Una boda

marzo 11, 2009

I married my wife on the day of the eclipse
Our friends awarded her courage with gifts

1

Tomando por cierta la suposición de que somos seres llenos de energía, es peculiar el hecho de que nos apropiemos de aquello previamente cargado y no algo más bien vacío de sentido. No hace falta pensar mucho para considerar que lo verdaderamente digno es aquello que es propio por derecho inalienable, es decir, aquello que sin nosotros no hubiera existido. Los artistas y los corazones sangrantes son esa especie de sujetos a los que les ha sido destinado el encuentro con el vacío, con lo que ya no significa. Después de enfrentarse con ese terror, la labor que sigue es la paciente y laboriosa acción de dotar, de llenar de nuevo.
Crecí en un ambiente suburbano, en una calle de casas iguales que habitaban niños iguales, que iban a clases de karate y de piano, que esperaban la Navidad y que iban a la iglesia. Sin embargo, mi casa no era igual a las otras casas. En mi jardín había un árbol, un motor desarmado y el pasto crecido de un mes. Los vecinos iban a Gran Bazar a buscar el último modelo de podadora. Mi padre iba a a la calle República del Salvador a buscar las partes del autómata que estaba armando en la sala comedor. Viví en ese islote de la clase media cómodamente, en una casa en donde las reglas de la calle no importaban y en donde me encontraba a salvo de las convenciones del mundo, antiguo y moderno. Podía ver la televisión –vieja y rearmada- a ratos, ayudado por unas pinzas, no tenía que ir a la iglesia porque mis padres creían en otro tipo de revoluciones, en el feminismo, en los circuitos integrados, en el átomo.
Crecí fuera del alcance del mundo, pero el mundo está en todas parte.
Si es verdad que la infancia es el destino, yo me formé para transgredir lo dado y para cuestionarlo todo. Yo no lo elegí, mucho menos lo logré. La normalidad, para mí, era esa normalidad. En mi casa, esa educación de contraataque se considera exitosa. En las sociedades democráticas, también. La habilidad de poner todo en crisis para demostrar el origen, la historia, el sentido, la importancia y en qué nivel todo esto manipula y esclaviza a la humanidad de algún modo u otro ha sido para mí el campo de juegos y la certeza de ser un individuo que sabe cuál es la verdad. La clase media sobrevive en ese páramo de soberbia y crisis.
Nos asumimos del lado de los intelectuales porque teníamos la capacidad de desarmar algo y ver cómo funcionaba. Nos asumimos progresistas porque teníamos la capacidad de escapar de los convencionalismos y construir nuestra experiencia desde la originalidad y la libertad. Ésta ha sido mi vida, hasta el día en que descubrí que me hubiera gustado creer en dios y en las ceremonias. Y que era absolutamente incapaz de hacerlo.

2

Toda declaración de amor es incomprensible. No sólo a una mujer, sino a una forma de vivir. El amor, como se ha construido desde la lírica medieval, es una espada que mata suavemente, es la entraña misma de la contradicción. Por qué, se preguntaban los poetas, elegimos hacernos mal, por qué elegimos la pena y la tragedia que, eventualmente, llegan. La concepción renacentista del amor, con su mezcla de astrología, fisiología y poesía, lo definía como una enfermedad que entraba al cuerpo por los ojos, en la forma de una imagen o un fantasma. Esta imagen compunge y nubla, se entromete en los pensamientos y distrae las funciones biológicas y del raciocinio. La única forma de curarse es expulsar con una buena sangría ese fantasma que ha tomado plaza en nosotros y volver al camino recto, romper el pacto con la fantasía (o inclinación a los fantasmas) y reestablecer un resignado pacto con lo real.
Toda declaración de amor es incomprensible, pues de inicio conlleva la eventual ruptura, los ciclos dolorosos de la reconciliación, los malos deseos, el odio infinito, la calma, el anonimato y la tibieza.
Es verdad. Hay quien renuncia a declarar su amor o a sentirlo. Hay quien decreta que es una invención del capital y protesta ante la imposición y contra la mala fama que tiene la soledad o la promiscuidad o la monogamia o el platonismo. Hay quien afirma con la cabeza fría que el amor es un truco de la especie, una forma de suavizar la violencia explícita del acto sexual o una forma de asociación económica, una cooperativa, una sociedad de apoyo, un frente común para la acumulación y la defensa de la propiedad privada.
Sin duda, permanecer al lado de alguien y afirmar que lo hacemos porque amamos es una forma de, a la vez, ocultar y mostrar algo. Si ya no se utiliza la palabra amor, si al menos nosotros, intelectuales o progresistas conscientes de la explosión demográfica y de las injusticias mundiales, no utilizamos el concepto para describir lo que sentimos o dejamos de sentir, es probable que hayamos encontrado una nueva forma de decirlo y de justificar nuestras acciones. Al final, progresistas sofisticados, nihilistas de élite o románticos intrascendentes, hemos de llorar por alguien.
Yo no sé si son buenas o malas noticias, pero quiero creer que son buenas: sólo hay una forma de romper los convencionalismos, a saber: crear otros nuevos. Y somos ingenuos si creemos que los nuestros son mejores que las anteriores o los que vienen. Pero somos ingenuos, siempre, porque es la condición de existencia de la humanidad.
La violencia, la pertenencia y el deseo harán nuestras relaciones eternamente.

3

La última vez que los dioses convivieron con los humanos, antes de romper las vías de ida y vuelta desde el mundo de la tierra hasta el mundo del cielo, ocurrió en una boda. La boda de Cadmo y Harmonía. Para investigar la relación de la humanidad moderna con el misterio es bueno pensar en una boda. Una boda es un misterio, pues es un sacramento que se elige y no se impone (al menos idealmente) y que implica el establecimiento ritual de un lazo invisible que debe perdurar hasta la muerte. Roberto Calasso dice que los dioses huyeron de la tierra porque decidimos cortar los lazos que unían al misterio. Hubo un nudo que no tuvimos la paciencia de desatar, más bien lo rompimos. Hay una diferencia enorme entre desatar y romper. La diferencia abismal entre el mundo en que debemos vivir y el mundo en que podríamos vivir.
Antes de morir, es necesario reestablecer las ceremonias. He pensado mucho, y me parece un acto irresistible y radical.
¿Por qué encadenarse a alguien, a otra persona de entre todas las personas que existen si ya, una vez arrojados al mundo, estamos encadenados a la Necesidad, a un dios terrible, a un destino incierto y a menudo doloroso? ¿No es agregar un acto turbio a una vida amenazante; un acto que, al final, sabemos corruptible y enajenante?
No tengo sino un esbozo de respuesta, que viene del gozo instantáneo y no de la meditación intensa.
Creo firmemente en que los lazos en la vida son elecciones. Que uno decide ligarse a determinadas personas para que sean amigos, amantes ocasionales, maestros, guías, padres o mascotas (una mascota no es necesariamente un animal). Creo que estas elecciones son conscientes de inicio o se revelan conscientes en algún momento y creo que siempre están ligadas, conectadas entre sí por un evento misterioso, una cuerda transparente que ata incondicionalmente hasta que se vuelve un camino indestructible. El deseo de que la vida, una vida, la mía, esté hecha de caminos indestructibles y de la fidelidad con la que los camino es quizá lo único en lo que creo.
Ya dirán los días si la vida es otra cosa.

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2 comentarios to “Una boda”

  1. samuel Says:

    menos mal que empezaste con Nick Cave…animal de fe (los animales, no son necesariamente animales)
    un abrazo.

  2. jos Says:

    “la violencia, la pertenencia y el deseo”: GRANDE… De acuerdo, es y seguirá siendo lo que mueve al mundo…


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