Ya no voy a trabajar

junio 11, 2008


the bleeding hearts and artists

make their stand

No suelo hablar de las razones por las que hago las cosas. Al final, me parece siempre que todos nuestros actos obedecen a algo secreto de lo que muy pocas veces tenemos claridad. Por supuesto, podemos decir: “hoy mismo me compro unos zapatos”, y en ese momento depositamos nuestra certeza en que las razones de nuestra decisión pueden ser unas u otras. Un año más tarde nos damos cuenta que en ese acto se encontraba oculto otro, tal vez más atroz o más asombroso: traía puestos esos zapatos cuando me abandonó la mujer a la que amaba. Y en el fondo, uno no puede dejar de pensar que entre ambas cosas existe una relación inexorable.

Pero hay decisiones que uno toma y que siempre precisan una declaración de principios. Yo nunca tuve una declaración de principios, tan clara y tan ingenua como la que tengo ahora. ¿Es necesaria? Tal vez no. Al final y de todas formas, voy a hacer lo que quiero. ¿Es intensa y puede provocar a los demás una curiosidad malsana? Es probable, y por eso me tomo la molestia de escribirlo.

El hecho es, en sí, muy simple. En veinte días voy a dejar mi trabajo. Un trabajo en el que tengo antigüedad, ocho horas diarias, buen sueldo con prestaciones superiores a las de la ley, plaza asegurada de por vida (con puntos de por medio, acumulables para ir subiendo el escalafón), fondo para el retiro, crédito hipotecario y seguro médico. Durante cuatro años (casi mil quinientos días, menos vacaciones) he hecho lo siguiente: Me levanto a las nueve de la mañana, hago lo que es posible hacer durante dos horas, y a las once y fracción salgo y tomo una de las cuatro rutas posibles para llegar a mi cubículo. Esas rutas las ha ido trazando mi aburrimiento. Desde ese momento del hermoso mediodía hasta las ocho de la noche estoy en el mismo edificio. Tengo comodidades que otros no tienen en sus trabajos. No tengo un jefe encima de mí, ni trabajo para hacer rico o famoso a nadie. Cerca de las nueve de la noche llego a donde debo llegar después del trabajo: a hacer las cosas que verdaderamente me gustan. Ninguna sorpresa hasta ahora: al parecer, las cosas son así para toda la gente. Me duermo, me despierto a las nueve de la mañana, voy al trabajo, etcétera. Así mil quinientas veces, menos vacaciones.

Un día, llegué a la oficina y dije: ya no voy a trabajar más en este lugar. Puede decirse que lo pensé mucho, pero en realidad esas cosas no hay que pensarlas demasiado. Y aunque uno pueda evitar pensar esas cosas, la gente te ayudará a recordarlo. Más de una cara de preocupación me ha preguntado: ¿estás seguro?, ¿y si mejor ahorras, lo planeas, escoges el mejor momento?, ¿no te parece que hay a quienes les va peor? Etcétera. Y uno agradece estas muestras de apoyo, porque sabes que la gente se preocupa en serio por ti. Aunque, detrás, en la oscuridad, uno se pregunta por qué la gente pone tantos reparos Probablemente porque un desempleado es una carga para los demás. Pero ese no es nuestro tema.

En 1845, Henry Thoreau abandonó la sociedad en que vivía; con 28 dólares compró madera usada y construyó una cabaña para vivir ahí. Quería demostrar que podía llevarse una existencia sencilla al margen de las necesidades. Según él, el dinero no podía satisfacer ninguna de las necesidades del alma. En realidad, y hasta cierto punto, tenía razón. Sin embargo, comía, se vestía y tenía materiales para escribir sus libros. El asunto aquí no es si se puede vivir de esta manera (en realidad, sabemos bien que no se puede) sino qué es lo que nos lleva a tomar de súbito estas decisiones. Qué estamos buscando, de qué estamos huyendo y cómo las respuestas, si son acertadas y verdaderas, pueden sugerir el indicio de una proclama, de una declaración de principios.

En Grecia había dioses para todas las horas del día, todas las estaciones y todas las formas de ver. Los propios dioses tenían distintas epifanías en cada zona. Se cuentan por decenas los Zeuses, los Apolos, las Afroditas, cada uno como una expresión de una parte de la tierra y de los seres que los adoraban. Había, por otra parte, un tipo de dioses pertenecientes a una tradición más filosófica, más absoluta. Ananké y Némesis eran dos de esos dioses, a cual más imperceptible e inefable que el siguiente, cuyos atributos eran insondables, violentos y definitivos. Némesis era la diosa de la retribución o de la venganza. Ananké era la diosa de la necesidad. Y es ésta la que se me ha aparecido para aclararme algunas dudas. ¿Qué es aquello que yo necesito? ¿Lo que obtengo todos los días de mi vida aplaca mi necesidad o, alimentándola, la hace más grande?, ¿o tal vez la aniquila, pues cualquier forma de saciarla es una forma de terminar con ella? ¿Es la misma necesidad de la que hablaba Artaud, un rigor que me sujeta a las cosas trágicamente?, ¿sólo en donde hay esencialidades se encuentra la verdadera pertenencia?

Es un lugar común, pero es cierto que entre más se tiene más se necesita. Perder el control de nuestra necesidad es quizá el peligro más grande de la edad productiva. Porque la necesidad avanza silenciosa, sin ningún padecimiento, al tiempo que siembra cierta forma de la amnesia. Yo apenas recuerdo cuando me bastaba lo mínimo para existir. Cuando no tenía ningún sueldo. Apenas recuerdo cuando el crédito era sólo un problema de los demás. ¿Qué cambió en este tiempo? ¿Es un asunto del futuro, de cómo deseamos envejecer? No es por nada que Buda trazó el camino a la iluminación utilizando la idea de “lo correcto”. En términos generales, y para nuestro hermano iluminado, lo que “no es correcto” por antonomasia es el necesitar algo, lo que sea. Necesitar algo es el nacimiento de la esclavitud y de la frustración. Incluso necesitar la iluminación o decir “necesito no necesitar” es una trampa, un callejón sin salida. La ausencia de necesidad es la ausencia de espacio y de tiempo. El no-estar. Esto es demasiado y, llevándolo al extremo, es una sofisticación inútil que suele implicar cierta superioridad moral y cierta sequedad de los sentidos. Pero en un nivel más cotidiano el control de la necesidad es imprescindible si se pretende alcanzar cierta felicidad. Los afanes realizados o realizables siempre están ahí y nos guían, pero es un deber consignar que el día presente es la única necesidad que está en proceso de ser saciada.

Tener un trabajo estable implica hacer un trabajo estable y la estabilidad implica tener el suficiente equilibrio y claridad para fijarse metas observables y claras. Considerando que mi situación es la de un ser de clase media que vive en un país del tercer mundo, mi metas están previamente fijadas por mis posibilidades económicas y mis limitadísimas posibilidades ideológicas, verdadera cárcel. La ilusión de poseer una casa con valor millonario, un auto, aparatos y placeres de todo tipo es no sólo parte de nuestro sistema inmunológico, sino un proceso necesario para que las cosas sigan su marcha. No voy a desarrollar fantasías anarquistas ni utopías en donde el dinero no importa. Importa, claro que importa. Y mentiría si digo que a mí no me importa. Pero si uno está enfrentado día a día con La Necesidad (con mayúscula, como la diosa, como la entendía Artaud), las necesidades parecen de caricatura, una caricatura malvada y violenta. Lo importante es que uno tenga los medios suficientes para poder preocuparse de las cosas que en verdad le importan. Y esta idea no es nueva ni es mía ni es brillante. Es ridículamente práctica, poco zen e interesada, pero en la dinámica en que me enseñaron a crecer tengo el supuesto deber de cuidarme a mí mismo. Y no veo otra manera de honrar mi educación que renunciando a mi trabajo.

¿Qué implica para mí La Necesidad (con mayúscula)? Implica el rigor de lo que indefectiblemente ocurre: Mi muerte, rigor de rigores, necesidad inexplicable. La respuesta a las dudas humanas por excelencia (y acaso la pregunta por la existencia de Dios todavía retumba en mis genes). La posibilidad de no estar solo. La posibilidad de entender las relaciones humanas y la forma de ser del cosmos. Qué es el tiempo. Qué hubiera pasado si. Qué hay detrás de la verdad. Por qué las leyes naturales son tan crueles. Qué animal deforme siente deseo sexual dentro de mí. La sensación de la belleza. El sabor de las cosas en mi boca.

Y estas cosas, sea uno quien sea, a pesar de lo que sea, son, persiguen, necesariamente, en uno u otro momento, de una u otra forma. Y a esas cosas, irremediablemente necesarias, son en las que uno deja de revolverse por implicarse con las otras, inmediatas. Tengo dos tarjetas de crédito, tres de ahorro, mensualmente llegan a mi casa recibos de todos los servicios que contraté o que tengo que pagar para vivir civilizadamente. Y no voy a renunciar a eso porque el genio humano también es sabio y ha inventado sillones muy cómodos para sentarse a pensar en la brevedad de la vida. Pero no pienso ver cómo la diosa Ananké me toma de los brazos y me sorprende el sentido de la necesidad con deudas de aparatos que nada más salir a la calle se volvieron obsoletos o con la ropa justa para ir a un coctel con empresarios turísticos. No los necesito, porque no deseo sufrir por ellos. Y en realidad, también hablo desde la impotencia de mi clase social y desde la marginación de este país ante el resto del mundo, para quien todavía somos seres que viven en la peculiar y hermosa arcadia sin conexión inalámbrica.

En fin, ya no voy a trabajar porque he estado pensando en mí y en la gente cercana a mí y no tengo deseos de perderme de sus vidas ni de la mía. Sobre todo, porque no trabajar en donde trabajo es una proclama artística que debe ser hecha por alguien. Y yo la hago ahora, porque funciona para mí y puede ser curiosa para los demás. En nuestro país, como en muchos otros, el arte tiene la peculiaridad de ser el vínculo socialité entre las masas pensantes y sus sueños húmedos. Para pretender ser alguien, basta con convertirse en coleccionista de arte, asistir a las galas artísticas y arreglarse con propiedad porque la imagen del éxito y del líder se ha colado hasta estas alturas de las esferas culturales.

Cada vez es más difícil ser artista y más caro (siempre ha sido así, y no me extraña que en la era democrática las cosas hermosas sigan siendo inalcanzables). Cada vez hay que saber catar más vinos y viajar a más lugares y vestir más combinado. Metroartistas, si se quiere vulgarizar esta amena charla. Cada uno más conservador que el anterior, menos dispuesto a que algo irrumpa y destruya todas las conexiones lógicas durante un minuto. No se me olvida que al único que no invitaron al homenaje de gala y traje largo que le rindieron los artistas parisinos a Antonin Artaud, fue el mismo Antonin Artaud, que no tenía cómo comprarse unos zapatos nuevos.

Si es necesaria esta proclama, la haré en este momento: la dignidad del artista es su única credencial de respetabilidad. No quiero un mundo de artistas pobres porque en su pobreza radique su autenticidad. Deseo únicamente que quienes desean expresarse de alguna manera, digan la verdad y enfrenten a La Necesidad con el valor necesario. ¿Acaso no merece la pena intentar demostrar que desde los divanes y las exquisiteces de un mundo flotante no existe el rigor de la incertidumbre y, por lo tanto, de la creación? Si no es así, entonces pueden decirme: estabas equivocado. Pero los bienes culturales y artísticos siguen siendo bienes, y crean necesidades que son, aparentemente, más puras. Pero no es así. Me acuerdo de El Perseguidor, aquél magnífico cuento de Cortázar. Y ahí, asistimos al patetismo iniciático de un artista que vislumbra algo, muy a su pesar. Y el biógrafo de ese artista, que es quien desciende al infierno impensable del iluminado, volverá a su esfera de pulcritud y moralidad en donde va a escribir un libro y va a escribir autógrafos y a recibir alabanzas y palmadas en la espalda y a ser él mismo un bien cultural por el resto de su vida. Aunque el vislumbre no se escoge, hay que perseguirlo. Ésta es la Necesidad y el Deber del artista. Y eso no se puede hacer con un fondo de ahorro para el retiro en marcha. Es como rendirse antes de iniciar la carrera.

Para terminar, quiero confesar que he mentido profusamente desde el inicio. Ya no voy a trabajar, pero sí voy a trabajar en otras partes, porque me gusta comer bien todos los días y porque no sé cómo vivir a expensas de otros. Pero es verdad todo el resto. Mis ingresos se van a ir a la cuarta parte (que en esta ciudad y en esta época es casi nada), pero mi tiempo se va a expandir así como la posibilidad de que me entregue al flujo de lo que ocurre. Es posible que no lo logre y que deba mostrarme arrepentido ante los poderes que son (que por algo son lo que son), pero no me voy a quedar con las ganas de experimentar un fracaso tan estridente. Definitivamente tendré más que decir cuando las necesidades acumuladas gracias a la bonanza económica caigan sobre mi forma de vida cuando no pueda seguir alimentándolas. Pero en un sistema tan cruel, que pide en vez de dar, sé que hay formas invisibles de la felicidad esperan siempre, agazapadas, justo en medio de la tragedia.

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