agosto 21, 2009

El manifiesto antipost

Hace tiempo que averiguo cosas acerca de algunos autores de culto,  dedicados a contravenir los usos comerciales o la verticalidad académica/clásica de la literatura. Sin embargo, ellos mismos son ya clásicos comerciales de cierta forma de escritura, a la que se llama Posmoderna.  Extraños, ermitaños, ácratas, ajenos a la fama pública algunos, otros verdaderos símbolos de la realización literaria y de la fama. En el primer grupo estarían, por ejemplo, Thomas Pynchon y Cormack McCarthy, héroes sin cara de los seguidores de Padre de Familia. En el segundo, Paul Auster, Philiph Roth y Don DeLillo, grandes, multicitados, llena-auditorios y con foto conocida. Algunos de ellos son, según Harold Bloom, los mayores novelistas norteamericanos de su generación.

He leído lo poco que se consigue en México de algunos. Me gusta McCarthy, trágico y polvoriento; me gusta Roth, más clásico y verboso que un alemán; más o menos me gusta Paul Auster, repetitivo y predecible. Por otra parte, tuve que viajar más de la cuenta para encontrar sólo un libro de Thomas Pynchon y a DonDeLillo lo encontré en una estación de metro. Aparte de estas odiseas del tercer mundo para encontrar los libros que uno anda necesitando, cuando he abierto los libros y buscando algo en sus páginas me pongo a pensar, seriamente, en el disfrute del lector. Algunos de ellos rechazan sistemáticamente una lectura perezosa (que yo suelo buscar, también sistemáticamente). Yo he obedecido siempre mis instintos pero cuando se trata de dejar un libro me siento profundamente culpable y ridículo. A veces, no puedo permitirme el pensamiento sencillo de “hay mucho libros, si no te gusta éste, ciérralo, ve y consigue otro”. No, al contrario, digo: “debe haber algo tremendo aquí, algo que se me escapa, algo que no me deja entrar y por eso debe ser valioso, minoritario, exclusivo, paradisiaco en este sentido”. Para los críticos y los estudiosos, efectivamente, siempre hay algo. Pero no es verdad que uno sea un crítico y un estudioso todo el tiempo. Ellos siempre pueden detenerse y volver a los libros que en verdad les gustan. O meterse a leer “Las reliquias de la muerte” mientras se destensan y piensan en lo mal que anda todo en el mundo literario e, indignados, avientan el libro cuando llegan a la escena final, cuando Harry Potter aparece casado y con un hijito mago en la estación de trenes. Quién sabe, de qué se trata leer, quién sabe. Si es verdad que la literatura, como dice John Barth, está exhausta y necesita formas diferentes de decir y, por lo tanto, de ser leída (por más raro que se ponga todo, como en el libro Pride and Prejudice and Zombies, de Seth Grahame-Smith). Quién sabe. Tal vez queremos, de verdad, sólo leer historias y no pases de manos indescifrables.

Bryan Reynolds Myers escribió un libro al respecto, que provocó agruras no sólo a autores y fanáticos, sino a los propios críticos, con cuyas frases cerebrales y complacientes se decoran las contraportadas de los libros que compramos (y que a veces compramos justo por esas frases). El libro tiene el magnífico título de A reader´s manifesto. An Attack on the Growing Pretentiousness in American Literary Prose. Y ese título lo dice todo, creo. Aunque habla de autores que me gustan (McCarthy, Pychon, Auster, etc), no puedo dejar de pensar que, además de ser el camino del ser interior, de la tragedia, de la incomunicabilidad del ser y de la conciencia expansiva, la escritura puede ser también el camino del asombro simple y del disfrute (si me escuchara diciendo esto hace diez años…). El apéndice el libro hace un decálogo irónico, ideal para autores posmodernos que buscan triunfar (no se si estoy de acuerdo con el decálogo, me parece reduccionista y violento, pero ¿no se trata de eso la vida?). Aquí lo pongo. Perdonen la traducción libre.

De “El manifiesto del lector”, de Bryan Reynolds Myers

Las diez reglas del escritor “serio”:

1. Escribir seriamente: si tu escritura es muy natural, entonces no hay modo de que sea seria.

2. Extender: El contenido no importa, todo es cuestión de tamaño. A los críticos siempre les impresionan los libros enormes, así que evita la brevedad.

3. Equivocarse: Si lo que escribes no tiene sentido, siempre puede encontrarse una buena explicación. La “verdad” siempre puede sufrir distorsiones, mientras el escritor suene bien. Por ejemplo, la trama no es importante porque el libro trata justamente de la falta de trama.

4. Mistificar: Si la gente piensa que tu obra es más inteligente que la suya, entonces van a respetar tu forma de escribir. Si suenas inteligente (y, definitivamente, si algien te publica) entonces debes ser un sujeto brillante.

5. Hacer frases largas: Si la frase no es larga y aburre, entonces seguro que no es literatura.

6. Repetirse: La repetición de palabras es importante. Si no mencionas el sujeto de la oración las veces suficientes, entonces quizá el lector no sepa de qué estás hablando. Mejor usa sinónimos para demostrar que sabes usar un diccionario y, por lo tanto, que eres un escritor inteligente.

7. Amontonar figuras:  Tus credenciales de escritor van a aumentar mucho si tu capacidad de juntar múltiples símiles y metáforas, como pedazos de lego, nunca desaparecen de la fiera mirada del sol. Entre más artefactos literarios le arrojes al lector, mejor escritor serás.

8.  Arcaizar: Si tu estilo de escritura refleja una época remota y un mundo que ya no le es familiar al lector moderno, entonces seguro que eres un maestro de la pluma y la tinta. Esto es muy parecido a la regla número seis, excepto que debes escribir como si estuvieras atrapado en el pasado, y no en un diccionario.

9. Aburrir: La palabra aburrimiento puede ser un sinónimo de la palabra serio. Si seguimos al pie de la letra la regla uno, no puedes escribir con naturalidad o escribir palabras interesantes. Eso simplemente no es serio. Se supone que la gente no debe entender lo que escribes, sólo debe entender que tu escritura es brillante, porque seguramente has encontrado la cura del insomnio.

10. Actuar: Recuerda ser igual que tu escritura: serio, literario, practicamente un dios. Debes entender que cuando pareces listo, cuando pareces tener autoconfianza, los otros harán lo mismo contigo porque ¿cómo puede alguien tan listo y tan presumido estar equivocado?

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Una respuesta to “”

  1. samuel Says:

    Efectivamente, aunque reduccionista y al tiempo un tanto hiperbólico (para continuar con el tono del decálogo), estos “mandamientos” señalan una realidad que se sostiene desde hace tiempo y que es igualmente aplicable a la crítica. Pero si lo que nos atañe son los lectores, efectivamente uno está harto de leer esta escritura vestida de oveja y debería decirlo y tal vez sí, decirlo con más fuerza, así como la erudición no es inteligencia, del mismo modo, elaboración y complejidad no hacen literatura. Incluso T.S. Eliot señalaba a Joyce por el Finnegans Wake, (sin emitir un juicio definitivo sobre la obra) pero sí por contribuir a la confusión sobre la crítica como labor explicativa y no de comprensión y considera que ese tipo de escritura críptica y en algunos casos de un “hermoso sinsentido” no puede dictar la forma en la que se debe escribir, e incluso se culpa así mismo por las notas a The Waste Land que sugiere ahora son más leídas que el poema en sí. Si un autor de la talla de Eliot señala esto, entonces nosotros humildes lectores ¿por qué no habríamos de quejarnos?

    (espero no haber sido demasiado “serio” y sí a alguien le interesa puede leer más del texto de Eliot acá: http://books.google.com.mx/books?id=dvJVeh7rcicC&lpg=PP1&pg=PP1#v=onepage&q=&f=false)


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