Cuando Lila despertó esta mañana sintió que todo a su alrededor era diferente.


No sintió el aire de su habitación de la misma manera. Ni vio a los pájaros que cada amanecer se posaban en su ventana. Tampoco encontró a Esteves, su hermoso gato. Y eso era lo más extraño de todo. Esteves siempre despertaba junto a Lila, enroscado entre las cobijas. ¿Qué había ocurrido?

 

Lila imaginó que alguien había venido durante la noche, se había robado a Esteves y también había cambiado el aire de la habitación por uno viejo y usado. El aire de la mañana era el que más le gustaba respirar a Lila, porque era nuevo y sin polvo.

 

Pero ahora había polvo. Por eso aún no lograba salir de la cama cuando Lila sintió que nacía en su boca el estornudo más grande la historia. Fue tan grande y tan ruidoso y tan húmedo que toda la pared de su habitación quedó escurriendo. Lila estaba muy avergonzada, eso nunca le había pasado.

 

Y ahí no terminó todo. De hecho, apenas comenzaba.

 

Cuando Lila bajó de su cama apenas pudo sostenerse sobre sus dos pies, se tambaleó, puso a girar sus brazos como si fueran hélices de avión, luego rodó por el piso.

Tres veces trató de levantarse.

La primera vez volvió a caer al instante.

La segunda vez logró equilibrarse unos segundos, pero cayó de nuevo.

La tercera vez logró dar algunos pasos y después de sentir que caminaba sobre una delgada cuerda, cayó y rodó peor que las veces anteriores.

            ¿Por qué no puedo sostenerme? ¿Qué ocurre conmigo?, se preguntó Lila y tenía muchas ganas de llorar.

 

Sin embargo, además de la desaparición de Esteves y de los pájaros en la ventana, de las caídas y del aire sucio, Lila sintió que las cosas eran tan distintas que bien podía haberse despertado en otro planeta.

 

Lila permaneció en el piso, mirando hacia el techo, preguntándose qué había ocurrido. Ya no intentaba moverse. Sin embargo, dentro de poco vendría su madre y le pediría que se preparara para ir a la escuela. Ella no podía ir en ese estado a la escuela. Necesitaría muletas para caminar.

 

Estornudó de nuevo y se le enrojecieron los ojos. Todo era un caos.

 

Y además, para colmo, mientras avanzaba la mañana los ruidos de los autos y los aviones que entraban por su ventana los escuchaba Lila más fuertes que nunca.  Apenas podía escuchar su propia respiración, era como estar parada a un lado de un motor gigante.

 

¿Qué está ocurriéndome?, se preguntaba Lila.

 

Lila tenía estos pensamientos tristes cuando escuchó que se abría la puerta de su habitación y su madre, con un vaso de leche, la miraba divertida desde las alturas.

 

¿Ya despertaste, Lila? ¿Qué haces ahí tirada? Levántate o vas a llegar tarde. Tómate la leche y no dejes ni un poquito, ¿eh?

 

Lila trató de explicarle todo lo que había sucedido, pero antes de que pudiera encontrar las palabras, su madre había salido y se encontró de nuevo sola. Se arrastró hasta el vaso que le habían dejado cerca y con trabajos tomó un poco.

 

Y entonces fue el colmo de los colmos. La leche sabía muy amarga. Tan amarga y desabrida que hubiera sido mejor comer tierra o chupar la rama de un árbol.

 

Y lo peor es que tenía nata, y Lila no soportaba la nata.

 

Por milésima vez en el día, Lila se preguntó qué estaba ocurriendo. Pero ahora  a los gritos y sin preocuparse de que la regañaran por hacer escándalo:

 

¿QUÉ PASA CONMIGO?, gritó, una y otra vez. Pero se dio cuenta de que también eso era distinto, pues sus gritos se oían fuertes dentro de su cabeza, pero hacia fuera apenas se escuchaban como un suspiro.

 

Es inútil, dijo Lila por fin. Nunca sabré lo que me ha ocurrido y me quedaré así para siempre.

 

Pero como a veces ocurre, justo cuando Lila se dio por vencida, la explicación llegó como por arte de magia.

 

Su madre regresó al cuarto y le dijo:

 

¿Qué pasa Lila? ¿No te tomas la leche? ¿Te sientes mala? ¿Te duele algo? ¿No extrañarás ese gran bigote tuyo, verdad?

 

¿Bigote?

 

¡Claro, mi bigote!, dijo Lila y entonces todo tuvo sentido.

 

TODO.

 

El olor, el ruido, la voz, el gato, los pájaros.

 

¡Mi bigote!, dijo Lila.

 

Tu padre y yo decidimos cortarlo mientras dormías, porque ya estaba muy largo. Y ahora prepárate para la escuela, es la última llamada, dijo la madre de Lila y volvió a salir de la habitación.

 

¡Mi bigote!, dijo de nuevo Lila, y se llevó las manos al rostro, que estaba liso, sin un solo pelo.

 

Y pensar que durante tanto tiempo había dejado crecer su gran bigote, y que tenerlo eran tan normal para ella que esta mañana ni siquiera se le ocurrió pensar que le habían quitado su precioso bigote, tan largo y enroscado como el de los pintores o los cocineros o los gatos.

 

¡Esteves!, pensó Lila. Por eso no está más aquí.

 

Y era cierto. Los gatos se comunican de una manera especial con los humanos que tienen grandes bigotes. Y cuando Lila perdió el suyo, Esteves decidió irse.

 

Y los pájaros. En el bigote de Lila recogían las migas que se le quedaban del pan que ella cenaba en la noche. Por eso hoy no había ninguno en la ventana.

 

Y los bigotes le daban a Lila una agilidad fuera de lo común. Eran como la vara que usan los malabaristas de la cuerda floja. Y sin su precioso bigote estaba perdida, no podría equilibrarse o dar un solo paso.

 

Y cuando los ruidos de la mañana subían de volumen, Lila se colocaba la punta de sus bigotes en los oídos como si fueran tapones y podía hacerse la sorda.

 

Y simplemente cuando respiraba, en sus bigotes se quedaba toda la suciedad del aire y así llegaba limpio y fresco hasta su nariz, y por eso Lila casi nunca estornudaba. Y cuando estornudaba, toda la saliva se le quedaba en los bigotes, que luego limpiaba con mucho cuidado

 

¡Y los sabores cambian tanto cuando pasan a través de unos bigotes!, lo endulzan todo y le quitan la nata.

 

Y su voz era fuerte y clara gracias a que sus bigotes funcionaban también como una corneta.

 

¿Qué habían hecho con sus bigotes?

 

¡Lila no era nadie sin sus bigotes!

 

¿Por qué se los habían cortado?

 

¡Lila exigía que le devolvieran sus bigotes!

 

Después de decir esto, cerró los ojos y recordó lo hermosa que se veía con los bigotes enormes, que eran la envidia de todos los señores y de todos los gatos.

 

Pero entonces Lila sonrió y luego su sonrisa se volvió una carcajada de felicidad incontenible.

 

Y dijo:

Lo que ellos no saben es que, cuando los cortan, los bigotes vuelven a crecer ¡Y ya verán que lindos bigotes! ¡Y verán cómo inmediatamente regresa Esteves!

 

Lila se quedó tendida en el suelo, hasta que sintió una ligera comezón arriba del labio y vio cómo, poco a poco, le volvían a crecer unos inmensos, oscuros, torcidos y bellos bigotes.

Justo como a ella le gustaban.