Allá

marzo 11, 2009

Allá

 

La anciana me pidió que dibujara su rostro. Deseaba aparecer de perfil en el dibujo, mirando hacia otra parte. Era una petición inusual, pero ya antes alguien había improvisado alguna postura que le sentaba mejor. Los paseantes se dedicaban a observar la escena, parados detrás de mí como una sombra amenazante.

Miré el papel vacío, el carboncillo en mi mano. Le dije que no podía dibujarla pero ella insistió tanto que hice un esfuerzo, uno sobrehumano, que me lastimaba la mano con el aceite hirviente de mis movimientos. Al final le entregué el dibujo, lo vio. Muy despacio. Me preguntó:

-¿Quién es éste hombre? Ésta no soy yo.

 

No soy el primer pintor que falla al pintar un retrato ni tampoco el primero que se dedica a pintar retratos en un parque. Me bastó estar aquí dos meses para ver pasar a compañeros de la academia e incluso a algunos antiguos maestros de figura humana, los mismos que alguna vez nos advirtieron: la vida de los artistas está llena de presencias encarnizadas que, con mucha frecuencia, se presentan terribles y ambiguas. Hablaban, por supuesto, de la frustración.

Sin embargo, respiro tranquilo desde que decidí comprar una sombrilla y pintar, siempre de memoria –así me acostumbró mi disciplina de estudiante- varios cuadros clásicos a lápiz para atraer a los curiosos y convencerlos de que me dejen pintar su rostro.

No me ha ido mal. Pago la renta de un pequeño cuarto que me sirve de estudio, dormitorio y cocina. Además, tengo lo suficiente para mantenernos a Gris, un gato esponjado y vaporoso, y a mí con lo suficiente. Mi rutina es natural y tengo ratos libres suficientes para pesar frente a mi lienzo blanco, que lleva más de seis meses sin mancha.

No puedo pintar,  más que retratos y copias, y a pesar de ello estoy tranquilo. No puedo dejar de pensar que una cosa tiene que ver con la otra. Cuando pintaba solía despertar en la madrugada sin aliento, como si una mano invisible me frotara la lengua. Tal vez no quiero pintar más, tal vez pensar en  mis cuadros en las paredes de una galería, en un catálogo y en las fundaciones millonarias no es algo que me inquiete. Ya no. He renunciado, como muchos otros han renunciado, y hasta hace poco no había encontrado nada que me reconfortara tanto.

Fue hace una semana cuando un hombre se acercó a la sombrilla y me pidió que le dibujara un retrato. Sus facciones eran simples, no me hubiera costado ningún trabajo trazar su nariz angulada, su cabellos rizado, su sonrisa afable. Me prometió un pago doble si lo dibujaba más viejo de lo que era. No le pregunté por qué. Exageré algunos rasgos, pinté algunas arrugas, hice un esfuerzo automático como aquel frente a nuestra esposa para tratar de adivinar cómo será despertar a su lado dentro de algunos años. Cerré los ojos, lo imaginé cojeando, tosiendo, balanceándose solo en una estación del metro. Abrí los ojos. No miré al cliente ni al público que sonreía y esperaba mi reacción. Pasé el lápiz por la hoja, casi sin despegarlo, y en cada línea y a cada curva merodeaba esa imagen en mi cabeza, ese anciano desconocido aun para quien esperaba impaciente el resultado.

Cuando terminé y estampé mi firma, modesta, en una esquina, algunas voces detrás de mí resoplaron desilusionadas:

-No se parece nada.

No hice caso. Observé por última vez el dibujo, como hacía siempre antes de entregarlo a los clientes, y me di cuenta de la verdad. No se parecía en absoluto, por más que la edad destruya la belleza y aniquile las formas, ese anciano que me miraba sobre el papel no era nadie, nadie que hubiera visto alguna vez, y sin embargo su mueca era densa y era real, imitaba a la perfección, como nunca algún retrato mío lo había hecho, una forma de vivir, una forma de ver, una forma de sufrir un malestar profundo, irreversible.

El cliente aceptó el retrato pero no me pagó doble. No se lo exigí. Recogí mis cosas y caminé a mi casa. Gris me recibió balbuceando su lenguaje de la necesidad y cenamos juntos. Dormí bien y al siguiente día dejé salir Gris antes de ponerme en camino hacia el parque. Observé mi casa. El lienzo en blanco seguía ahí, inmóvil en su contemplación de mi vida.

Cuando Gris regresó de su paseo vi que en el lomo tenía una herida redonda,  podía verse su carne viva, como si algún perro le hubiera arrancado de tajo la piel. Lo cargué y le pregunté:

-¿Qué pasó contigo?

Deseaba una respuesta, pero él sólo me miraba, se restregaba contra mis brazos para calmar el ardor. Lavé su herida, pero no sabía qué más hacer, sabía que algunas medicinas para humanos podían ser venenos para los animales. Pensé en cuánto dinero podría costarme llevarlo al médico, pero fuera cual fuera la respuesta, debía decidir entre nuestra comida y el hospital veterinario.

Lo dejé en la cama y le puse la sábana encima. Se quedó dormido muy pronto. Caminé hasta el parque mientras sentía en la cara el aire helado de enero. Coloqué mi sombrilla y esperé toda la mañana un cliente. Sólo hasta pasadas las doce se acercó una mujer tímida que dio varias vueltas, revisó de cerca mis dibujos y se compró un helado antes de acercarse a preguntar cuánto cobraba por dibujar su retrato. En cuanto se acomodó en la silla su rostro se ruborizó. Sentí simpatía y una ternura profunda. Mientras la miraba y copiaba sus rasgos pensé en pedirle que se casara conmigo. En ese momento parecía muy sencillo hacerla feliz, todos los días, hasta mi muerte. Le sonreí cuando le entregué el dibujo.

-¿Es una broma?- me dijo, y en su voz escuchaba una recriminación, aquella que prefigura todas las distancias.

Observé el retrato. Era el mismo hombre del día anterior, ese desconocido, las mismas facciones, envejecidas, tremendas en la incertidumbre con que me miraban.

Esa tarde intenté pintar tres retratos más, pero siempre obtuve el mismo resultado y tuve que inventar alguna excusa para evitar mostrar a los clientes el resultado final. Sólo me vieron sostener en un hilo dorado mi última concentración, después de veinte minutos, mirar sin gesto discernible mi dibujo, romperlo luego y recomenzar. Tres veces lo intenté y tres veces salió de mi lápiz el mismo anciano.

Cuando volví a casa, Gris seguía bajo la sábana. Compré algo para cenar y una pomada de la que habló el encargado de la farmacia, dueño de tres perros. Escuché un maullido débil, quité la sábana y vi que la herida seguía en el mismo lugar. Le unté la medicina y me acosté a su lado. El pelambre me traspasaba la mano con una sensación profunda que me hizo cerrar los ojos y acostumbrarme al mundo. Sólo escuchaba el ronroneo, una luz en el estanque oscuro de la tarde.

La segunda herida apareció la mañana siguiente, en una pata trasera. No era igual que la primera, era un rasguño, largo y punteado con coágulos minúsculos. Comprobé que las ventanas estaban cerradas. Gris husmeó su comida, comió un poco y se frotó contra mis piernas. La herida redonda no había mejorado durante la noche. Decidí salir y buscar un médico. No caminé mucho. Mucha gente tiene mascotas por aquí y abundan los consultorios. Un veterinario me atendió. Sólo por revisarlo cobraba más de lo que yo ganaba en tres días afortunados. No aceptó escucharme, cualquier consulta causaba honorarios. No tenía dinero, la comida de la noche anterior y la pomada me habían dejado así. Regresé a casa. Gris estaba en la cama, lavándose las patas. Lo acaricié. Lo sentí inusualmente flaco. Lo revisé. No encontré otra herida, pero en cuanto tomé mis cosas para salir al parque y tratar de vender algunos de mis dibujos, vomitó una bola de pelo. Antes lo había hecho, pero la maraña que salió de su boca no era gris, era blanca, combinada con la saliva y con algunos restos de croquetas.

No tuve tiempo de quedarme. Era sábado. La gente llegaba temprano y habría suficientes clientes. Necesitaba vender unos pocos dibujos o hacer algunos retratos para pagar al veterinario.

Cuando me instalé en la plaza la gente se acercó inmediatamente. Vendí una reproducción a lápiz de La última cena y reté al hombre que me la compró:

-Dígame una pintura, la que usted quiera, y yo la dibujo exactamente igual en este momento.

Los curiosos se acercaron. El hombre me miró.

-Pinta “La viejas”,  de Goya.

Sin decir nada más tomé el lápiz y comencé. No me detuve a pensar por qué el cliente había elegido esa pintura ni por qué era una de las que yo podía pintar sin demasiado problema. Terminé, se la mostré. Ahí estaban las tres figuras, la luz celestial, el paso del tiempo y la escoba, incluso la firma de Goya, en el extremo inferior izquierdo.

El hombre me pagó y prometió volver. Fue entonces que se acercó la anciana y me pidió que la pintara de perfil. Tal vez en ese momento supuse que si pintaba a alguien de perfil al final podría engañar la presencia del anciano en mi dibujo.

Sólo conseguí ver un nuevo ángulo, desconocido para mí, de ese rostro.

De regreso a casa tuve una idea para una pintura. La primera en meses. Me aferré a ella, como si a cada paso temiera perderla. Abrí la puerta y durante veinte minutos esbocé alguna cosa sobre el lienzo blanco. No tenía forma. Contemplé mis trazos y por un momento no escuché el ruido del mundo. Un maullido de Gris me devolvió a la habitación. El gato, vaporoso y esplendido, estaba sentado sobre un montón de ropa. Tenía un ojo cerrado y una mancha de sangre junto a la nariz. Lo cargué, lo acaricié. Sentí sus huesos pegados a la carne. Lo revisé con cuidado. No encontré otra herida, pero en su lomo, en su pata y ahora en su rostro los canales abiertos aparecían como latigazos que no cicatrizaban.

Me acosté y senté a Gris en mi pecho, para que sintiera el latido de mi corazón y tuviera ganas de vivir. Fue entonces que toqué sus patas, las acaricié con ternura y vi que sus garras estaban rotas, quebradas por algún esfuerzo que había agotado sus energías,  por alguna pelea que había sostenido allá, en otra parte, en donde yo no podía ayudarlo.

Me quedé mirando su rostro y me despedí de él en silencio. Todavía estiró una pata y me rozó la sien, luego vi cómo se apagaron las luces brillantes de sus ojos. 

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