El claustro de las maravillas

septiembre 6, 2008

                                            universidad y humanismo

  

 El ideal de cultura como absoluta integración,

encuentra su mayor expresión lógica en el genocidio

                                                                                                                                                     

T.W. Adorno

 

 

Siempre estoy dispuesto a responder que estudié Literatura porque así lo decidí una tarde, hace diez años. Busqué con la holgazanería usual las mejores opciones y, como se encuentra nuestra sorpresa infinita al conejo saliendo de un sombrero imposible, así la encontré yo en una universidad que me hizo promesas y a la que le hice promesas. Ambos hemos incumplido. Y de cierta manera, una de las relaciones matrimoniales más problemáticas es la que sostenemos con nuestra alma mater. En México no hay muchas posibilidades, las alma mater tradicionales, la universidad pública en todo su esplendor y decadencia, son refugios sólidos y seguros que provocan suspiros de nostalgia. La universidad pública recibe a todo mundo, hasta a los parias que han sido expulsados del paraíso. Pero la gente no suele volver a las universidades privadas, pequeñas almas rotas y artificiales, que luchan por sobrevivir antes que ponerse a conversar acerca de los hermosos tiempos pasados. No solemos volver, a menos que nos paguen por hacerlo. No sé si la gente. Yo no he vuelto, y cuando he vuelto no me han dejado pasar.

            En mi juramento como profesionista, dije que retribuiría a mi alma mater todo lo que me brindó, siempre que pudiera y que entre la universidad y yo había un vínculo que nadie podía romper. Sólo ella misma. ¿Tenemos derecho a pedir consuelo los egresados de las universidades privadas, si a cambio de nuestra educación pagamos una colegiatura y renunciamos a la humanidad de las políticas del estado? No es un secreto que el alumno que más le interesa a las universidades-empresa es el alumno inscrito. Después, somos lanzados al vacío de la libre competencia, huérfanos de comunidad y sólo con las promesas de nuestro idealizado perfil de egreso.

            Esta airada súplica por atención se pierde en su patetismo cuando se trata de una universidad dedicada por entero a las humanidades. Yo aún pienso, a pesar de todo, que un profesor de ética debe tener la foto de Kant en su sala y que los profesores no son artistas que pueden separar sus creencias cotidianas de sus obras de arte. Soy de la vieja escuela y creo que si bien en todos los aspectos de la vida podemos darnos el lujo de ser inconsecuentes y, aún más, que el serlo es un deber, una educación de lo humano debe ser tan humana como sus programas de estudio, tan humana la secretaria que te recibe como la rectora que te saluda.

Pero algo ha pasado con el cobijo que nos daban las aulas, si es que alguna vez existió o fue una mercancía abominable. Algo ha pasado, porque la universidad en la que estudié nunca se preocupó por generar comunidad y siempre se preocupó por quién tenía el poder, el llano, simple, oscuro y opaco poder. Eso nos enseñó a reproducir, eso nos obligó a enfrentarnos a nuestros amigos y a desdeñar en la oficina de toma de decisiones lo que aplaudíamos en las cátedras extraordinarias sobre hombres nudosos que prefirieron darle la espalda a todo antes que traicionarse.

            La historia ha comprobado que el poder y la posibilidad de tomar decisiones acerca de la vida de los demás, nos afecta más a los que leímos que a los que no leímos entera la biblioteca de Babel. Nos convierte en monstruos delicados y dulces, en estranguladores que recitan de memoria la poesía más exquisita.      

            Las escuelas que enseñan la cultura son escuelas de esnobismo y de clientelas. Como en todos los espacios públicos de reconocimiento, me he visto envuelto en intrigas que reproducen los esquemas del poder político y su consagración. ¿Quién se va a colocar voluntariamente debajo del martillo cuando existe la posibilidad de sujetarlo?

 

Una vez estaba de pie frente a mi querida universidad y no pude avanzar más porque no me dejaron pasar. Cualquier intento de mover un dedo frente a las políticas de la desconfianza es señal de alarma. No pude entrar pese a que durante cinco años de mi vida mostré respeto y algo muy parecido al entusiasmo. Amigos cercanos y queridos entregaron sus vidas a hacer de aquella una mejor escuela y terminaron en la calle, sin derecho a fianza, o salieron obligados al presenciar injusticias de toda índole. Era como ver en cámara lenta la desintegración de un organigrama basado en la confianza y el nacimiento de uno nuevo, que imponía a todas luces un orden único, similar al de las dictaduras que nos enseñaron a denunciar. Muy pronto, el miedo se apoderó de un lugar abierto, y por ello se cerró. La conversación cotidiana se transformó un formato.

            Al parecer, detrás del movimiento del Claustro de Sor Juana hacia la excelencia se le han olvidado las tuercas indispensables. He visto circular rumores, envidias y movimientos grupusculares. Y no es una sorpresa, todo lo que comienza con la buena voluntad de alguien termina en deificación de esa voluntad. Todo debe cambiar, pero así como me gustaría ver el imperativo categórico como un aura sobre un profesor de ética, también me gustaría ver la continuidad básica entre una escuela que enseña a valorar y a elegir y otra que, en los hechos, ha impuesto la dirección de una comunidad, inexistente desde un principio, hacia la aniquilación.

              Me he enterado que pronto abrirán una Licenciatura en Derechos Humanos y me pregunto si hay algún límite para la demencia. Al mismo tiempo y con profunda tristeza veo que la carrera que una vez estudié no existe. La suplantaron por otra, competitiva y genérica. Mirar atrás y ver que la carrera que se estudió no existe más, es como ver que el medicamento con el que uno mantuvo la cordura durante años desapareció porque descubrieron que no era efectivo.  No le tengo miedo al cambio, pero sí a los deseos ocultos detrás de esos cambios.

 

El Claustro de Sor Juana ha sido un lugar de ensueño durante casi treinta años. En sus oficinas se han abierto camino académicos brillantes y accidentes de todo tipo, pero siempre, al final, quien mantiene una relación más estrecha de lo común termina siendo expulsado, olvidado, obligado a tomar las pocas cosas que tenía y caminar como un damnificado hacia la puerta, tratando de olvidarlo todo y seguir con su vida. ¿Qué le hace esta alma mater a sus prohombres? ¿Qué voluntad ha enceguecido tanto, al punto de no ver que la universidad ha caído en el olvido y que en su centro la energía ha dejado de encenderse? ¿Y por qué nadie habla de esto? Un querido amigo, egresado y valiente, visitó hace poco el patio central de la escuela, y apenas pudo contemplar el cielo junto con los gatos porque un encargado de seguridad lo seguía sin disimulo, anhelante cosechador del miedo.

            Lo mejor de todo es que nadie tiene la culpa. Todo ha sido un asunto colmado de inercias y repeticiones. ¿Por qué no repetir el esquema de la cultura nacional, y hacer de ella un asunto de conveniencias, de vanidad,  de simpatía y de relaciones públicas? ¿Por qué no imitar el miedo sexenal y aniquilar la crítica y el diálogo? No dudo que en esta universidad, como en todas las universidades, como en la educación en este país y en otros países que comparten nuestro valle de lágrimas, la integración cultural esté llegando a su nivel de perfección. El genocidio no es sólo algo que estudiamos para rechazar y seguir adelante con nuestra conciencia tranquila: es algo que somos capaces de provocar cuando el poder se ha adueñado de nuestras ideas, cuando la ambición parece un camino de luz y cuando somos capaces, con todo el talento brillante de nuestros mejores días, de imponerlo a los demás: esa corriente imparable de miedo que derrumba las paredes, que hace dudar a los hombres, que lleva a todos aquellos que alguna vez compartieron el ideal de una conciencia universal clara a la desintegración absoluta de sus sueños más fundamentales, esos en donde nadie era poderoso y nadie era violentado por ese poder.