo tanto, de la creación? Si no es así, entonces pueden decirme: estabas equivocado. Pero los bienes culturales y artísticos siguen siendo bienes, y crean necesidades que son, aparentemente, más puras. Pero no es así. Me acuerdo de El Perseguidor, aquél magnífico cuento de Cortázar. Y ahí, asistimos al patetismo iniciático de un artista que vislumbra algo, muy a su pesar. Y el biógrafo de ese artista, que es quien desciende al infierno impensable del iluminado, volverá a su esfera de pulcritud y moralidad en donde va a escribir un libro y va a escribir autógrafos y a recibir alabanzas y palmadas en la espalda y a ser él mismo un bien cultural por el resto de su vida. Aunque el vislumbre no se escoge, hay que perseguirlo. Ésta es la Necesidad y el Deber del artista. Y eso no se puede hacer con un fondo de ahorro para el retiro en marcha. Es como rendirse antes de iniciar la carrera.

Para terminar, quiero confesar que he mentido profusamente desde el inicio. Ya no voy a trabajar, pero sí voy a trabajar en otras partes, porque me gusta comer bien todos los días y porque no sé cómo vivir a expensas de otros. Pero es verdad todo el resto. Mis ingresos se van a ir a la cuarta parte (que en esta ciudad y en esta época es casi nada), pero mi tiempo se va a expandir así como la posibilidad de que me entregue al flujo de lo que ocurre. Es posible que no lo logre y que deba mostrarme arrepentido ante los poderes que son (que por algo son lo que son), pero no me voy a quedar con las ganas de experimentar un fracaso tan estridente. Definitivamente tendré más que decir cuando las necesidades acumuladas gracias a la bonanza económica caigan sobre mi forma de vida cuando no pueda seguir alimentándolas. Pero en un sistema tan cruel, que pide en vez de dar, sé que hay formas invisibles de la felicidad esperan siempre, agazapadas, justo en medio de la tragedia.

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7 comentarios to “Ya no voy a trabajar”

  1. edugomu Says:

    En un país en el que se cobran bien los impuestos y donde la gente los paga mejor y en donde existe un estado de bienestar más o menos eficiente, un desempleado sí es una carga para los demás. Pero en México, la carga para los demás son los desempleados ricos que evaden los impuestos que los empleados pobres pagan, ya sea directamente a la Secretaría de Hacienda o cotidianamente en condiciones de vida adversas. Entonces no serás una carga para los demás. Pero el autor del blog dice que ese no es su tema, sino aquello que nos lleva a tomar de súbito decisiones como la de dejar un empleo con antigüedad, con…etc.

    Un señor llamado Dashiell Hammett escribió una novela que se llama “The Maltese Falcon” y que gracias a la postmodernidad puedo a continuación citar, reconsiderar, analizar, recomendar, interpretar y criticar sin haberla nunca leído. En uno de sus apartados, “The Flitcraft Storty”, Hammett narra la historia de un sujeto que extrañamente se llama Flitcraft. El hombre trabaja en una oficina de bienes raíces. Un día sale a por unas tapas (jo, qué peninsulá ando hoy) y no regresa a la oficina. Y tampoco regresa a su casa suburbana con todo y auto, par de hijos, ama de casa que cumple el papel de esposa, fines de semana felices, etc. Flitcraft no tenía deudas, vicios ni problemas judiciales. No había en su vida nada que ofreciera razones para explicar su desaparición, la que justamente resulta “inexplicable” dado el exitoso escenario de su exitosa vida. El detective encargado del caso Flitcraft dijo: ‘sencillamente desapareció, como un puño cuando uno abre su mano’. Eso fue en 1942. Cinco años más tarde, aparece la esposa de F. en la oficina del detective y le comenta que alguien había visto a su esposo en una ciudad vecina. El detective va hasta esa ciudad y descubre que efectivamente se trata de F., quien había estado viviendo allí un par de años bajo el nombre de Charles S. Pierce -Roger Bartra, no yo, que conste, nota que el nombre adoptado por F., salvo por una inversión de letras – ei por ie- es el nombre del famoso filósofo considerado el papá del pragmatismo y la semiótica. Tampoco he leído sus trabajos pero puedo citarlos como si. El pragmatismo es un asunto que tiene que ver con una definición no normativa de la verdad y la define como el resultado de las consecuencias útiles y prácticas; si la acción no tiene una finalidad práctica, entonces no hay racionalidad en la acción; si sí, si, si no, no. Y para su sorpresa, la del detective, el nuevo F. vivía en una casa de los suburbios con su auto, sus hijos, su trabajo exitoso y su ama de casa-esposa. ¿Qué pasó? Pasó que el día en que desapareció, F. pasaba junto a una construcción cuando un gran objeto cayó justo a su lado; el objeto hizo brincar un pedazo de asfalto que fue a dar a su rostro y a penas lo hirió. Aquí viene lo interesante:

    “Flitcraft had been a good citizen and a good husband and father, not by any outer compulsion, but simply because he was a man who was most comfortable in step with his surroundings. He had been raised that way. The people he knew were like that. The life he knew was a clear orderly sane responsible affair. Now a falling beam had shown him that life was fundamentally none of these things. He, the good citizen-husband-father, could be wiped out between office and restaurant by the accident of a falling beam. He knew then that men died at haphazard like that, and live only while blind chance spared them. It was not, primarily, the injustice of it that disturbed him: he accepted that after the first shock. What disturbed him was the discovery that in sensibly ordering his affairs he had got out of step, and not into step, with life. He said he knew before he had gone twenty feet from the fallen beam that he would never know peace again until he had adjusted himself to this new glimpse of life. By the time he had eaten his luncheon he had found his means of adjustment. Life could be ended for him at random by a falling beam: he would change his life a random by simply going away. He loved his family, he said, as much as he supposed was usual, but he knew he was leaving them adequately provided for, and his love for them was not of the sort to make absence painful.”

    La idea de morir en cualquier momento hizo que la imagen de su propia vida ordenada y pacífica le pareciera insoportable. Todo era orden, causa-efecto y predictibilidad hasta el día en que tuvo conciencia plena del azar, de la excepción de la regla. Entonces la vida no tuvo sentido y no tendría sentido hasta que lograra ajustarla a eventos impredecibles que pueden terminar con todo en un segundo. Por eso F. vivió un par de años vagando por ahí con el objeto de hacer encajar su vida con la Vida, azarosa por definición.

    Para mí resulta claro que “eso” que nos lleva a tomar decisiones polémicas para la audiencia, como renunciar a un trabajo à la Flitcraft, es la Necesidad (para usar los términos del blogger) de ajustarse al nuevo entendimiento de la vida. Dice el blogger: “un día, llegué a la oficina y dije: ya no voy a trabajar más en este lugar”. Algo hizo corto circuito y sanseacabó. Prefiero las explicaciones causales místicas del tipo “Al final, me parece siempre que todos nuestros actos obedecen a algo secreto de lo que muy pocas veces tenemos claridad”, que a otras más supuestamente racionales y clara de las causas y de los efectos. La justificación viene después, así como la idea de hacer una proclama artística, de atribuir a la propia vida un valor estético, de querer hacer de ella una obra de arte. Y claro, no es lo mismo recurrir a ese tipo de explicaciones/justificaciones para renunciar que recurrir a estas otras: “renuncio porque encontré un trabajo mejor”, “el jefe disfruta viendo mis senos todo el día”, “gané el melate”, “me hicieron renunciar para no indemnizarme”, “me voy a suicidar” y así por el estilo, que más que estéticas son patéticas. Digamos que esa proclama es como echar aromatizante en el baño después de cagar.

    Por otro lado, pienso en las interpretaciones encontradas del trabajo (entendido como empleo remunerado): como liberador y como alienante. Los folkloristas cantaban “a organizar compañeros, a organizar, por el derecho al trabajo hay que luchar”. Yo me pregunto si pelearía por trabajar y me respondo que no. Se pelea por vivir bien, pero no por trabajar. Si trabajar es algo que uno se ve obligado a hacer para tener los medios que permitan vivir bien, entonces el trabajo no está incluido en la definición de “vivir bien”, es sólo el medio. Se pelea por el trabajo para tener medios, claro, y sólo en este sentido el trabajo puede ser liberador. Pero el caso que aquí se narra es justamente el contrario. Hasta que hubo algo lo suficientemente fuerte que hizo ver el trabajo del blogger como no conducente al vivir bien, como un fin en sí mismo, entonces el trabajo le resultó alienante. El trabajo como liberador crea sujetos y el trabajo como alienante crea falsos sujetos (estas ideas son más o menos derivaciones de los trabajos de Marx, que tampoco he leído). Lo que se lee en “Ya no voy a trabajar” muestra, además de una declaración personal de principios y un embellecimiento de decisiones ordinarias, la constitución de un sujeto que surge de la ruptura-revolución motivada por la conciencia de la propia alienación. Esto es lo realmente importante, creo. Fascinante. Deseo que disfrutes largamente las felicidades trágicas por venir.

    Finalmente, aprovecho la oportunidad para anunciar la creación de mi nuevo by-blog (by-blog es un término que define los “blogs parasitarios o incidentales que se crean dentro de uno o más blogs establecidos formalmente y que no dependen de la intención de originalidad que regularmente da vida a los blogs. Los by-blogs –de ahí su carácter doblemente parasitario- se construyen dentro de otros blogs y sus entradas siempre están relacionadas con lo que es comentado en esos mismos blogs. Como derivación, surge la idea del by-blogger como una persona que no tiene la capacidad de inventiva necesaria para sostener un blog o bien una persona cuya vida es tan irremediablemente intrascendente o aburrida que no es meritoria ni siquiera de un blog, fenómeno que muestra su verdadera dimensión cuando se considera que hoy en día cualquier persona puede crear su propio blog de manera gratuita con sólo algunos conocimientos básicos de computación y de uso del internet”, ver: Richardson, Benedict, ‘Emerging Cyber-Subjects and Potentially Sad Postmodern Lives’, The University of Songhai Press, 2006, p. 56-59).


  2. Gran entrada, Carlitos, la suscribo como manifiesto.
    G.


  3. A veces se nos olvida, a casi todos, que escribir tiene como finalidad principal sólo eso: escribir. En el sitio de sus límites está, también, su entendimiento, su fruición (pa decirlo acá, mamonamente). Tú, señor, amigo, eres de los mejores artístas que conozco porque te asumes ahí, en la pequeñez de lo que se está creando en las palabras que se conjuran y no en su destino ni sus posibles devenores; pero sobretodo porque has pugnado, desde que te conozco, por que lo que haces, tu arte, tenga ese mínimo requerido de dignidad. Eso, en estos tiempos (como tus ingresos) se hace cada vez menos (frecuente). Siempre habrá, escritor, entusiastas de tí y de tu trabajo que no dejarán que dejes de comer bien; yo me ofrezco para acompañar esa comida con vino, que es mi especialidad.

    Un abrazo de quien hace tiempo que dice ser tu hermano.

  4. Magú Says:

    Anaké, también me cuestiona con frecuencia. Me refugio en el equilibrio y la continuidad, para no tener que responderle. Al no escucharla, al esconderla debajo de baules de plomo, arrecia su fuerza y en el caos la vuelvo a encontrar con la misma cantaleta ¿Estás haciendo lo que realmente quieres o lo éstas posponiendo para cuando tengas la casa propia y el futuro asegurado? Y, es que la vida es tan corta, para vivirla así: acumulando días.

    Texto muy nutrido… Frases llegadoras:
    -“Así mil quinientas veces, menos vacaciones.”
    -“Y esta idea no es nueva, ni es mía, ni es brillante.”
    -“sillones muy cómodos”
    -“no tengo deseos de perderme de sus vidas ni de la mía”

    Saludos,
    Magú

  5. edith oropeza Says:

    Carlos, es un gusto leerte.

  6. Elsa Muñiz Says:

    Como casi siempre, llego tarde. Y bueno, no tan tarde, solo me refiero a que esta, tu decisión y su consecuente ejecución, tuvo efecto hace algunos días (meses?) si creo que dos meses. Aunque no en este espacio, creo que fui privilegiada por conocerla cuando era una idea que merodeaba. Así que, verbalmente, ya sabes lo que pienso. No obstante, hoy me desperté a las cinco de la mañana y como es mi costumbre desde hace muchoas años, tomo café; reviso el correo y tu persistente invitación me llevó a incursionar en este tu espacio ciber. Por cierto, escucho a The Cure en una de esas canciones, “Canción de amor”, que no podría decirte con precisión pero creo que la he escuchado casi tres mil veces, claro gracias a tí. He leído con calma, porque debo decirte que finalmente estoy de vacaciones, me siento un poco relajada, además es sábado y ya me quiero ir a Cuernavaca. El caso es que no resití el impulso de comentar, repito, tardíamente tu confesión.
    Me conmueve, me mueve y me interpela, sabes que yo trabja desde que tenía 17 años, he sido maestra, creo que desde siempre. Debo ser sincera y decirte que durante mucho tiempo no me detuve a pensar en esto de las necesidades y de las convenciones y de la marginalidad en el centro típica de la clase media, clase a la que pertenecemos independientemente de nuestra voluntad y por muchas razones. Como tú bien sabes, para mi la ética del trabajo es casi genética, la reiteración cotidiana, desde levantarme a tomar un café, bañarme acicalarme e ir al trabajo -diría un biologicista, que venía en la leche materna- me constituyen. Asumí una vida que me diseñaron, no se quien, porque a mis padres también y a los suyos por supuesto y así me puedo remontar al incio de toda esta maquila genealógica, hasta que llegó el momento del cuestionamiento, de la crítica y del trastocamiento a través de un acto de valentía, de esos que son insólitos y únicos(sabes a qué me refiero) y decidí tomar mi vida en manos propias. No se si lo logré, no se si estoy a gusto, pero ese no es el motivo de esta conversación, ya llegará el momento del balance.
    Creo que deajar el trabajo es un acto de valentía y deseo que tengas muchos de estos actos insólitos que son los que le dan vigor a la existencia.
    Disfruta tu revolución propia, tienes todo para reinventar tu mundo, para definir tus propios parámetros de bienestar y feliciadad y mucha energía para solventar los contratiempos; tienes inteligencia y sobre todo amor al conocimiento que es tu mejor arma.
    Te quiero y siempre contarás conmigo, Elsa

  7. Alma Says:

    Sin pena comento que dos lagrimitas han salido muy indignadas de mis ojos por esta lectura. Hace casi 4 meses sentí todo eso que usted sintió al escribir este artículo, de verdad, aquí plasmado de una manera mucho más bonita y mejor narrada que en mi cabeza, pero el mismo sentimiento, así que renuncié a mi trabajo en un despacho de arquitectos bastante ‘nice’…

    Y fuí la mujer más feliz… y dije que mis lagrimitas salieron indignadas porque precisamente el día de hoy mientras revisaba dolorosamente, por primera vez en cuatro meses, las ofertas de trabajo en alguna página de internet, encontré este texto que resultó ser una bofetada necesaria.

    No me ha ido tan mal, al contrario, he conseguido varios proyectos como independiente, sin embargo me ganó el miedo… no sé… me perdí por un momento en la incertidumbre. No digo que NUNCA voy a regresar a trabajar a un corporativo, pero todavía puedo aguantar, todavía puedo luchar y todavía puedo dar más de mi y hacer todos esos proyectos valiosos e importantes que tengo en mente y que soy capaz de hacer… y sé que serán retribuídos de muchas formas, incluyendo la económica. Estoy segura.

    En fin, toda ésta palabrería solo era para darle las gracias, así que: ¡Gracias!

    Amo las letras y con respeto lo anexo a la lista de textos que me han movido el corazón y por último me permito citarlo:

    “Y no veo otra manera de honrar mi educación que renunciando a mi trabajo.”


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