KO del 1Q

abril 24, 2012

 

 

La primera vez que escuché de Haruki Murakami fue en 2005. Estoy muy seguro que su novela Crónica del pájaro que da cuerda al mundo no llevaba mucho tiempo en el mercado mexicano y que unos pocos, por aquí y por allá, trataban de entender por qué les fascinaba tanto ese tabique interminable que publicó Tusquets. La primera vez que leí a Murakami fue dos años más tarde, cuando por fin salió la Crónica en una asequible versión para bolsillo y yo estaba aburrido de no encontrar una influencia para mis propios escritos, que me divirtiera y para la que no tuviera que leer ningún estudio introductorio. Estaba cansado también de novelas sobre la Segunda Guerra Mundial, de no entender a Onetti y de quedarme dormido leyendo a Kobo Abe. Y entonces sucedió lo que debe suceder cuando uno entiende que acaba de encontrarse con un hallazgo de aquéllos, cuya simpleza y claridad nos hace pensar en por qué a nadie se le había ocurrido antes. Leí las casi mil páginas de la Crónica con mucho placer, con mucha disciplina, con todos los sentidos allí, en una realización plena de mi placer de leer que pocas veces tengo oportunidad de experimentar. En ese libro no sólo encontré los recursos que yo mismo llevaba años buscando, ésos que equilibran la abyección, la fantasía y la sopa de arroz con uniones que casi no se ven. Por decirlo así, gracias a Murakami entendí cómo debe actuar ese árbitro imaginario que decide los límites entre los mundos. Un árbitro insobornable, invisible, implacable y que corre junto a cada jugada sin que se le vayan las hebras. En ese entusiasmo, en el que se sumaban varias pasiones –Japón, el problema del realismo, la generosidad de la trama, la angustia novelesca- leí más Murakami, hasta que llegué a Kafka en la orilla, la mejor, a mi parecer, de todas sus novelas. Recuerdo que, en mi lectura frenética de ese libro gesté una novela propia, junto con la idea de una poética muy simple y la certeza de que Murakami bien merecía la sonada candidatura al Nobel por el simple hecho de haber desarrollado una estrategia de lo fantástico distinta a todas las que Todorov imaginó y en las que llevábamos cuarenta años atrapados, escribiendo miles de macondos y McOndos.
Un poco antes, muy contento, le dije a un amigo (que tiene la rara capacidad de amargarme la vida) que la Crónica me había emocionado mucho. No se trataba entonces de discutir mi proclividad por las novelas comerciales o por los autores del mainstream, pues me divierten muchísimo y me mantienen despierto porque siempre quiero que el protagonista salve al mundo y se quede con la mujer. Se trataba de otra cosa, y se lo dije en estos términos: “Murakami trabaja con la metáfora. Eso es lo que hace. Uno supone que uno de los términos de la comparación en una metáfora es más imaginario que el otro, más irrealizable que el otro o que, al menos, ambos no podrían estar juntos en el mismo lugar (si uno dice, he perdido a mi mujer en un abismo de incomprensión, se sabe que la mujer está ahí tanto como la incomprensión pero el “abismo” no viene y se aparece como un vórtice “real” en un hotel de Tokio). La metáfora, como resultado de esa combinación paradójica y extraña es siempre algo retorcido y entrañable. La tranquilidad que proporciona la retórica es aquella de la definición. Salimos de esa sensación de extrañeza porque sabemos que la metáfora está articulada con elementos que, en realidad, nunca estuvieron juntos. Los pusimos juntos. Pues bien, Murakami coloca los dos términos de la metáfora en el mismo plano de realidad y luego todo se va al diablo. Es bellísimo”. Ahora reconstruyo todo esto, pero la excitación era real cuando dije las cosas más o menos así. Mi amigo, claro está, me dijo que eso era lo que yo ardía en deseos de ver en la obra. Más allá del facilismo hermenéutico en que a veces es fácil caer, estoy seguro que Kafka en la orilla no sólo prueba mis dichos –que seguramente alguien más ha probado también- sino que en alguna parte lo personajes hablan de la metáfora de una manera bastante cercana a mis intuiciones. No lo descubrí yo, lo descubrió Murakami y yo lo leí con mucha atención y alegría. Y lo noté como cualquier otro pelado. No todos tienen ganas de soportar la “tensión metafísica” de la que habla Updike en la contraportada del Kafka.
Cuando supe que iba a salir 1Q84 me emocioné de nuevo. La novela de Orwell fue para mí iniciática. Mucha de mi pesadumbre habitual se la debo a la sensación de encierro y de pesimismo con la que está escrita la historia de Winston Smith. Me tardé un poco en abrir 1Q84, pese a que llevaba algunos meses en el librero. La idea de que es la obra maestra de Murakami, y que me quisieron vender desde el cintillo, no me parecía la mejor y algo en el tamaño del libro me decía que una vez es posible echar todo en la estufa y preparar una Crónica del pájaro que da vuelta al mundo, pero hacerlo dos veces… En Kafka me parecía encontrar la medida perfecta de páginas, a pesar de que los finales nunca han sido la especialidad de Murakami, a decir verdad. Son cadenciosos, lentos, anticlimáticos. Las intuiciones, los picos dramáticos, la turbación nos han traído de un lado al otro y terminar el viaje extraño en una mecedora no es mala idea. Un final sin lumbre es un buen final también. Pero, de nuevo, y otra vez y dale…
Y entonces sucedió. Hacia la mitad del libro, me aburrí. No estaba leyendo una novela de alguien que no fuera Murakami. Ahí estaba todo: no lo desconocí, pues. Los personajes desencantados, la crítica al poder –a los poderes-, las escenas perturbadoras, el sexo explícito y tristísimo, los pliegues entre dos mundos ligeramente escindidos. Un primer capítulo realmente bueno, como pocos. Y a la mitad del libro, me aburrí. Mucho. Es el drama de conocer bien a un autor o el drama de un autor que conoce bien a sus lectores. Por alguna razón, el autor pensó que debía explicarnos las cosas y que los lectores de su novela número diez y tantas no seríamos capaces de unir los puntos, de apañárnoslas con la incertidumbre de un planteamiento brillante, de lidiar con esos Little People que son, en verdad, de pesadilla. Algo ocurre con ese libro que pierde densidad en cada vuelta de la página. El posible encuentro de los protagonistas o la idea de que uno se sacrificará por el otro, una lolita autista o un líder religioso no son suficientes para mantener una tensión que se descuaja por la claridad de la estrategia fantástica. ¿Qué me gusta tanto de Murakami que no esté en este libro?, me preguntaba mientras Aomame le clavaba un picahielos a un sujeto transcósmico recostado en una mesa de masaje. Y creo que la respuesta es muy simple: el libro nos da un trato de lectores nuevos, de gente que no ha tenido varios años para pensar por qué le fascinan tanto los libros de Murakami. Y el problema es que sí, uno lo ha hecho, ha pensado y ha pensado que muchas veces antes el autor logró desencajar el realismo sin que nos diéramos cuenta, que muchas veces nos tuvo en sus manos, desorientados, creyendo que podíamos adivinar el corazón de la trama y que nunca se apiadó de nosotros. Hasta ahora. ¿Y qué esperabas, un Inland Empire? No, creo que no. A decir verdad, no sé qué esperaba, por eso me gustaba Murakami.Imagen

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