El arte inmoral (II)

abril 24, 2008

Tengo una inclinación constante a pensar en el fin de las cosas. Nada más poderoso que las ruinas. La duración del discurso, su preparación, los trámites y las secuencias apenas son algo comparado con la devastación de algo que termina -ciegamente, hemos comparado el valor del proceso con el valor del fin del proceso, el resultado: se ha convertido en historia frecuente la idea de que no importa la meta, sólo el camino. Así lo han dicho hombres de genio, así nos lo ha hecho creer la historia. El movimiento sexual de la vida-el único principio de realidad que medianamente puede decirnos que, en efecto, existimos- demuestra lo contrario. Tácitamente nos dirigimos hasta el momento final de la relación sexual. Todos los preparativos han sido para eso. El deseo ha cumplido su papel, ha susurrado apenas lo que de verdad significa la muerte. El proceso en que el sexo se convierte en el arte de la seducción o en el arte de la extensión o sustitución del placer de la carne con placeres menos violentos, es el mismo proceso en el cual el impulso vital, las preguntas fundamentales -cuáles son éstas si no aquellas que preguntan por el sentido de lo humano y su relación con lo divino, que tal es el sentido de la historia-, se convierten en arte y en una moral del individuo que se convierte luego en una moral pública, sancionada y recompuesta según los discursos de poder en turno. El arte se encuentra en el límite o es el límite del sentido de existencia. En el momento en que el arte se hace imprescindible es cuando recompone el final de la comprensión y la transforma en un acto moral, que inhiba o permita a nuestro deseo seguir construyendo nuestra civilización. Este acto de juicio no es un acto absoluto, sino un acto ficticio, gobernado por las leyes del lenguaje, del azar y de la historia.

Anuncios