El arte inmoral (III)

abril 24, 2008

El mito es una narración fundamental. Es la primera pregunta articulada que construimos como civilización. Esa pregunta ha tenido una respuesta de siglos, dado que la pregunta es por el sentido de la historia y de su base material: los actos humanos en toda su complejidad y extensión. La narración mítica funda. En ella el lenguaje que construye una ficción significativa es el mismo que configura la realidad tal y como será concebía. El lenguaje, cuando es atravesado por la ficción y por un proceso sistemático de recepción e interpretación determinado, es fuente de realidad, es el lugar en que nace y se nutre la verdad. La historia alimenta al mito y el azar recompone la historia material, efectiva; la reviste de formas fantásticas, la únicas en que la moral puede prevalecer sin pervertirse. El mito no se considera una forma de arte, sólo un registro peculiar de una época anterior a la historia. Cuando nace ésta, el mito termina su dominio en el mundo. El mito proporciona datos a la historia, pero nunca la historia se supedita al mito ni se asume que posea un sentido en sí mismo. Se ha convertido en un sucedáneo de la historia, una especie de historia primitiva, inexacta, imprecisa, rudimentaria, aunque de una expresividad contundente y una belleza indiscutible; el mito genera, en este sentido, preguntas extraordinarias. ¿Por qué la primera pregunta articulada de nuestra civilización se realiza en forma indirecta?, ¿por qué en una época sin arte y sin historia la interpretación compleja, el lenguaje multiplicado, la belleza del relato y lo fantástico fueron predominantes y luego la modernidad se regodeó en la literalildad, el proceso básico de la objetividad?, ¿por qué la primera interacción con el mundo genera un lenguaje flexionado, una especie de poética de la creación, y luego los siglos se encargan de despojarlo hasta la desnudez de un algoritmo? No suponen que sean los hombres primigenios los que entendieron las leyes de la historia y de la realidad. Sin embargo, en la precisión con que la naturaleza de las cosas encajó en el universo mágico que asumieron esos hombres se encontraba el origen de la necesidad del arte, de la necesidad de la belleza, de lo imprescindible que era crear, pues en este acto se emulaba el primer principio moral de la civilización: nuestro deber inalienable es darle sentido al hecho aparentemente arbitrario de la existencia. Esta necesidad moral originaria es la que se encuentra detrás del arte. Esta necesidad no se ha perdido hoy. Existe, sin embargo, de otra forma. La época, nuestra época, a la que se ha llamado posmoderna, modernidad tardía o tantos otros nombres, no asume ya este problema como un conflicto moral. El problema de la existencia y su sentido se ha convertido en un elemento decorativo, se ha negado como fin, se ha instaurado como medio. Esto tiene una implicación grave para nuestra civilización, que peligra al encontrarse bajo el dominio de un poder legitimado por las corrientes que se presumen críticas del sistema. Las corrientes del arte que se alzan como denunciantes, víctimas, practicantes y teorizantes de la masificación, de la banalización, de la falta de sentido, de la individualización extrema, del contrasentido o el sinsentido, del abismo sin retorno de la ironía, no hacen más que decir, con la mayor arrogancia: nosotros hemos solucionado el problema de la existencia, ya sabemos qué hay detrás de todo, ya sabemos cuál es la respuesta a la pregunta de siglos que hicieron la mitología y la historia, el enigma está resuelto; la respuesta somos nosotros, haciendo este arte que no perdurará, esta crítica que, sabemos, no importa a nadie y ahí radica su valor, en hacer evidente lo que hemos desenmascarado: la enajención avanzada de la gente. La supremacía arrogante del artista se basa en esa forma de denuncia -protesta estéril- que es no tomar partido por las preguntas fundamentales. Democráticamente, por mayoría, hemos decidido que no nos importe el sentido de la historia ni los antiquisimos principios que fundaron las primeras religiones: el ritual, la ceremonia, la magia, lo trágico y lo extático. Ninguna época antes ha clausurado la reflexión juzgando sin piedad a quienes intentan revivir el dilema moral y declarar la traición con que entregan la sociedad al poder ideologico dominante. Del conflicto moral, no del ideológico, es que nacen las revoluciones del pensamiento. Hemos abandonado, por sistema, ese camino.

El arte que critica y que clama el sentido perdido de la existencia es prescindible, no puede formar parte de nadie, de nada. Sólo puede generar ideas obvias, que completan los círculos de aflicción y miseria. Al ir a una exposición de arte nos acercamos a las obras con el ánimo destruido por el ambiente. La obra, abierta y vacía, nos afirmará en el estado de estupefacción y muerte que nos ha ofrecido nuestra época y con el que previamente lidiábamos. La realidad se unifica peligrosamente. La interpretación se extiende de tal forma que trasciende el concepto de libertad, lo anula. Paradójicamente sólo hay una forma de recibir al arte: en su dimensión infinta, inabarcable; aquél que escoge la vía crítica de la pertinencia será descartado, ignorado y excluido.

La obra de arte como una emulación de nuestro propio desconcierto e indiferencia, es profundamente, sofisticadamente inmoral. Podemos prescindir de ella y seguir sintiendo y creyendo lo mismo que antes de entrar en contacto con ella. Podemos ignorarla, no haberla visto nunca, y seguir respondiendo a su efecto. Estamos moldeados para entender incluso lo que no está frente a nosotros. El arte se presume libre y presume que provoca libertad. En cambio -he aquí la traición- nos esclaviza, nos detiene, nos impide conciliar nuestro mundo interior, controla el discurso, lo encasilla, nos ofrece al poder sin reservas.

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