El daño

diciembre 4, 2008

 

 

La cara de Mary enrojeció cuando puse mi mano abierta sobre su muslo. Con el dedo pequeño acaricié la orilla de su bikini. Aunque debía estirarme para alcanzarla, traté de parecer natural. Las aristas de la alberca ondulaban la luz del sol en todo su cuerpo. Mary Ann, la equilibrista. Sobre el mar se extendían nubes bajas pero en la alberca nadie parecía notarlo.

El mesero pasó cerca de nuestras tumbonas. Me fijé en sus zapatos blancos, pulidos y ligeramente dañados por la arena. Me preguntó en inglés si deseábamos algo. Le pregunté a Mary en inglés. Quería un Manhattan. Le pedí al mesero, en español, el martini y un whiskey. Desde mi último viaje a la costa este de Estados Unidos lo prefería. Mary me sonrió y luego dirigió su vista hacia la alberca. Mike y Miranda cayeron juntos desde el tobogán. Una fila de niños esperaba que algunos de nuestros amigos se lanzaran. En realidad el tobogán no era para los adultos, pero habíamos bebido desde las once de la mañana y el resto del día no habíamos hecho otra cosa que reír y resoplar como perros hambrientos. Mary Ann soltó una carcajada cuando vio que Yanina se resistía a lanzarse, Sissi la llamaba desde abajo. En la fila para subir al tobogán, los niños se frotaban los brazos y se les enchinaba la piel por la brisa que soplaba desde el mar. 

            Por fin Yanina se lanzó. Sentí una punzada en la cabeza y pensé que era mejor comer algo si quería llevar a Mary Ann a la habitación. Desde la alberca se acercó Sissi, se acomodó el traje de baño y tomó la toalla que estaba tendida sobre el césped. Mary Ann buscó en su bolso de playa, me mostró una botella de bronceador y me indicó su espalda. No había un solo rastro de sol en el cielo pero hacía un calor penetrante, como la respiración tibia de un anciano. Me levanté y me senté en la misma silla de Mary, mientras me frotaba las manos.

            -¿Despertó?- Sissi levantó una toalla estampada que estaba en una tumbona de  las tres que ocupábamos. A la izquierda estaba Mary Ann, a la derecha estaba yo. Debajo de la toalla estaba el pequeño Alex, dormido. Con su puño diminuto apretaba un muñeco anfibio. Su piel nuevísima estaba roja por el sol.

            -Pobrecito, le va arder cuando se despierte- dijo Sissi. Y puso la toalla sobre Alex, que no se despertó.

-¡Cuidado, idiotas!- gritó Sissi, cuando Mike y Miranda salpicaron desde la alberca por un concurso de clavados que estaban organizando. Yanina flotaba inmóvil en el chapoteadero, lejos del peligro.

-Voy con Yani a conseguir una cerveza. El mesero no ha venido en horas.

-Acabo de pedirle algo. Cuando vuelva le pido tu cerveza- respondí. La espalda blanca de Mary Ann brillaba bajo una capa gruesa de bronceador. Examiné sus lunares pero no me atreví a besarlos.

             -No te preocupes, yo voy- Sissi me hizo el mismo gesto malicioso de siempre y fue hacia el chapoteadero.

             Terminé de ponerle el bronceador a Mary Ann y me estiré. El mesero volvió con las bebidas y brindamos con las caras muy juntas. Cuando terminé de saborear el whiskey, vi que Miranda corría hasta mi tumbona.

            -Perdiste tu silla- me gritó- Pásame esa toalla.

            Me puse el dedo en el labio para pedirle silencio y le señalé el bulto en donde el pequeño Alex dormía. Miranda no me hizo el menor caso y estiró su mano para que le diera mi vaso.

            -No entiendo como puede gustarte esta porquería- me dijo, y me devolvió el trago.

            Mary Ann se rió, aunque no entendía ni una palabra.         

             Me senté de nuevo en tumbona de Mary Ann. Se acercó a mí y me besó en la boca, luego se acostó de espaldas a recibir la resolana. El cielo, más nublado aún, avisaba ya de una lluvia próxima. En la alberca aún había muchas personas.

            -Bueno, ¿qué te parece?- preguntó Miranda, sin dejar de seguir con la vista el cuerpo de vikingo de Mike, que nadaba con un pulido estilo mariposa.

            -Has tenido peores.

            -A ti no te fue mal.

            -Sólo he podido practicar mi inglés. Ayer se quedó dormida, estaba en el límite de la inconsciencia. No sé cómo la bajé del taxi.

            -Seguro que la revisaste bien cuando estuvo en tu cama.

            -Está buena. Pero dormida no sirve de mucho.

            -Yo no pegué el ojo hasta las siete. Mike es un sujeto tremendo. Yo no sé cómo hay mujeres que pueden vivir sin haberse acostado con un extranjero.

            -Cuando hice la maestría en Hamburgo, no me pareció que las mujeres me desearan poco. Es cuestión de contextos.

            -Bueno, pero tú no amaneciste con la mesera o la recepcionista, sino con la señorita Tennesse.

            Bebí un trago de mi vaso y se lo pasé a Miranda. Tomó y carraspeó. Entre las nubes un rayo de sol nos dio la esperanza de una tarde soleada. Por un momento, el calor se hizo intenso. Luego se desvaneció de nuevo entre las nubes. Me limpié el sudor con una mano. Sentí que me sofocaba profundamente. Recorrí las piernas de Mary Ann con la punta de los dedos y busqué alrededor una tumbona libre. 

            -Voy a pedir algo de comer y luego voy a dormir la siesta, y luego voy a acompañar a la señorita Tennesse a mi habitación- dije, mientras inspeccionaba los alrededores.

            No encontré ninguna silla libre. Todas estaban ocupadas o apartadas con toallas y cubetas de juguete. Miré hacia el edificio blanco del hotel. Detrás del vidrio de una habitación vi una reunión privada. Era una suite del primer piso. Tenían una vista magnífica y todas las tumbonas del mundo. Además nos habían dicho que en esa terraza hay una alberca pequeña.

            -La próxima vez le pedimos a Yani que reserve una suite de ésas. No tengo en dónde acostarme.

            Miranda levantó la esquina de un ojo, me ayudó a buscar y dijo:

            -Estás loco. Esas suites cuestan una fortuna y no valen la pena. Mike me contó que sus padres tienen un piso en Florida. Vamos a ir el próximo verano, antes de que empiece el semestre en Canadá.

            -Creí que no ibas a irte.    

            -Mi mamá vendió la camioneta. El arte significa mucho para mí y ella siempre ha sido mi mejor amiga,  por eso las cosas fluyen. Por fin entendió que estudiar historia del arte en este país es una burla. Además el semestre incluye unas clases de francés.

            -Tan buena tu mamá, y tú tan hija de puta.

            -Eso que acabas de decir es una contradicción flagrante.

            -¿Y si quito un poco al niño?

            La respiración de Mary Ann se volvió profunda. Vi que una de sus nalgas estaba fuera del bikini. Comenzó a roncar. Miranda volteó hacia otra parte y sonrió.

            -Ya se tardó Sissi. ¿A dónde fue?

            -Con Yanina, a buscar una cerveza.

            -Yo creo que se quedaron en la barra. A Yanina le andaba haciendo el baile el prieto que atiende. Y ya ves, es poco juiciosa. A lo mejor hasta le consigue algo a la pobre Sissi, que sólo tiene tiempo para su hijo llorón.

            -En la mañana me despertó con sus gritos. Sentía la cabeza del tamaño del universo. Y ahora está ocupando la única tumbona libre. Que se vaya a jugar por ahí.

            -Despiértalo y no te va a dejar en paz.

            Miré la toalla, el bulto debajo de ella. No se movía.

            -Tal vez si lo recorro un poco…

            -Inténtalo.

            Miranda recorrió la alberca con los ojos y encontró a Mike conversando con otros bañistas. Uno era negro, el otro parecía su pareja. Miranda se puso las manos sobre la cara y suspiró.

            -Creo que voy a dormirme. Está haciendo frío, me dan ganas de subir al cuarto.

            -Nada de eso. Ahora sale el sol, ten paciencia. Ya te quiero ver en una playa del norte de Europa, a ver qué haces.

            -Ponerme un suéter. Mueve de una vez al niño y acuéstate, me pones nerviosa.

            Me acerqué a Alex y lo moví para despertarlo, sin quitarle de encima la toalla.

            -No despierta- informé.

            -Entonces sólo muévelo. 

            Con suavidad, deslicé al pequeño hacia los pies de la tumbona y dejé suficiente espacio para mí. Los ronquidos de Mary Ann subieron de tono. Miranda se tapó los oídos con las manos.

            Mike salió de la alberca y se sentó en el suelo, junto a la tumbona de Miranda. Me sonrió.

            Hi, there– me dijo y llamó a gritos al mesero. Su mandíbula cuadrada tenía un color cobrizo y sonreía con unos dientes muy blancos. Se alisó el cabello y pidió al mesero un Bloody Mary.

            Cerré los ojos. Una brisa helada me hizo abrirlos. Algunos niños comenzaron a llorar y los arroparon con una toalla. Todos salieron de la alberca, se refugiaron bajo las sombrillas y una música tropical sonó desde la suite del primer piso. Me quedé mirando a una mujer que bailaba sola en el balcón. Pensé que me hubiera gustado estar ahí y tener un hijo con ella.

            A mis pies, el pequeño Alex seguía cubierto con la toalla. No se había movido en todo el rato.

            -El pequeño Alex no se mueve- le dije a Miranda. La mano de Mike le masajeaba los senos con ternura. Ella, con los ojos cerrados, me contestó:

            -Despiértalo, creo que es su hora de comer.

            Yo no quería despertarlo. Lo primero que hacía era llorar, luego preguntaba por su mamá interminablemente, luego había que llevarlo de la mano por todo el hotel hasta dar con ella.

            -Con un demonio, en dónde se metió Sissi.

            Mary Ann se movió en su tumbona, pero sólo para acomodarse. Por un momento los ronquidos se detuvieron.

            Con la punta del pie moví el cuerpo del pequeño Alex.

            -Shh, niño. Despierta, ve a buscar a tu mamá.

            Alex no se movió. En la toalla no se repetía la respiración de Alex.

            -Miranda, el niño no se mueve.

            -Se desveló y nadó toda la mañana, déjalo dormir entonces.

            Con la punta del pie levanté la toalla y vi su mano diminuta, sujetando al muñeco anfibio como si nunca fuera soltarlo. Alcancé el Manhattan que había pedido Mary Ann y se lo ofrecí a Mike, que se desesperaba por la tardanza del mesero.

            Thanks, buddy– me dijo, y me sonrió con sus hermosos dientes blancos.

            A lo lejos, vi que Yanina y Sissi se acercaban riendo, con una cerveza en la mano.

           

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