El editor se acomoda

abril 29, 2008

Miseria y edición independiente en México

Hace pocas semanas tuve la oportunidad de asistir y participar en el Encuentro de Editoriales Independientes, organizado gracias al Centro Cultural de España. Fue una noche de malentendidos y de insultos velados, de reclamos martirizantes.

La mitad de la audiencia la conformaban editores de otros países o nacionales que habían participado en días anteriores. Como siempre, era un diálogo intestino sin más alcance que nosotros mismos. Pero no está eso del todo mal. ¿A quién más que a los editores les interesa la situación de la edición independiente en México? Los lectores compran lo que pueden y lo que alcanzan a ver. Los promotores culturales prefieren la rentabilidad del snobismo y las exposiciones de arte contemporáneo. Los libreros, en su propio congreso, se defienden como pueden y los editores somos parte de sus problemas. Los libreros son parte de nuestros problemas también. Así que la mejor forma de solucionarlos es que cada quien haga su foro para que nunca nadie tenga que hablar mal del otro cara a cara.

No, nadie se engaña. A nadie más que a nosotros nos importa la edición independiente de libros y sólo nosotros podemos juntarnos a escuchar los problemas de aquellos que se encuentran igualmente atorados en el mismo círculo de pobreza.

Había, para comenzar, dos tipos de editor: el viejo y el joven. Los viejos editores, cincuentones de barba plena, conversación envolvente, muchos años de experiencia, tenían un sólo argumento: nadie nos apoya y por tal razón necesitamos dinero del gobierno. Inconmovibles, se dieron el lujo de apenas contestar a un pobre ingenuo lector que asistía al encuentro -como si su opinión importara algo- cuando preguntó por qué no editaban un libro que era muy de su gusto, una traducción de no sé qué libro raro que sólo él conocía. Ese lector preguntaba por qué la editoriales no le preguntaban a los lectores qué querían leer, y que tal vez de ese modo se pudieran mejorar las ventas, crisis y drama de todos los ahí presentes.

Un editor viejo contestó: no editamos ese libro porque no tenemos dinero, pero si el Estado nos apoyara, seguro podríamos hacerlo. ¿Lo harían en serio? ¿Sí?, ¿somos tan generosos? ¿Si el Estado le diera dinero a ese editor, se acercaría el alegre subsidiado a preguntarle a los lectores qué libros les gustaría leer? Por favor, seamos serios en este circo. El editor de Cal y Arena, feliz de tener un nombre público, afirmaba que era necesario, imprescindible, publicar las obras completas de Guillermo Prieto. En varios tomos. Eso es lo que él haría con todo ese dinero que su editorial merece. ¿Quién de los presentes arde en deseos de comprar las obras completas de Guillermo Prieto? Lo imaginé, no lo dije, pero supuse que nadie levantaría su mano. ¿Hacia dónde se inclinaría la balanza si un lector se acerca a la mesa de novedades y encuentra las obras completas de Guillermo Prieto y al lado la última novela de Murakami, de Pavic, de Bellatin, de Bolaño (que aunque muerto sigue publicando a montones, cosa por demás extraña). No es que Guillermo Prieto no sea bueno, ni que no merezca mi respeto -estudié literatura, sé lo que ese nombre significa- sino que hace evidente la falta de consciencia con que los editores de la vieja escuela piensan a sus lectores. El editor no es un maestro de literatura, lo sentimos mucho, ni un aleccionador, ni un educador. El editor hace libros y procura sacar el dedo para ver hacia donde empuja el aire. Si tiene la sensibilidad despierta, podrá saber qué buscan los lectores, qué desean tener en sus libreros, porque un editor es, en todo caso, alguien que propicia el gusto, no que lo impone.

Alguno me dirá: bien, pero tal es el caso de Prieto y nuestro amigo de Cal y Arena: lo quiere publicar porque quiere propiciar el gusto. Yo respondo: bien, pero estoy seguro que lo dijo de este modo: Es necesario publicar este libro porque es fundamental para los lectores. Y no de éste otro: Quiero publicar a Prieto porque es una maravilla y me da la gana. En la lectura no nos gustaría hablar de deberes, me da la sensación. El argumento del deber es el que utilizan los editores, además, para exigirle a la sociedad sus prestaciones merecidas. Señor, señora, merezco su dinero porque hago el bien y mi trabajo es esencial para la sociedad. Señora, niño, abuela, el Estado debe subsidiar mi empresa para que yo siga con mi labor transformadora y esencial. ¿Esencial, Especial, Peculiar? ¿Guillermo Prieto? De qué habla esta gente.

Fue entonces que entendí muchas cosas, no sólo de la realidad cultural de mi país, sino de la gente que se encarga de hablar de ello (y que muchas veces está encargada de crear la realidad cultural de mi país). Me quedó claro que los editores se sentían seres distintos, seres que merecen. Hablaron, por lo tanto, muy poco de sus errores como editores, de su falta de comunicación con el lector, de su sobrada soberbia y de sus ganas de nunca rectificar el camino porque lo que está mal, está allá afuera. ¿Quién tiene la culpa de esto? Por supuesto, jóvenes, la culpa la tiene la falta de lectores. Los programas de fomento a la lectura son catastróficos. La sociedad mexicana lee medio libro, en promedio, al año. El Estado ha dejado a su paso una nación devastada culturalmente. Y yo, editor independiente, editor pobre, editor realista, no tengo los lectores que merezco por su culpa. Y si es su culpa, ellos tiene que resolverlo. Ellos, los demás, todos ellos, nunca yo.

Segundo tipo de editor: el joven. Y es aquí en donde comenzaron las verdaderas revelaciones de la noche. Llega un muchacho y dice: el problema es de las editoriales y lo que están haciendo para competir y para acercarse a sus lectores, no de los lectores ni del Estado (el Estado qué pitos toca, mejor que nadie lo invite a esta fiesta porque todo lo que toma con su mano estabilizadora, lo arruina).

Catástrofe. Nunca lo hubiera dicho, pobre ilusionista juvenil.

El sacrosanto recinto de la edición invadido por gente que cree que la solución tiene que comenzar por uno mismo. Cuándo se ha visto. Pobres editores de Sexto Piso, de seguro les va muy mal con esa visión retorcida de las cosas. Tan mal les va que tienen filial en España, se distribuyen ellos solos y su catálogo ha crecido con una rapidez de miedo. Y todavía se les ocurre decir que las editoriales deben cambiar la forma en que se acercan a los lectores, vaya locura. ¿Cómo hacen ellos con la competencia malsana de las editoriales españolas? ¿Qué hacen ellos con la ominosa falta de apoyo del Estado? ¿Cómo no están ellos tan mal como yo? ¿Por qué?

Mis ojos de joven editor se posaban en los rostros contraídos de los participantes que declaraban su envidia, consumada y añeja, y que, antes que ver en Sexto Piso un ejemplo a seguir, una inyección de valentía, nos regalaron una muestra más de la idiosincracia nacional cuando un editor independiente, contemporáneo de nuestra miseria, interpeló al enviado de Sexo piso, y dijo: ¿No basta competir con los españoles, ahora vamos a tener que competir con ustedes, jóvenes imprudentes? (el jóvenes imprundetes es mío). Y a continuación dijo: los felicito de todo corazón.

Malentendidos: más de los que puedo relatar aquí. Dije yo, no hay que quejarse. Si desean un apoyo del gobierno allá ustedes, esperen sentados. Dije también: todos los problemas que mencionan son reales, pero mi labor, joven y todo, es ahora editar lo mejor que pueda y contribuir con el cerco que es posible extender si tan solo los pequeños editores se atrevieran a comprar derechos, a traducir obras, a adelantarse a los tiempos, y dejaran de hacer tantos libros del grupo al que pertenecen. Equilibrio, prudencia, humildad. No es mucho pedir. Al menos si este país fuera otro, no sería mucho pedir.

Seix Barral no puede publicar en México un título (Adiós al cuerpo, de David Le Breton, que publicó mi editorial, La Cifra), porque yo tengo los derechos. Yo, ciudadano promedio, mexicano y sin apoyo del estado. Soy pobre, sí, pero en un año he hecho lo que otros no se atrevieron hacer en treinta años y todo gracias a que los colegas de Sexto Piso me demostraron que era factible hacerlo. ¿Cómo es posible que los viejos editores hayan editado tanto tiempo y no hayan tenido la decencia de comenzar una, aunque fuera tímida, competencia con las editoriales grandes? ¿Por qué vengo yo, con mi catálogo de cuatro libros y me siento, de pronto, envalentonado al ver las inercias y los límites estrechos que guían a nuestros editores? No hay nada hecho detrás de nosotros, y aún así no muestran la menor vergüenza estos siniors, bien acomodados en la certeza de que no harán nada hasta que se les reconozca con las dádivas que merecen. Ellos han hecho la mitad del trabajo sucio a la incultura con su inmovilidad.

Al final, un editor joven, tal vez más joven que yo, habló de lo mal que estaban las cosas y lo peor que se iban a poner. Repitió en pequeño las frases largas y elaboradas de sus maestros. Los discursos son contagiosos pero, por una extraña razón, las ganas de arriesgarse se padecen como enfermedades solitarias.

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