Una revisión desde Foucault a la historia de la literatura


En la página inicial de su ensayo Lenguaje y literatura, Michel Foucault afirma que la respuesta a la pregunta ソqué es literatura?, se ha respondido con literatura. El discurso literario, vuelto sobre sí mismo, ha tratado de hallar su sentido en el hecho mismo de su formulación. La historia de Don Quijote de la Mancha es, en cierta forma, una historia inventada que trata acerca de la forma en que se leen las historias inventadas. No es otra la estrategia de los antiguos relatos de las Mil y una noches: el relato de la mujer que relata. La literatura está llena de ejemplos similares: la obra de teatro que Hamlet dispone para desenmascarar al rey, el soneto de Lope de Vega en el que se explica cómo hacer un soneto. En el discurso literario, la representación de la representación conlleva una estrategia de verosimilitud. De esta forma, el lector se incluye en lo narrado porque en el propio libro se le revelan los mecanismos que hacen posible la lectura, la construcción del vínculo con la ilusión: se trata del mecanismo de lo inagotable, gracias al cual el lector se sabe inmerso en una red infinita de relaciones, de lecturas que se multiplican, se superponen, se reinventan, lecturas que son ellas mismas parte fundamental de la creación. Otra respuesta a la pregunta qué es literatura?, puede ser: leer literatura.

Narrar o poetizar acerca de los mecanismos que hacen posible a la literatura ha sido, desde el Quijote- sobretodo en su segunda parte, cuando el Quijote lee el libro de sus primeras aventuras, cuando el Quijote se reconoce un ser absoluto de lenguaje-, el punto de quiebre entre las formas de representación y construcción del discurso literario que rigen una época. La llegada del Quijote y su locura que desarticuló las representaciones inauguró de algún modo el oscuro y virtuoso marasmo que significó el barroco para las artes. El barroco fue la consecuencia de la interiorización del orden de las representaciones que, según Foucault, dejó de basarse en el reconocimiento de las semejanzas que existían en las profundidades mágicas de la naturaleza y, por el contrario, comenzaron a articularse desde el discurso del orden y el sistema, atributos inequívocos de la racionalidad que fundó Descartes. El nacimiento de la racionalidad generó después aquello que revertiría el fértil conceptismo barroco y se encargaría de dejar atrás los juegos retóricos, las densas elucubraciones, los retorcimientos conceptuales: hablamos de las preceptivas literarias que, una vez más, organizaron de forma diferente las disposiciones de construcción del discurso literario. El loco fue desterrado de las letras una vez más: un orden estricto, un libro de reglas, un método específico de composición determinaron la forma en que se construirían los discursos literarios, la imaginación fue atada por la razón, a la que ella misma había despertado del sueño de las semejanzas. La poesía acartonada, medida y pulcra del neoclásico francés, el teatro de humor mordaz pero de expresión limitada de Molière o el drama afectado de Racine y Corneille fueron la concreción que en las letras tuvo la episteme matemática de la época clásica. Sin embargo, el neoclásico sólo cambió la forma en que la literatura se interrogaba a sí misma: en vez de recurrir a la sátira quijotesca de los ideales caballerescos, afirmó desde los estatutos del método y la medida lo que la literatura debía ser. Es decir, dictó la que la literatura era, desde fuera, a través de un discurso alterno: el del manual descriptivo-preceptivo, forma privativa de la episteme de los siglos XVII-XVIII que generó las primeras gramáticas, la historia natural y la historia de la riqueza. En los siglos que siguen, la literatura fluctuará entre estas dos formas de contestar a la pregunta ソqué es la literatura?, es decir, la que responde dentro del discurso literario, la respuesta que se convierte, así mismo, en la obra o en parte fundamental de ella, y aquella otra que dicta, desde fuera, preceptivas, una moral de la escritura promulgada en una forma no literaria (un manual, un manifiesto) que se debe concretar en la obra. No se trata, sin embargo, de hallazgos nuevos. Aristóteles escribió la poética en el siglo V a. C., Horacio dijo a los romanos cómo debían escribir poesía, pero cada uno de esos movimiento con que la literatura trata de definirse en distintas épocas responde a un momento distinto del discurso literario y el lugar que ocupa dentro de la configuración del saber de esa época. Una preceptiva puede ser, al mismo tiempo, una forma de sublevación de un grupo de artistas y una forma de control del poder en turno. De este modo, en el siglo XIX, las preceptivas se vuelven hacia el creador y se convierten en una estandarte de la libertad individual: cada creador construye su propio deber, cada uno avanza solitario por el camino que ha descubierto, o que le ha sido revelado, y cada uno hace coincidir la forma de su escritura con la forma de su hallazgo. La poesía romántica habla, por sobre todas las cosas, de la poesía; la define, la redefine, la cuestiona, la eleva como poder divino o la desdeña como ilusión mundana. Las preceptivas no pueden ser ya aquellas herramientas que ordenan todas las obras, que homogeneizan para acotar las posibilidades y permanecer en lo mensurable. Pero de nueva cuenta se expulsa al loco que llega en determinados momentos de la historia a descentrar lo que parecía ser un fundamento, y que en el romanticismo había irrumpido para revivir viejas ideas renacentistas sobre ese secreto profundo oculto en la naturaleza que había que descifrar. El realismo y el naturalismo se adueñan de la ficción e intentan erradicarla. La novela tiene que ser un factor social de cambio, debe retratar la realidad sin modificarla. Y las novelas, lejos de hablar de la literatura, intentan hablar de la vida. Es entonces que llega el siglo XX. Uno de los derrumbes más profundos está por ocurrir cuando se anuncian los primero brotes de la vanguardia. Surrealismo, cubismo, dadaísmo y otras muchas formas de ruptura, preparan lo que en siglo XX será la episteme de la ficción, en la que las formas de representación, enrarecidas al máximo, y la reflexión de la literatura dentro de la literatura, la metaficción, la construcción abismada, el flujo de conciencia y todas las estrategias típicamente vanguardistas crean la atmósfera necesaria para que la pregunta ソqué es la literatura?, obtenga su respuesta más radical: la literatura es la forma de la realidad y la forma más cierta de hacer la historia.

Anuncios