sueño italiano

julio 23, 2009


 

Soñé que dos italianos delimitaban los extremos de mi sueño. Me decían, cada uno sentado, analítico, en cada orilla, en ese espacio es que es posible dormir: “deberías dormir hacia este lado, cinco grados más a la izquierda, deberías sincronizarte con la llegada justa del amanecer: deberías ver la línea en la que tu despertar coincide con el despertar de determinada persona, porque de lo contrario provocarás problemas diplomáticos muy graves”. El sueño seguía así. Yo estaba dormido, cansado de dieciséis horas de aviones y aeropuertos, por fin en una cama. En mi sueño, entendía perfectamente el italiano. Mi sueño era o estaba representado por un hueco abierto en mi cabeza. Los italianos analíticos estaban asomados cada uno de un lado, interpretando políticamente mi forma de dormir, aclarando mis límites. Llevaban traje, y hablaban fuerte y rápido, como es su costumbre.

 

Desperté. El reloj marcaba las dos de la mañana. Mi esposa dormía profundamente, sin importarle que en la Ciudad de México eran las 7 de la tarde. Pensé primero que mi sueño significaba un deber ser, un dictado de la conciencia que reverenciaba mi encuentro con los clásicos. Luego pensé que Europa, la vieja bruja, no tenía la culpa. Que la mezcla de adoración y avaricia con las que nos acercamos los latinomericanos al continente europeo es una autoimposición, avalada por estudiantes de posgrado, turistas sofisticados o no, ensoñaciones inocentes, negación de la realidad americana circundante y profundos deseos de huida; avalada, en todo caso, por el desconocimento y la indeferencia con que los europeos miran, cuando miran, nuestro pobre lado del continente.

 

Esta mañana, veo que cae la lluvia tremenda sobre Roma, sé que prefiero seguir el camino de la limpieza, de mi dignidad natural, del sentido común. Pero siglos de adoración, siglos de atracción, siglos de poder y de colonización son irreconciliables con el deseo analítico con el que desperté hoy, con la morbidez, aun fresca de esa junta que durante esta larga madrugada decidía mi destino en un italiano que, con toda seguridad, inventé. Siglos europeos son irreconciliables con mi existencia en la periferia de todas las cosas.

 

Pero, al final, ¿es necesario comprender la grandeza a través de las columnas, de los ábsides? ¿No son monumentos a la desigualdad, a la esclavitud, al fanatismo? ¿Es necesario entender el sufrimiento que se necesita para alcanzar la grandeza, y la admiración?

 

¿Son estos los verdaderos símbolos de la naturaleza humana?

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Una respuesta to “sueño italiano”

  1. furtiva Says:

    Los verdaderos símbolos de la naturaleza humana son personales. Esos son generalizaciones, matices, recursos ante lo inexplicable.

    ¡Qué gran sueño!


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