Hace algún tiempo que vengo pensando en la posibilidad de que exista un paraíso accesible a los que no creemos en la reencarnación o en la existencia de otra parte en la que sea posible remediar todos los vacíos de nuestra existencia natural.

Mis ficciones paradisíacas son el resultado de una mala formación académica y unas lecturas a medias de místicos como Swedenborg o Dante. Pero no soy el único que tiene esas fantasías. Los paraísos que yo he encontrado y deseado son los que he visto en el cine y en la televisión.

Hace algunos años Riddley Scott contrató a Russell Crowe para hacer una película que se llamaba A good year. Aunque a la crítica no le gustó nada a mí me conmovió mucho porque he tomado la decisión de conmoverme por cualquier cosa, sea la que sea (en parte como pago por mi adolescencia estoy en contra de todo sin necesidad de conocerlo que me hizo perderme de tantas cosas, en parte porque un día me di cuenta de que tenía dos años sin llorar,  cosa que me pareció de lo más inhumano). Sin embargo, el llanto no aleja mi espíritu crítico y después me di cuenta de que había sido brutalmente manipulado, como cuando me obligaron a llorar al final de Dancer in the dark. A good year, título que, supongo, hace referencia a los “buenos años” de los hombres de negocios, trata sobre un personaje que lleva una brillante y estresante vida de ejecutivo financiero, hace negocios de riesgo, engaña, especula y juega con los valores de todo mundo y genera ganancias inexorables para su compañía. Un día le avisan que ha heredado una propiedad en Francia,  una esplendorosa villa, productora de uno de los vinos más buscados y más sofisticados de la región y de todo el humilde mundo de la enología.

Lo siguiente son una serie de comodidades narrativas que llevan al personaje a cambiar su vida en Londres, filmada en tristes colores grises y lugares cerrados,  por una extensa y hedonista vida de colores ocres y verdes, rodeada de buen vino, una mesa puesta bajo el sol vibrante y la noble vegetación de la campiña. En el camino se enamora de una dulce mujer cocinera y conoce amigos entrañables que le hacen decidirse. Una de las escenas culminantes ocurre cuando el personaje regresa a Londres, dispuesto a tomar la decisión correcta según la sociedad capitalista, y en una conversación con el jefe cae en la cuenta de que toda su vida ha sido un engaño, una ilusión económica, una persecución de bienes que eventualmente no servirán de nada y todo el sermón de renuncia que conocemos. El jefe, un anciano millonario y desconfiado, lo recibe en una sala privada en donde ostenta un cuadro valiosísimo. La conversación sobre el cuadro deriva en un diálogo como este:

 

-Ese cuadro cuesta una fortuna.

-Es uno de los lujos que me puedo dar porque hago millones de libras al día.

(Cara de Russell Crowe desencajada, pensando en todos los cuadros que no podrá comprar. Entonces pregunta lo siguiente:)

-Es un cuadro muy valioso, ¿no tiene miedo de que se lo roben?

(El guionista de la película prepara su estocada. Un silencio revelador, luego el anciano millonario contesta:)

-¿Tú crees que tendría el original aquí? Este es una copia, el original está a salvo en una caja de seguridad y nunca va salir de ahí. Cuando quiero verlo, me encierro en mi caja fuerte.

 

Esta conversación lleva a Russell Crowe a tomar la decisión con la que termina la película. Sentado a la mesa, viendo pasar la tarde, se ve rodeado de actividad y trabajo cotidiano, comida, sombreros, cosas simples que a uno se le olvidan cuando está enceguecido por la ambición, el estrés y la angustia de triunfo. Las cosas valiosas, en el mundo de sombras e ilusión, permanecen en la oscuridad, resguardadas en los bancos. En cambio, en el mundo de la iluminación,  las cosas valiosas aparecen, han estado ahí todo el tiempo, una caricia, una vida tranquila, una ambición que no va más allá del disfrute de lo que nos  es dado, un paseo por el bosque, la brisa en la cara, cosas gratis pues.

            La narrativa hollywoodense está llena de estas dicotomías entre el mundo irreal y caníbal y aquel otro, más virtuoso, de las cosas simples y verdaderas. Por lo regular este universo se sirve de la perdición de uno de los personajes, que debe ser aniquilado, para luego resurgir en un nuevo ser, que puede cambiar su escala de valores: Jerry Maguire que pierde todo lo que ha conseguido, millones, fama, mujeres y en cambio consigue un buen amigo, una esposa y una ética; Doctor Hollywood, en donde el pequeño J. Fox termina en un pueblito sureño, enternecido por la comida casera, la ayuda al prójimo y la crianza de los cerdos después de venir de la costa oeste en donde era un cirujano poderoso, yuppie e insolente. Hombre de familia es una historia insufrible de navidad. En ella, Nicolas Cage, un corredor de bolsa, rico, solitario y neurótico despierta en la que pudo ser su vida de haberse casado con la mujer de su vida en vez de haberse dedicado a hacer dinero despiadadamente. En vez de esa vida de lujo, confort y poder, debe luchar como un verdadero héroe de la clase media en un trabajo que apenas le da para vivir, aunque a cambio recibe el amor piadoso de una esposa que prefiere los suburbios tranquilos a la ciudad y no el glamour de la quinta avenida, unos hijos que son verdadero regalo del Señor y una vida relajada en la que su diversión se reduce a beber cerveza con un amigo y a planear el siguiente domingo en familia.

            Queda clara la idea. El triunfo de la familia, de la calma o de la sencillez se toma como bandera de algo que quién sabe si es posible o si es correcto. ¿Quién nos está diciendo estás cosas? ¿Juntas de producción que asignan presupuestos millonarios para hacer una película que los haga más millonarios actuadas por estrellas de cine que viven todo menos una vida sencilla? ¿Para qué es este discurso? ¿Y si alguien llega al deseo de una existencia centrada en las cosas verdaderamente importantes de la vida, que no son ni el dinero, ni la fama, ni el poder, no será que ha visto demasiada televisión o en verdad es un mundo posible que es legítimo desear?

            Todo el tiempo nos llega el mensaje de que el dinero no es importante,  Santa Claus en El expreso polar diciendo a los niños “El regalo más importante es la amistad,  no todo este saco inmenso lleno de juguetes costosísimos”, o Willy Wonka que premia al niño más humilde, más pobre, más sencillo y más honesto que no desea nada más que ver feliz a su abuelo y paz en el mundo. El mundo es cruel con nosotros, los que somos espectadores de la vanagloria de la pobreza; desde “Nosotros los pobres” hasta “Amar te duele”,  recibimos mensajes cruzados, modelos de comportamiento que nos hacen sentirnos tranquilos y nos llevan a pensar que ser pobres y sencillos no es malo, al contrario, incluso los grandes, los poderosos,  quisieran ser así, porque quienes realmente sufren son ellos, con su vida complicada y sus responsabilidades que los deshumanizan. Sin darnos cuenta, la estrategia de abrir la puerta del cielo a los pobres en la otra vida está dando resultados al prometer el paraíso en el mundo presente. Basta con renunciar a todo y reencontrarse con uno mismo. Deja que los (pobres) ricos sufran su vida de ilusión material, tú, con tu integridad y tu sencillez lo tienes todo. Y ese discurso no sólo beneficia al poder sino que le permite seguirse reproduciendo.

            Apenas puedo imaginar a alguien que renuncia a sus bienes materiales y a todos los contravalores que eso implica disfrutando su vida en una villa francesa o en la cría de cerdos en Texas. Me parece difícil imaginar que el prototipo de ser humilde que busca las cosas sencillas de la vida y renuncia a la búsqueda de la manzana de oro esté menos estresado y angustiado que el millonario sin alma ni corazón que guarda su cuadro valiosísimo en una caja fuerte y se pierde en su miedo y su ceguera. Por la simple y llana razón de que el ídolo de la vida relajada debe sobrevivir con sus propias manos cada día y debe aprender a vivir con poco. En qué piensan aquellos guionistas que valoran la familia, el legado moral y la preservación de la humildad republicana, ¿es más sencillo, más humano, más necesario, más valioso criar a cuatro hijos que procurar la subida de las acciones en la bolsa? ¿De dónde les viene esa idea de la sobrevivencia constante,  del trabajo religioso y sacrificado como algo deseable? ¿No deberíamos mejor descansar todos de todas las ideas para saber en verdad qué tipo de vida estamos buscando? Y en el proceso, tener suficiente para comer, lugar para dormir y cosas que hacer, sin que a cada vuelta de la esquina nos estén dando a escoger la casa en el campo y la humildad, o el penthouse en la ciudad y la avaricia; la contemplación y la belleza o la vida práctica y lo desechable; la fama y la inmoralidad o el anonimato y la integridad; la riqueza y la indolencia o la pobreza y la revelación de nuestro propio ser.

            No es difícil concluir que los grandes relatos que cuentan la historia del humano total, libre y victorioso son entrañables y conmovedores. La sola posibilidad de ser testigos de una lección de vida absoluta en donde triunfa la luz nos tranquiliza, nos llena la voz interior de atrevimientos y de la posibilidad de que sea alcanzable ese final feliz, en el que seamos capaces, a través del sufrimiento y la renuncia, de llegar a la plenitud, de encontrar el paraíso en esta tierra de sombras.

            Mi idea de paraíso es nebulosa. Es verdad que alguna vez he imaginado vivir en el campo,  tener un perro, un gato, una mujer y dos hijos, y que paso plácidamente la vida en el cultivo de mi propia comida, en la escritura o en la simple postración ociosa. Esta idea del paraíso, si se me permite decirlo,  me suena muy cara y muy poco humilde. También he pensado en una carrera ciega para cumplir mis objetivos, disciplinarme, aislarme del mundo, adormecer mi corazón para llegar pronto a lugares altos a costa de lo que sea,  quitarle tiempo a las personas que quiero para dedicárselo a mis ambiciones y luego redimirme escribiendo guiones de películas de superación personal. Un tercer paraíso puede ser el de disfrutar cada día sin que me importe lo que sigue, gastar todo el poco dinero que puedo ganar en sustancias y objetos placenteros sin importarme el progreso material de mi vida, hacer de cada quincena una fiesta. Ninguno me satisface porque, en realidad, ninguno (salvo el primero, que es muy costoso y muy poco humilde) me parece un paraíso. La elección es una tortura, el camino es infernal, los encuentros y las recompensas pueden ser maravillosos pero por sí solas no consiguen construir un paraíso completo. Tal vez es verdad que el paraíso está en otra parte,  en un mundo en el que somos más capaces de no traicionar nuestros deseos.

Ahora bien, si en este momento tuviera 250 millones de pesos en el banco no los regalaría para hacerme una mejor persona. En vez de eso, con toda la calma del mundo, compraría una villa Francia y me iría a sentar y a pensar en lo bella que es la vida cuando uno puede detenerse a contemplarla.

 

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