En 1947 tuvo lugar la coronación del tercer rey de Redonda, uno de los bastiones imposibles de una curiosa realeza literaria que hasta hoy es emblema de la fundación imaginaria de los espacios vitales azotados por el mal clima. Juan I fue el nombre que tomó el poeta inglés John Gawsworth cuando Matthew Phipps Shiel, monarca en la ruina, le heredó el reino de Redonda, una isla escarpada de una milla de largo, una piedra volcánica en medio de ninguna parte. La primera nobleza que, sin visitar jamás Redonda, se adjudicó los títulos de duques y condes estaba compuesta por autores como Arthur Machen, Lawrence Durrell, Dylan Thomas o Robert Louis Stevenson, quienes estaban dispuestos a defender la parte del reinado que les tocaba: una pequeña parte de ninguna parte. La segunda generación, instalada por Gawsworth, contaba entre sus nobles al duque del tigre, Cabrera Infante, o al duque de Vértigo, el gran novelista alemán Sebald. Hoy, por un capricho, realeza al fin, del legítimo rey heredero, es el autor español Javier Marías el que ha recibido el honor de reinar Redonda, y se llama a sí mismo Xavier I. Todos ellos, nobles autores que nunca conocieron la tierra en donde sus ducados perecían a las órdenes del destierro, todos ellos nobles en el exilio, definieron la respiración artificial como la merecida nobleza cuyo territorio es una roca en medio del océano, que nació de un volcán y, como las páginas de los monarcas fundadores -que la muerte alcanzó viejos, ebrios y solos-, inhabitada.

Para Carlos Suñén, la poesía española después de los ochenta ha pedido derecho de vía y ha dejado atrás la poesía de la experiencia -porque la experiencia no es todo el hemisferio de la vida-, y el novísimo arte del desapego – porque la forma de la poesía no es sólo el hemisferio de la tirada formal del que la escribe. Dice Suñén que los poetas escriben sin más motivación que la coherencia de la propia obra, el poeta es una isla, un corredor desierto en donde existe el derecho a la diferencia, a la voz propia, una alternativa activa frente al significado. El poeta es, después de todo, su propio lugar de origen, su lugar de retorno, su travesía. El territorio del escritor es su isla desierta colmada de presencias que nunca asisten a gobernar la tierra prometida del poema. Piedra volcánica a la que se llega caminando por las aguas: nadie que vaya detrás podrá seguir las huellas -la tradición se confunde, se reformula, se hace continuamente otra-, pues las huellas -la tradición- es el mar entero, la sola huella. Suñén afirma que los poetas están mirando un mundo marcado por la discontinuidad. En ese sentido, la coherencia emerge del poema hacia la vida, establece continuidades básicas en los versos, hace poesía de la experiencia poética, y cada voz de la nueva poesía española es un horizonte posible, no hermanado en una búsqueda igual, que contempla el cielo entramado del mundo ya vivido, ya transmitido, ya escrito por las generaciones anteriores como un mundo de nombres -poesía comprometida, poesía de la experiencia, poesía de las formas, poesía de las cifras- que ahora hay que transformar en poesía de los poetas, que es incluyente y es amplia, restituida. La voz es de quien la trabaja.

“Viaje al reino de Redonda”, de Benjamín Prado, está incluido en su poemario, Iceberg (Visor, 2002). Prado ya había recurrido, en su poemario “Cobijo contra la tormenta” (Hiperión, 1995), al extrañamiento emocional, a la necesidad expresiva abrumada por la experiencia, a la cifra de todos los recuerdos y las influencias, marginales casi siempre, en versos cercanos, de confianza con el lector -y no la infamia novísima de burlarlo, empujarlo a la orilla del significado-. “Viaje al reino de Redonda” recupera el tono íntimo de “Cobijo…”, aderezado siempre con presencias públicas, libros o autores, y privadas, sueños, deseos, estados de ánimo reconfigurados en experiencia, el ángulo inagotable de la perspectiva vital y la composición emotiva de los versos.

En la primera estrofa, que tiene dos versos en cursivas, indicando dos citas de dos autores de la nobleza de Redonda, trata sobre los otros, aquellos a los que el poeta escucha y sigue, como parte del andar poético que, al parecer, deciden a la voz lírica a partir hacia la isla de Redonda. Es el poder de las influencias el que impulsa hacia ese lugar inhabitado, el ninguna parte de la creación.

En Redonda el poeta será feliz, hallará juntos los motivos que, secretamente, hilvanó en todo el poema: la vida y los sueños, el mundo de la experiencia y el mundo de la ficción, enlazados cercanamente por el hilo delgado de la poesía y aquél confuso de la tradición.

La clave de estos dos polos -sueño y experiencia, terciados por el de la poesía- se encuentra en las tres citas que se encuentran distribuidas en el poema. La de Durrell, palabra de noche y de sueño, nombra lo ilimitado, el territorio del poetizar y de la ficción -de nuevo el pesado lastre de los muros de Jerusalén y de Berlín, ahora liberados-: Dormir no tiene muros. La del soberano Gawsworth, que habla del reino de la vida, construcción de una moral privada, defensa de convicciones y lucha por la verdad propia -la coherencia de la obra es coherencia de la vida-: Nunca seas soberbio, pero defiende siempre tu verdad. La de Dylan Thomas, asumir el motor infame de las palabras, la desidia, el malestar, la muerte, que mueven el vehículo de la vida hacia la isla de la poesía -sumatoria de sueños y vida, formas y disposición de las mismas-: No temas a las hélices que hacen girar tu voz.

Viaje al reino de Redonda

Una noche

el poeta Lawrence Durrell me dijo:

Dormir no tiene muros.

Un día,

Dylan Thomas escribió para mí:

– No temas a las hélices que hacen girar tu voz

Hoy viajo hacia la isla de Redonda.

Una tarde,

pensé que cada paso que se da bajo el sol

nos acerca a la nieve.

Una noche supe que la verdad

está tan lejos de Jerusalén

como antes lo estuvo Berlín.

Hoy zarpo hacia las playas de Redonda.

No busco los placeres sin cicatriz de taca;

no busco un paraíso y las patrias no existen,

no son más que un espacio entre dos extranjeros:

voy a dejar atrás todo lo que nos ciega,

nos vacía,

nos roe,

lo que es dulce en los ojos y acre en el corazón.

Cuando llegue a la Redonda

enterraré en su arena

los puñales que el mundo ha clavado en mi espalda.

-Nunca seas soberbio

-me aconsejó una noche el poeta John Gawsworth-,

pero defiende siempre tu verdad.

Seguiré estas palabras -como si persiguiera

el rastro azul de un ángel malherido-

para llegar al reino de Redonda.

Allí seré feliz,

allí estarán ya juntos mis sueños y mi vida.

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