El mejor café del mundo

febrero 13, 2010

Me tomó mucho tiempo comprender el sabor del café. Primero deseamos el efecto, pero ese nerviosismo autoinflingido no es necesario cuando uno es nervioso de fábrica. Luego resentí ciertos achaques impropios de mi edad: la migraña, ese abismo médico que recuerda el nacimiento de Atena; la gastritis del carajo o el estreñimiento; la taquicardia que provoca insomnios.

Se me fueron los días tomando cerveza sin sabor. Hasta que un día aprendí a hacer Capuchino. No es tanto un gran arte como una exactitud técnica. Mis capuchinos son limitados y un italiano los escupiría en el suelo, pero al menos en espíritu soy conciente de mis aspiraciones. A eso me sabe el café que preparo.  A mis aspiraciones nobles y lúcidas.

La mezcla exacta de estimulación y sabor se hace necesaria a la hora de tomarse uno de esos cafés que nos enseñan a ver la vida desde la comodidad de nuestros nervios.

Frente al Panteón romano, en el centro de esa ciudad magnífica que parece la alacena de una pastelería de reyes, se encuentra La tazza de oro. El capuchino allí es iniciático. Es cremoso pero no pastoso. Es tibio, como debe ser, y lo sirven en las necesarias tazas de porcelana. La espuma perdura y el café es intenso pero amable. Después de pasar por ahí, la vida es amarga porque definitivamente algo cambiado y se ha hecho necesario en el sabor del mundo.

Siempre he estado en contra de la petulancia y de esa forma tan arrogante de desacreditar lo cercano para ensalzar lo lejano. Esto suele ocurrir en la comida y en el transporte, me he dado cuenta: “en alemania no te piden el boleto cuando subes al camión”, “en Praga la cerveza es mucho mejor”. Al final uno termina convirtiéndose en una carga para sus amigos y compañeros de mesa. No se puede estar bien y ser pedante al msmo tiempo.

Y pese a todo lo digo: hay que tomar un café Capuchino en La tazza de oro para morir con una sonrisa en la boca. No bastan, y es un hecho, los capuchinos nacionales, servidos en una horrible copa de vidrio, con crema encima y sabor a café con leche. Esos italianos son unos insolentes desordenados, pero la cuestión del capuchino y del espresso es cosa de seguridad nacional. Si no me creen, miren (de la página de Istituto Nazionale Espresso Italiano):

Espresso is one of the most copied products, typically with very poor results. Often the word espresso is used to evoke the Italian style and spirit and is associated to poor quality coffee blends or drinks which have nothing to share with that little cup able to offer a long lasting and superfine pleasure.



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El sexto hombre

febrero 12, 2010

Es evidente que el segundo y el cuarto hombre reciben el viento desde direcciones contrarias. Así se define la experiencia de una estación de trenes. Debajo de ellos, como una hilera de montañas, las maletas recrean el paisaje de lo vivido, las formas de las ciudades que se han dejado atrás o que están por conocerse.

La serenidad que se consigue en un viaje se multiplica como la suma de hombres solitarios que encontramos en las estaciones de paso. Cuando cierro los ojos pienso en las maletas, en la memoria revestida de barcos. Pienso en el violín bajo el brazo (que puede ser la madre bajo el brazo, la esposa bajo el brazo, el libro que no podemos terminar bajo el brazo). Pienso en la bufanda azul del que está a punto de irse.

En el andén, las cosas se vuelven reales. Los rostros, desde la cabina, lo son todo. El paisaje del tránsito se construye con ellos. Los que se quedan y los que se van.  El sexto hombre, mírenlo bien, no quiere irse. Observa al viajero desde la pared de grana. Observa al viajero que debe consultar el reloj.

Aquel día en Florencia habían pasado 26 minutos después del mediodía. La estación racionalista nos dio la cara. Nosotros, todos los que a veces hemos pensado que la vida es muy difícil de entender, nos hemos preguntado si queremos estar en el anden viendo llegar y partir. O si preferimos ser los que sostienen con la mano una maleta y caminan firmes hacia el vagón. Irse y quedarse. Después de tantos años de pensar en eso, ahora tiene sentido. En este país del que siempre tengo ganas de escapar, tiene sentido. Entiendo por qué sigo aquí y por qué, al mismo tiempo, quiero irme.

Con esa dialéctica del abandono el pintor trazó las formas de ser viajero en siete figuras. En seis. Estoy seguro que el sexto hombre nunca se subió al vagón.

Mallik

diciembre 12, 2009

 

Gente amabilísima, ha llegado mi regalo de navidad. Y es para compartir. Pueden ver la información del libro en

 http://www.conaculta.gob.mx/tierra/

Además, en este blog podrán encontrar la obra “A mitad del camino de nieve se levanta la sombra del pozo”, que completa el ciclo narrativo de “La Jaula de Mallik”.

Prometo más entradas pronto.

agosto 21, 2009

El manifiesto antipost

Hace tiempo que averiguo cosas acerca de algunos autores de culto,  dedicados a contravenir los usos comerciales o la verticalidad académica/clásica de la literatura. Sin embargo, ellos mismos son ya clásicos comerciales de cierta forma de escritura, a la que se llama Posmoderna.  Extraños, ermitaños, ácratas, ajenos a la fama pública algunos, otros verdaderos símbolos de la realización literaria y de la fama. En el primer grupo estarían, por ejemplo, Thomas Pynchon y Cormack McCarthy, héroes sin cara de los seguidores de Padre de Familia. En el segundo, Paul Auster, Philiph Roth y Don DeLillo, grandes, multicitados, llena-auditorios y con foto conocida. Algunos de ellos son, según Harold Bloom, los mayores novelistas norteamericanos de su generación.

He leído lo poco que se consigue en México de algunos. Me gusta McCarthy, trágico y polvoriento; me gusta Roth, más clásico y verboso que un alemán; más o menos me gusta Paul Auster, repetitivo y predecible. Por otra parte, tuve que viajar más de la cuenta para encontrar sólo un libro de Thomas Pynchon y a DonDeLillo lo encontré en una estación de metro. Aparte de estas odiseas del tercer mundo para encontrar los libros que uno anda necesitando, cuando he abierto los libros y buscando algo en sus páginas me pongo a pensar, seriamente, en el disfrute del lector. Algunos de ellos rechazan sistemáticamente una lectura perezosa (que yo suelo buscar, también sistemáticamente). Yo he obedecido siempre mis instintos pero cuando se trata de dejar un libro me siento profundamente culpable y ridículo. A veces, no puedo permitirme el pensamiento sencillo de “hay mucho libros, si no te gusta éste, ciérralo, ve y consigue otro”. No, al contrario, digo: “debe haber algo tremendo aquí, algo que se me escapa, algo que no me deja entrar y por eso debe ser valioso, minoritario, exclusivo, paradisiaco en este sentido”. Para los críticos y los estudiosos, efectivamente, siempre hay algo. Pero no es verdad que uno sea un crítico y un estudioso todo el tiempo. Ellos siempre pueden detenerse y volver a los libros que en verdad les gustan. O meterse a leer “Las reliquias de la muerte” mientras se destensan y piensan en lo mal que anda todo en el mundo literario e, indignados, avientan el libro cuando llegan a la escena final, cuando Harry Potter aparece casado y con un hijito mago en la estación de trenes. Quién sabe, de qué se trata leer, quién sabe. Si es verdad que la literatura, como dice John Barth, está exhausta y necesita formas diferentes de decir y, por lo tanto, de ser leída (por más raro que se ponga todo, como en el libro Pride and Prejudice and Zombies, de Seth Grahame-Smith). Quién sabe. Tal vez queremos, de verdad, sólo leer historias y no pases de manos indescifrables.

Bryan Reynolds Myers escribió un libro al respecto, que provocó agruras no sólo a autores y fanáticos, sino a los propios críticos, con cuyas frases cerebrales y complacientes se decoran las contraportadas de los libros que compramos (y que a veces compramos justo por esas frases). El libro tiene el magnífico título de A reader´s manifesto. An Attack on the Growing Pretentiousness in American Literary Prose. Y ese título lo dice todo, creo. Aunque habla de autores que me gustan (McCarthy, Pychon, Auster, etc), no puedo dejar de pensar que, además de ser el camino del ser interior, de la tragedia, de la incomunicabilidad del ser y de la conciencia expansiva, la escritura puede ser también el camino del asombro simple y del disfrute (si me escuchara diciendo esto hace diez años…). El apéndice el libro hace un decálogo irónico, ideal para autores posmodernos que buscan triunfar (no se si estoy de acuerdo con el decálogo, me parece reduccionista y violento, pero ¿no se trata de eso la vida?). Aquí lo pongo. Perdonen la traducción libre.

De “El manifiesto del lector”, de Bryan Reynolds Myers

Las diez reglas del escritor “serio”:

1. Escribir seriamente: si tu escritura es muy natural, entonces no hay modo de que sea seria.

2. Extender: El contenido no importa, todo es cuestión de tamaño. A los críticos siempre les impresionan los libros enormes, así que evita la brevedad.

3. Equivocarse: Si lo que escribes no tiene sentido, siempre puede encontrarse una buena explicación. La “verdad” siempre puede sufrir distorsiones, mientras el escritor suene bien. Por ejemplo, la trama no es importante porque el libro trata justamente de la falta de trama.

4. Mistificar: Si la gente piensa que tu obra es más inteligente que la suya, entonces van a respetar tu forma de escribir. Si suenas inteligente (y, definitivamente, si algien te publica) entonces debes ser un sujeto brillante.

5. Hacer frases largas: Si la frase no es larga y aburre, entonces seguro que no es literatura.

6. Repetirse: La repetición de palabras es importante. Si no mencionas el sujeto de la oración las veces suficientes, entonces quizá el lector no sepa de qué estás hablando. Mejor usa sinónimos para demostrar que sabes usar un diccionario y, por lo tanto, que eres un escritor inteligente.

7. Amontonar figuras:  Tus credenciales de escritor van a aumentar mucho si tu capacidad de juntar múltiples símiles y metáforas, como pedazos de lego, nunca desaparecen de la fiera mirada del sol. Entre más artefactos literarios le arrojes al lector, mejor escritor serás.

8.  Arcaizar: Si tu estilo de escritura refleja una época remota y un mundo que ya no le es familiar al lector moderno, entonces seguro que eres un maestro de la pluma y la tinta. Esto es muy parecido a la regla número seis, excepto que debes escribir como si estuvieras atrapado en el pasado, y no en un diccionario.

9. Aburrir: La palabra aburrimiento puede ser un sinónimo de la palabra serio. Si seguimos al pie de la letra la regla uno, no puedes escribir con naturalidad o escribir palabras interesantes. Eso simplemente no es serio. Se supone que la gente no debe entender lo que escribes, sólo debe entender que tu escritura es brillante, porque seguramente has encontrado la cura del insomnio.

10. Actuar: Recuerda ser igual que tu escritura: serio, literario, practicamente un dios. Debes entender que cuando pareces listo, cuando pareces tener autoconfianza, los otros harán lo mismo contigo porque ¿cómo puede alguien tan listo y tan presumido estar equivocado?

La lección del Principito

agosto 12, 2009

Internet, entre tantas otras cosas, es el lugar de los divanes del aire. He tenido que volverme rápido para leer y medio sordo para no entender todo lo que me encuentro cuando estoy buscando algo, y evitar de una vez por todas volverme loco. Yo no era así. El tiempo me ha vuelto así. De alguna forma las cosas, todas ellas, caminan para despojarnos de lo que éramos.

Hoy encontré una página que se llama Faros del mundo (estoy buscando información sobre faros, creo que es el lugar adecuado). Es una página-bitácora en la que se narra el periplo de un sujeto que le dio la vuelta al mundo en busca de faros. Cada uno y sus ideas. La página es normal: un individuo comparte, cosa por cosa, su colección de algo con gente que se aguanta el sueño hasta altas horas de la noche y dice “Mm, qué interesante, interesante, ¿faltan muchos?”.

Lo verdaderamente interesante son los comentarios a la página. Algunos admiran los faros, otros han hecho sus propios viajes en busca de faros pero hay unos terceros, unos tipos que se atreven a preguntar, a estas alturas de la vida, de la palabra, del gran silencio humano, cómo pueden hacer para trabajar en un faro, en dónde se hacen aplicaciones para entrar en esa profesión, la última, la única digna.

Creo que yo me uno a esa pregunta: si alguien sabe en dónde están contratado guardafaros, avisen. Creo que puedo hacerme el tiempo para trabajar en uno.

sueño italiano

julio 23, 2009


 

Soñé que dos italianos delimitaban los extremos de mi sueño. Me decían, cada uno sentado, analítico, en cada orilla, en ese espacio es que es posible dormir: “deberías dormir hacia este lado, cinco grados más a la izquierda, deberías sincronizarte con la llegada justa del amanecer: deberías ver la línea en la que tu despertar coincide con el despertar de determinada persona, porque de lo contrario provocarás problemas diplomáticos muy graves”. El sueño seguía así. Yo estaba dormido, cansado de dieciséis horas de aviones y aeropuertos, por fin en una cama. En mi sueño, entendía perfectamente el italiano. Mi sueño era o estaba representado por un hueco abierto en mi cabeza. Los italianos analíticos estaban asomados cada uno de un lado, interpretando políticamente mi forma de dormir, aclarando mis límites. Llevaban traje, y hablaban fuerte y rápido, como es su costumbre.

 

Desperté. El reloj marcaba las dos de la mañana. Mi esposa dormía profundamente, sin importarle que en la Ciudad de México eran las 7 de la tarde. Pensé primero que mi sueño significaba un deber ser, un dictado de la conciencia que reverenciaba mi encuentro con los clásicos. Luego pensé que Europa, la vieja bruja, no tenía la culpa. Que la mezcla de adoración y avaricia con las que nos acercamos los latinomericanos al continente europeo es una autoimposición, avalada por estudiantes de posgrado, turistas sofisticados o no, ensoñaciones inocentes, negación de la realidad americana circundante y profundos deseos de huida; avalada, en todo caso, por el desconocimento y la indeferencia con que los europeos miran, cuando miran, nuestro pobre lado del continente.

 

Esta mañana, veo que cae la lluvia tremenda sobre Roma, sé que prefiero seguir el camino de la limpieza, de mi dignidad natural, del sentido común. Pero siglos de adoración, siglos de atracción, siglos de poder y de colonización son irreconciliables con el deseo analítico con el que desperté hoy, con la morbidez, aun fresca de esa junta que durante esta larga madrugada decidía mi destino en un italiano que, con toda seguridad, inventé. Siglos europeos son irreconciliables con mi existencia en la periferia de todas las cosas.

 

Pero, al final, ¿es necesario comprender la grandeza a través de las columnas, de los ábsides? ¿No son monumentos a la desigualdad, a la esclavitud, al fanatismo? ¿Es necesario entender el sufrimiento que se necesita para alcanzar la grandeza, y la admiración?

 

¿Son estos los verdaderos símbolos de la naturaleza humana?

Allá

marzo 11, 2009

Allá

 

La anciana me pidió que dibujara su rostro. Deseaba aparecer de perfil en el dibujo, mirando hacia otra parte. Era una petición inusual, pero ya antes alguien había improvisado alguna postura que le sentaba mejor. Los paseantes se dedicaban a observar la escena, parados detrás de mí como una sombra amenazante.

Miré el papel vacío, el carboncillo en mi mano. Le dije que no podía dibujarla pero ella insistió tanto que hice un esfuerzo, uno sobrehumano, que me lastimaba la mano con el aceite hirviente de mis movimientos. Al final le entregué el dibujo, lo vio. Muy despacio. Me preguntó:

-¿Quién es éste hombre? Ésta no soy yo.

 

No soy el primer pintor que falla al pintar un retrato ni tampoco el primero que se dedica a pintar retratos en un parque. Me bastó estar aquí dos meses para ver pasar a compañeros de la academia e incluso a algunos antiguos maestros de figura humana, los mismos que alguna vez nos advirtieron: la vida de los artistas está llena de presencias encarnizadas que, con mucha frecuencia, se presentan terribles y ambiguas. Hablaban, por supuesto, de la frustración.

Sin embargo, respiro tranquilo desde que decidí comprar una sombrilla y pintar, siempre de memoria –así me acostumbró mi disciplina de estudiante- varios cuadros clásicos a lápiz para atraer a los curiosos y convencerlos de que me dejen pintar su rostro.

No me ha ido mal. Pago la renta de un pequeño cuarto que me sirve de estudio, dormitorio y cocina. Además, tengo lo suficiente para mantenernos a Gris, un gato esponjado y vaporoso, y a mí con lo suficiente. Mi rutina es natural y tengo ratos libres suficientes para pesar frente a mi lienzo blanco, que lleva más de seis meses sin mancha.

No puedo pintar,  más que retratos y copias, y a pesar de ello estoy tranquilo. No puedo dejar de pensar que una cosa tiene que ver con la otra. Cuando pintaba solía despertar en la madrugada sin aliento, como si una mano invisible me frotara la lengua. Tal vez no quiero pintar más, tal vez pensar en  mis cuadros en las paredes de una galería, en un catálogo y en las fundaciones millonarias no es algo que me inquiete. Ya no. He renunciado, como muchos otros han renunciado, y hasta hace poco no había encontrado nada que me reconfortara tanto.

Fue hace una semana cuando un hombre se acercó a la sombrilla y me pidió que le dibujara un retrato. Sus facciones eran simples, no me hubiera costado ningún trabajo trazar su nariz angulada, su cabellos rizado, su sonrisa afable. Me prometió un pago doble si lo dibujaba más viejo de lo que era. No le pregunté por qué. Exageré algunos rasgos, pinté algunas arrugas, hice un esfuerzo automático como aquel frente a nuestra esposa para tratar de adivinar cómo será despertar a su lado dentro de algunos años. Cerré los ojos, lo imaginé cojeando, tosiendo, balanceándose solo en una estación del metro. Abrí los ojos. No miré al cliente ni al público que sonreía y esperaba mi reacción. Pasé el lápiz por la hoja, casi sin despegarlo, y en cada línea y a cada curva merodeaba esa imagen en mi cabeza, ese anciano desconocido aun para quien esperaba impaciente el resultado.

Cuando terminé y estampé mi firma, modesta, en una esquina, algunas voces detrás de mí resoplaron desilusionadas:

-No se parece nada.

No hice caso. Observé por última vez el dibujo, como hacía siempre antes de entregarlo a los clientes, y me di cuenta de la verdad. No se parecía en absoluto, por más que la edad destruya la belleza y aniquile las formas, ese anciano que me miraba sobre el papel no era nadie, nadie que hubiera visto alguna vez, y sin embargo su mueca era densa y era real, imitaba a la perfección, como nunca algún retrato mío lo había hecho, una forma de vivir, una forma de ver, una forma de sufrir un malestar profundo, irreversible.

El cliente aceptó el retrato pero no me pagó doble. No se lo exigí. Recogí mis cosas y caminé a mi casa. Gris me recibió balbuceando su lenguaje de la necesidad y cenamos juntos. Dormí bien y al siguiente día dejé salir Gris antes de ponerme en camino hacia el parque. Observé mi casa. El lienzo en blanco seguía ahí, inmóvil en su contemplación de mi vida.

Cuando Gris regresó de su paseo vi que en el lomo tenía una herida redonda,  podía verse su carne viva, como si algún perro le hubiera arrancado de tajo la piel. Lo cargué y le pregunté:

-¿Qué pasó contigo?

Deseaba una respuesta, pero él sólo me miraba, se restregaba contra mis brazos para calmar el ardor. Lavé su herida, pero no sabía qué más hacer, sabía que algunas medicinas para humanos podían ser venenos para los animales. Pensé en cuánto dinero podría costarme llevarlo al médico, pero fuera cual fuera la respuesta, debía decidir entre nuestra comida y el hospital veterinario.

Lo dejé en la cama y le puse la sábana encima. Se quedó dormido muy pronto. Caminé hasta el parque mientras sentía en la cara el aire helado de enero. Coloqué mi sombrilla y esperé toda la mañana un cliente. Sólo hasta pasadas las doce se acercó una mujer tímida que dio varias vueltas, revisó de cerca mis dibujos y se compró un helado antes de acercarse a preguntar cuánto cobraba por dibujar su retrato. En cuanto se acomodó en la silla su rostro se ruborizó. Sentí simpatía y una ternura profunda. Mientras la miraba y copiaba sus rasgos pensé en pedirle que se casara conmigo. En ese momento parecía muy sencillo hacerla feliz, todos los días, hasta mi muerte. Le sonreí cuando le entregué el dibujo.

-¿Es una broma?- me dijo, y en su voz escuchaba una recriminación, aquella que prefigura todas las distancias.

Observé el retrato. Era el mismo hombre del día anterior, ese desconocido, las mismas facciones, envejecidas, tremendas en la incertidumbre con que me miraban.

Esa tarde intenté pintar tres retratos más, pero siempre obtuve el mismo resultado y tuve que inventar alguna excusa para evitar mostrar a los clientes el resultado final. Sólo me vieron sostener en un hilo dorado mi última concentración, después de veinte minutos, mirar sin gesto discernible mi dibujo, romperlo luego y recomenzar. Tres veces lo intenté y tres veces salió de mi lápiz el mismo anciano.

Cuando volví a casa, Gris seguía bajo la sábana. Compré algo para cenar y una pomada de la que habló el encargado de la farmacia, dueño de tres perros. Escuché un maullido débil, quité la sábana y vi que la herida seguía en el mismo lugar. Le unté la medicina y me acosté a su lado. El pelambre me traspasaba la mano con una sensación profunda que me hizo cerrar los ojos y acostumbrarme al mundo. Sólo escuchaba el ronroneo, una luz en el estanque oscuro de la tarde.

La segunda herida apareció la mañana siguiente, en una pata trasera. No era igual que la primera, era un rasguño, largo y punteado con coágulos minúsculos. Comprobé que las ventanas estaban cerradas. Gris husmeó su comida, comió un poco y se frotó contra mis piernas. La herida redonda no había mejorado durante la noche. Decidí salir y buscar un médico. No caminé mucho. Mucha gente tiene mascotas por aquí y abundan los consultorios. Un veterinario me atendió. Sólo por revisarlo cobraba más de lo que yo ganaba en tres días afortunados. No aceptó escucharme, cualquier consulta causaba honorarios. No tenía dinero, la comida de la noche anterior y la pomada me habían dejado así. Regresé a casa. Gris estaba en la cama, lavándose las patas. Lo acaricié. Lo sentí inusualmente flaco. Lo revisé. No encontré otra herida, pero en cuanto tomé mis cosas para salir al parque y tratar de vender algunos de mis dibujos, vomitó una bola de pelo. Antes lo había hecho, pero la maraña que salió de su boca no era gris, era blanca, combinada con la saliva y con algunos restos de croquetas.

No tuve tiempo de quedarme. Era sábado. La gente llegaba temprano y habría suficientes clientes. Necesitaba vender unos pocos dibujos o hacer algunos retratos para pagar al veterinario.

Cuando me instalé en la plaza la gente se acercó inmediatamente. Vendí una reproducción a lápiz de La última cena y reté al hombre que me la compró:

-Dígame una pintura, la que usted quiera, y yo la dibujo exactamente igual en este momento.

Los curiosos se acercaron. El hombre me miró.

-Pinta “La viejas”,  de Goya.

Sin decir nada más tomé el lápiz y comencé. No me detuve a pensar por qué el cliente había elegido esa pintura ni por qué era una de las que yo podía pintar sin demasiado problema. Terminé, se la mostré. Ahí estaban las tres figuras, la luz celestial, el paso del tiempo y la escoba, incluso la firma de Goya, en el extremo inferior izquierdo.

El hombre me pagó y prometió volver. Fue entonces que se acercó la anciana y me pidió que la pintara de perfil. Tal vez en ese momento supuse que si pintaba a alguien de perfil al final podría engañar la presencia del anciano en mi dibujo.

Sólo conseguí ver un nuevo ángulo, desconocido para mí, de ese rostro.

De regreso a casa tuve una idea para una pintura. La primera en meses. Me aferré a ella, como si a cada paso temiera perderla. Abrí la puerta y durante veinte minutos esbocé alguna cosa sobre el lienzo blanco. No tenía forma. Contemplé mis trazos y por un momento no escuché el ruido del mundo. Un maullido de Gris me devolvió a la habitación. El gato, vaporoso y esplendido, estaba sentado sobre un montón de ropa. Tenía un ojo cerrado y una mancha de sangre junto a la nariz. Lo cargué, lo acaricié. Sentí sus huesos pegados a la carne. Lo revisé con cuidado. No encontré otra herida, pero en su lomo, en su pata y ahora en su rostro los canales abiertos aparecían como latigazos que no cicatrizaban.

Me acosté y senté a Gris en mi pecho, para que sintiera el latido de mi corazón y tuviera ganas de vivir. Fue entonces que toqué sus patas, las acaricié con ternura y vi que sus garras estaban rotas, quebradas por algún esfuerzo que había agotado sus energías,  por alguna pelea que había sostenido allá, en otra parte, en donde yo no podía ayudarlo.

Me quedé mirando su rostro y me despedí de él en silencio. Todavía estiró una pata y me rozó la sien, luego vi cómo se apagaron las luces brillantes de sus ojos.