El libro misterioso

junio 11, 2008


crónicas de un editor diabólico

1.

En 1916 Mark Twain descansaba ya de los rigores del mundo. Aún con eso apareció, ante la sorpresa de los lectores, su última novela. El editor y albacea de Mark Twain, Albert Bigelow Paine, decidió publicar póstumamente una obra que aún no estaba terminada. Twain había escrito tres versiones de esa historia que se fue con él a la tumba y ninguna de las tres, a decir de los estudiosos, logró completar el empeño.

En las tres historias, en un entorno apacible, conservador y profundamente religioso, aparece la figura de un joven demonio, un Satán paradójicamente inocente que con su presencia revela (no provoca, como suele pensarse) los males que agobian a la sociedad. Las mujeres caen rendidas, pues el Satanás de Twain es atractivo, talentoso caballero, y sin duda prometedor amante. Alrededor suyo, los personajes muestran su verdadero ser en patéticas escenas de celos, envidia, traición, soberbía y toda la galería de pasiones humanas que dominan el mundo.

El tema central de Twain es, pues, que el mal tradicionalmente atribuido a Satanás apenas puede compararse con aquél intrínseco de la especie humana.

La primera vez que Twain intentó escribir esta historia, pensó en ubicarla en el siglo XVIII y le puso el nombre de “Chronicles of young Satan”. Inconclusa, la última escena que escribió Twain coloca a Satán y a otro de los personajes de la historia en una corte oriental, a donde Satanás puede ir en cuestión de segundos.

El segundo intento, corto y muy insatisfactorio, se llama “Schoolhouse Hill”. En ella, aparecen los viejos conocidos Tom Swayer y Huckleberry Finn en una aventura que los lleva a estar en la escuela, codo a codo, con Satanás.

En la tercera historia, la más acabada aunque con evidentes cabos sueltos, se llama “No.44, El forastero misterioso”. En ella, situada en el siglo XV, Satán trabaja en una imprenta. En poco tiempo se convierte en un hábil editor, compaginador y en toda Austria no existe un mejor creador de tipos móviles. Sin embargo, este Satanás Editor tiene una idea distinta sobre la finalidad de la reproducción tipográfica y comienza a sembrar un caos lento y calculado creando duplicados no sólo de libros sino de individuos. Y cada uno de ellos trae consigo una revelación, una realidad alterna de todos sujeto humano en la que se encuentra devorado por la ambición y la soberbia.

2.

Es peculiar que Mark Twain haya decidido darle a Satanás el trabajo de editor. Más peculiar aún es que la historia de ése, su último libro, haya ido determinada por su propio editor.

Durante más de 75 años, al menos tres generaciones de lectores leyeron “No. 44, el forastero misterioso” como la última novela de Mark Twain, acabada y lograda. Ahora, no es un secreto que de todas las versiones en borrador que escribió Twain, su editor reescribió su propia versión, adaptó el final de una al inicio de otra, cambió de nombre a algunos personajes y, al fin, hizo “lo que le pareció bien”, sacó a la venta su propia versió, su propia novela, sin anunciar su meticulosa invención ni la alteración de los originales.

Algún otro con mayor instinto y bajeza, hubiera cambiado incluso el nombre del autor por el propio. Y en vez de editar la última novela de Twain, hubiera editado la primera novela del editor de Twain. Sin embargo, el señor Paine decidió permanecer en su labor solitaria y anónima, persistió en el empeño de ofrecer a los lectores una obra a su parecer completa y estampó el nombre de Mark Twain en la portada, sin ningún beneficio exagerado para sí mismo. Y, en realidad, si lo hizo para ganar dinero, el tema de la obra de Twain, la mezquindad humana, quedaría probada de origen.

Por mi parte, prefiero pensar de otro modo. La versión del editor de Twain, con todo y las licencias y alteraciones, no me parece otra cosa que una necesidad de completar, de darle sentido a algo. La obra de Twain estaba casi terminada, pero no estaba terminada. A un editor se le acaba la vida con las cosas no terminadas, porque en ese tratar de unir las piezas de un libro, de un autor, de una obra, no hace otra cosa sino construir una versión del mundo. La vida del edito, siempre en la sombra, es la de los pedazos caóticos que entrega un autor y que es su deber colocar en su justa dimensión, en el estante adecuado, en el tamaño preciso.

Creo que Paine estaba tratando de llenar el vacío que dejó Twain cuando murió, de pronunciar las palabras “Obras completas” sin que cupiera duda de que había hecho su trabajo a cabalidad.

No queda otra cosa por hacer cuando se hacen libros. Como en la novela “El forastero misterioso”, un editor multiplica las obras y reproduce lo humano que, en él, persiste en su empeño de letras y en los otros provoca algo, siempre desconocido. No está de más decir que el editar libros es una gran responsabilidad, con la verdad, con la fidelidad y con el arte. Tal vez el editor de Twain era egoísta y soberbio, y creyó que podía completar lo que al autor ya no le dio tiempo. Tal vez. Pero hasta el final fue un empeño que persistió décadas y a la mayoría de los lectores, por extraño que parezca, les gusta la versión falsa de Paine.

Editar es duplicarse y reescribir. Al final, son los lectores los que deciden ver o ignorar esa mano diabólica detrás de una edición convincente. Pero eso es ya inexorable. El libro está hecho y el editor ya se encuentra armando el siguiente rompecabezas.