Triste, desafortunada Alicia

Siempre me pareció difícil leer completas las dos novelas de Alicia (en el país de las Maravillas y A través del espejo). Ahora mismo no estoy convencido de haberlas leído enteras. La multitud de interrupciones, canciones, adivinanzas, poemas, juegos de palabras sumada a la capacidad (o como quiera llamársele) de Lewis Carroll de no contar nada cuando tiene todos los elementos para hacerlo, procuran una lectura difícil y deliberadamente irracional (deliberar es razonar, lo sé, pero así va la cosa).

Sin embargo, el asunto con Alicia no se encuentra en la trama. Nunca fue ésa la intención del su autor. Eran otras cosas, menos eso. Resumo en unas líneas mis ideas: el libro es una construcción argumentativa cuyo centro es la falta de sentido y una prueba de fuego a la lógica (desde aquella microscópica del lenguaje, hasta la mayor, la de la historia de las sociedades constituidas); luego, Carroll coloca en el centro de la crisis a una sociedad de cartón, aristócrata y refinada, constituida de rituales exhaustivos y, a menudo, absurdos; luego, más allá, es un relato de autodescubrimiento, de duda, de desazón y de impostura. De lo que habla toda esa obra orate es del poder y de que todo cuanto es verdadero sucumbe ante la Ley. Kafka es Alicia a los cuarenta.

Fuera de esto, están los personajes, inolvidables sin duda, y allá, al fondo, la trama. En Alicia no hay esquemas maniqueos del bien y el mal. La reina de corazones es mala, pero ingenua y vanidosa. El sombrerero loco es ambiguo (¿qué otra cosa?), genial en su imposibilidad de decir algo. Ni siquiera se contradice, simplemente está fuera de las normas del sentido. La oruga y el gato sonriente son oráculos caprichosos, indescifrables, desinteresados de sus propios enigmas, y sus verdades son las verdades de los principios clásicos de la filosofía: el de identidad, el de no contradicción y de tercer excluido. Más allá de estas minucias del sentido común, lo demás es delirio.

Tim Burton dice, acerca de los libros de Alicia: It was always a girl wandering around from one crazy character to another, and I never really felt any real emotional connection. Efectivamente, una chica que va de un lado al otro conversando con gente de una idiotez brillante. Eso es Alicia. Y por algo es así. Burton explica que fue necesario convertir las historias de Alicia en una trama. Primer error. Segundo: llamarle a la guionista responsable de El rey león y La bella y la bestia (Linda Woolverton). Tercero: supongo que todo lo demás, salvo algunos destellos de genialidad en la construcción de Underland y en la caracterización de los personajes.

¿Qué le hizo creer a Burton que a la historia de Alicia le hacia falta trama? Tal vez su patrón, Disney, pero incluso la versión de Mickey Mouse del 51 es mucho más atrevida que ésta. Y no se trata del atrevimiento, ni de la encantadora necedad de hacer remakes (El planeta de los simios, El jinete sin cabeza, Charlie y la fábrica de chocolates, etcétera), ni de lo que alguien con la cabeza y el presupuesto de Tim Burton puede hacer. Se trata de un principio básico de composición, de entender cuando una historia es forzada a caber en la conocida fórmula del Camino del Héroe. Si no entra, pues no entra. Lógica de calcetín. Y, a mi parecer, es un error elemental. Burton ha logrado ser quien es justo porque el camino del héroe le importa un comino (nos ha entregado héroes y antihéroes, finales trágicos y finales felices) porque, en realidad, persigue una forma de contar, una forma de ver, una forma de hacer lo extraño, de colocar en el centro de la escena masiva lo disfuncional, lo irregular. Quién hubiera pensado que sus monos cadavéricos y maquillados iban a salir de regalo en las bolsas de dulces. Y de pronto llega y dice: “esto es demasiado irregular y disfuncional, vamos a ponerlo derecho”. Vaya padrino.

Si alguien quiere hacer una película con trama, que no escoja Alicia ni el Ulises de Joyce. Hay obras que son mejores para provocar impactos emocionales (Big fish es enorme, por eso).

La película de Burton es sosa –sin la cáustica– los personajes han sido despojados de algo que les era fundamental: ahora vagan por ahí, dando explicaciones y pidiendo perdón por ser como son. La guionista falla una y otra vez cuando quiere mostrar esa insanidad lingüística que se encuentra siempre en el borde del abismo (y conste que no estoy haciendo una comparación ociosa entre el libro y la película, son dos obras diferentes; para ser claros: aun sin conocer el libro, la película, en general, apesta). Por alguna razón, Alicia debe salvar un reino y pelear contra un dragón medieval utilizando una espada mágica, montada en el lomo de un perro dientón. Hay una batalla épica entre dos ejércitos (rojo y blanco), una reina buena (extraordinario el papel de Anne Hathaway) y una reina mala (lo mismo: siempre será estimulante ver a la esposa de Burton haciéndose la demente), un sombrerero que es detenido en un calabozo por su activismo político (esta vez la actuación del Manos de Tijera no funciona, ni en el acento ni en el encanto) y un gato sonriente arrepentido porque traicionó la causa cuando le pidieron ayuda. Y ni hablar de la sabia oruga-Gandalf o del chocante reparto de culpas al final.

De todas las películas genéricas que ha hecho Burton, creo que es la que menos respeto tiene por el espectador. Se vuelve predecible aunque uno se resista a creer que lo que está viendo es lo que uno está viendo. Floja por todas partes (argumentativamente, repito, aunque mis lentes de 3D eran demasiado oscuros y estaban demasiado sucios), las posibilidades irracionales, perversas, alegres, bipolares, que me venían a la cabeza con la combinación Burton-Carrol se vinieron abajo en poco menos de dos horas.

Pero soy injusto. Contar una historia que no tiene historia, echarlo a perder y seguir teniendo el sello de la casa Soy-Burton-Y- Hago-Cosas-Raras debe ser inimaginablemente difícil (por eso muchos nos dedicamos a criticar y no a hacer cosas útiles y hermosas). En una reseña del New Yor Observer: the film comes off like something directed by a novice who spent one too many afternoons in the Tim Burton exhibit at the Museum of Modern Art. Not one moment during the 108-minute film feels authentic.

No me gusta decir lo que pienso, pero creo que tiene razón.

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El mejor café del mundo

febrero 13, 2010

Me tomó mucho tiempo comprender el sabor del café. Primero deseamos el efecto, pero ese nerviosismo autoinflingido no es necesario cuando uno es nervioso de fábrica. Luego resentí ciertos achaques impropios de mi edad: la migraña, ese abismo médico que recuerda el nacimiento de Atena; la gastritis del carajo o el estreñimiento; la taquicardia que provoca insomnios.

Se me fueron los días tomando cerveza sin sabor. Hasta que un día aprendí a hacer Capuchino. No es tanto un gran arte como una exactitud técnica. Mis capuchinos son limitados y un italiano los escupiría en el suelo, pero al menos en espíritu soy conciente de mis aspiraciones. A eso me sabe el café que preparo.  A mis aspiraciones nobles y lúcidas.

La mezcla exacta de estimulación y sabor se hace necesaria a la hora de tomarse uno de esos cafés que nos enseñan a ver la vida desde la comodidad de nuestros nervios.

Frente al Panteón romano, en el centro de esa ciudad magnífica que parece la alacena de una pastelería de reyes, se encuentra La tazza de oro. El capuchino allí es iniciático. Es cremoso pero no pastoso. Es tibio, como debe ser, y lo sirven en las necesarias tazas de porcelana. La espuma perdura y el café es intenso pero amable. Después de pasar por ahí, la vida es amarga porque definitivamente algo cambiado y se ha hecho necesario en el sabor del mundo.

Siempre he estado en contra de la petulancia y de esa forma tan arrogante de desacreditar lo cercano para ensalzar lo lejano. Esto suele ocurrir en la comida y en el transporte, me he dado cuenta: “en alemania no te piden el boleto cuando subes al camión”, “en Praga la cerveza es mucho mejor”. Al final uno termina convirtiéndose en una carga para sus amigos y compañeros de mesa. No se puede estar bien y ser pedante al msmo tiempo.

Y pese a todo lo digo: hay que tomar un café Capuchino en La tazza de oro para morir con una sonrisa en la boca. No bastan, y es un hecho, los capuchinos nacionales, servidos en una horrible copa de vidrio, con crema encima y sabor a café con leche. Esos italianos son unos insolentes desordenados, pero la cuestión del capuchino y del espresso es cosa de seguridad nacional. Si no me creen, miren (de la página de Istituto Nazionale Espresso Italiano):

Espresso is one of the most copied products, typically with very poor results. Often the word espresso is used to evoke the Italian style and spirit and is associated to poor quality coffee blends or drinks which have nothing to share with that little cup able to offer a long lasting and superfine pleasure.



El sexto hombre

febrero 12, 2010

Es evidente que el segundo y el cuarto hombre reciben el viento desde direcciones contrarias. Así se define la experiencia de una estación de trenes. Debajo de ellos, como una hilera de montañas, las maletas recrean el paisaje de lo vivido, las formas de las ciudades que se han dejado atrás o que están por conocerse.

La serenidad que se consigue en un viaje se multiplica como la suma de hombres solitarios que encontramos en las estaciones de paso. Cuando cierro los ojos pienso en las maletas, en la memoria revestida de barcos. Pienso en el violín bajo el brazo (que puede ser la madre bajo el brazo, la esposa bajo el brazo, el libro que no podemos terminar bajo el brazo). Pienso en la bufanda azul del que está a punto de irse.

En el andén, las cosas se vuelven reales. Los rostros, desde la cabina, lo son todo. El paisaje del tránsito se construye con ellos. Los que se quedan y los que se van.  El sexto hombre, mírenlo bien, no quiere irse. Observa al viajero desde la pared de grana. Observa al viajero que debe consultar el reloj.

Aquel día en Florencia habían pasado 26 minutos después del mediodía. La estación racionalista nos dio la cara. Nosotros, todos los que a veces hemos pensado que la vida es muy difícil de entender, nos hemos preguntado si queremos estar en el anden viendo llegar y partir. O si preferimos ser los que sostienen con la mano una maleta y caminan firmes hacia el vagón. Irse y quedarse. Después de tantos años de pensar en eso, ahora tiene sentido. En este país del que siempre tengo ganas de escapar, tiene sentido. Entiendo por qué sigo aquí y por qué, al mismo tiempo, quiero irme.

Con esa dialéctica del abandono el pintor trazó las formas de ser viajero en siete figuras. En seis. Estoy seguro que el sexto hombre nunca se subió al vagón.

Mallik

diciembre 12, 2009

 

Gente amabilísima, ha llegado mi regalo de navidad. Y es para compartir. Pueden ver la información del libro en

 http://www.conaculta.gob.mx/tierra/

Además, en este blog podrán encontrar la obra “A mitad del camino de nieve se levanta la sombra del pozo”, que completa el ciclo narrativo de “La Jaula de Mallik”.

Prometo más entradas pronto.

agosto 21, 2009

El manifiesto antipost

Hace tiempo que averiguo cosas acerca de algunos autores de culto,  dedicados a contravenir los usos comerciales o la verticalidad académica/clásica de la literatura. Sin embargo, ellos mismos son ya clásicos comerciales de cierta forma de escritura, a la que se llama Posmoderna.  Extraños, ermitaños, ácratas, ajenos a la fama pública algunos, otros verdaderos símbolos de la realización literaria y de la fama. En el primer grupo estarían, por ejemplo, Thomas Pynchon y Cormack McCarthy, héroes sin cara de los seguidores de Padre de Familia. En el segundo, Paul Auster, Philiph Roth y Don DeLillo, grandes, multicitados, llena-auditorios y con foto conocida. Algunos de ellos son, según Harold Bloom, los mayores novelistas norteamericanos de su generación.

He leído lo poco que se consigue en México de algunos. Me gusta McCarthy, trágico y polvoriento; me gusta Roth, más clásico y verboso que un alemán; más o menos me gusta Paul Auster, repetitivo y predecible. Por otra parte, tuve que viajar más de la cuenta para encontrar sólo un libro de Thomas Pynchon y a DonDeLillo lo encontré en una estación de metro. Aparte de estas odiseas del tercer mundo para encontrar los libros que uno anda necesitando, cuando he abierto los libros y buscando algo en sus páginas me pongo a pensar, seriamente, en el disfrute del lector. Algunos de ellos rechazan sistemáticamente una lectura perezosa (que yo suelo buscar, también sistemáticamente). Yo he obedecido siempre mis instintos pero cuando se trata de dejar un libro me siento profundamente culpable y ridículo. A veces, no puedo permitirme el pensamiento sencillo de “hay mucho libros, si no te gusta éste, ciérralo, ve y consigue otro”. No, al contrario, digo: “debe haber algo tremendo aquí, algo que se me escapa, algo que no me deja entrar y por eso debe ser valioso, minoritario, exclusivo, paradisiaco en este sentido”. Para los críticos y los estudiosos, efectivamente, siempre hay algo. Pero no es verdad que uno sea un crítico y un estudioso todo el tiempo. Ellos siempre pueden detenerse y volver a los libros que en verdad les gustan. O meterse a leer “Las reliquias de la muerte” mientras se destensan y piensan en lo mal que anda todo en el mundo literario e, indignados, avientan el libro cuando llegan a la escena final, cuando Harry Potter aparece casado y con un hijito mago en la estación de trenes. Quién sabe, de qué se trata leer, quién sabe. Si es verdad que la literatura, como dice John Barth, está exhausta y necesita formas diferentes de decir y, por lo tanto, de ser leída (por más raro que se ponga todo, como en el libro Pride and Prejudice and Zombies, de Seth Grahame-Smith). Quién sabe. Tal vez queremos, de verdad, sólo leer historias y no pases de manos indescifrables.

Bryan Reynolds Myers escribió un libro al respecto, que provocó agruras no sólo a autores y fanáticos, sino a los propios críticos, con cuyas frases cerebrales y complacientes se decoran las contraportadas de los libros que compramos (y que a veces compramos justo por esas frases). El libro tiene el magnífico título de A reader´s manifesto. An Attack on the Growing Pretentiousness in American Literary Prose. Y ese título lo dice todo, creo. Aunque habla de autores que me gustan (McCarthy, Pychon, Auster, etc), no puedo dejar de pensar que, además de ser el camino del ser interior, de la tragedia, de la incomunicabilidad del ser y de la conciencia expansiva, la escritura puede ser también el camino del asombro simple y del disfrute (si me escuchara diciendo esto hace diez años…). El apéndice el libro hace un decálogo irónico, ideal para autores posmodernos que buscan triunfar (no se si estoy de acuerdo con el decálogo, me parece reduccionista y violento, pero ¿no se trata de eso la vida?). Aquí lo pongo. Perdonen la traducción libre.

De “El manifiesto del lector”, de Bryan Reynolds Myers

Las diez reglas del escritor “serio”:

1. Escribir seriamente: si tu escritura es muy natural, entonces no hay modo de que sea seria.

2. Extender: El contenido no importa, todo es cuestión de tamaño. A los críticos siempre les impresionan los libros enormes, así que evita la brevedad.

3. Equivocarse: Si lo que escribes no tiene sentido, siempre puede encontrarse una buena explicación. La “verdad” siempre puede sufrir distorsiones, mientras el escritor suene bien. Por ejemplo, la trama no es importante porque el libro trata justamente de la falta de trama.

4. Mistificar: Si la gente piensa que tu obra es más inteligente que la suya, entonces van a respetar tu forma de escribir. Si suenas inteligente (y, definitivamente, si algien te publica) entonces debes ser un sujeto brillante.

5. Hacer frases largas: Si la frase no es larga y aburre, entonces seguro que no es literatura.

6. Repetirse: La repetición de palabras es importante. Si no mencionas el sujeto de la oración las veces suficientes, entonces quizá el lector no sepa de qué estás hablando. Mejor usa sinónimos para demostrar que sabes usar un diccionario y, por lo tanto, que eres un escritor inteligente.

7. Amontonar figuras:  Tus credenciales de escritor van a aumentar mucho si tu capacidad de juntar múltiples símiles y metáforas, como pedazos de lego, nunca desaparecen de la fiera mirada del sol. Entre más artefactos literarios le arrojes al lector, mejor escritor serás.

8.  Arcaizar: Si tu estilo de escritura refleja una época remota y un mundo que ya no le es familiar al lector moderno, entonces seguro que eres un maestro de la pluma y la tinta. Esto es muy parecido a la regla número seis, excepto que debes escribir como si estuvieras atrapado en el pasado, y no en un diccionario.

9. Aburrir: La palabra aburrimiento puede ser un sinónimo de la palabra serio. Si seguimos al pie de la letra la regla uno, no puedes escribir con naturalidad o escribir palabras interesantes. Eso simplemente no es serio. Se supone que la gente no debe entender lo que escribes, sólo debe entender que tu escritura es brillante, porque seguramente has encontrado la cura del insomnio.

10. Actuar: Recuerda ser igual que tu escritura: serio, literario, practicamente un dios. Debes entender que cuando pareces listo, cuando pareces tener autoconfianza, los otros harán lo mismo contigo porque ¿cómo puede alguien tan listo y tan presumido estar equivocado?

La lección del Principito

agosto 12, 2009

Internet, entre tantas otras cosas, es el lugar de los divanes del aire. He tenido que volverme rápido para leer y medio sordo para no entender todo lo que me encuentro cuando estoy buscando algo, y evitar de una vez por todas volverme loco. Yo no era así. El tiempo me ha vuelto así. De alguna forma las cosas, todas ellas, caminan para despojarnos de lo que éramos.

Hoy encontré una página que se llama Faros del mundo (estoy buscando información sobre faros, creo que es el lugar adecuado). Es una página-bitácora en la que se narra el periplo de un sujeto que le dio la vuelta al mundo en busca de faros. Cada uno y sus ideas. La página es normal: un individuo comparte, cosa por cosa, su colección de algo con gente que se aguanta el sueño hasta altas horas de la noche y dice “Mm, qué interesante, interesante, ¿faltan muchos?”.

Lo verdaderamente interesante son los comentarios a la página. Algunos admiran los faros, otros han hecho sus propios viajes en busca de faros pero hay unos terceros, unos tipos que se atreven a preguntar, a estas alturas de la vida, de la palabra, del gran silencio humano, cómo pueden hacer para trabajar en un faro, en dónde se hacen aplicaciones para entrar en esa profesión, la última, la única digna.

Creo que yo me uno a esa pregunta: si alguien sabe en dónde están contratado guardafaros, avisen. Creo que puedo hacerme el tiempo para trabajar en uno.

sueño italiano

julio 23, 2009


 

Soñé que dos italianos delimitaban los extremos de mi sueño. Me decían, cada uno sentado, analítico, en cada orilla, en ese espacio es que es posible dormir: “deberías dormir hacia este lado, cinco grados más a la izquierda, deberías sincronizarte con la llegada justa del amanecer: deberías ver la línea en la que tu despertar coincide con el despertar de determinada persona, porque de lo contrario provocarás problemas diplomáticos muy graves”. El sueño seguía así. Yo estaba dormido, cansado de dieciséis horas de aviones y aeropuertos, por fin en una cama. En mi sueño, entendía perfectamente el italiano. Mi sueño era o estaba representado por un hueco abierto en mi cabeza. Los italianos analíticos estaban asomados cada uno de un lado, interpretando políticamente mi forma de dormir, aclarando mis límites. Llevaban traje, y hablaban fuerte y rápido, como es su costumbre.

 

Desperté. El reloj marcaba las dos de la mañana. Mi esposa dormía profundamente, sin importarle que en la Ciudad de México eran las 7 de la tarde. Pensé primero que mi sueño significaba un deber ser, un dictado de la conciencia que reverenciaba mi encuentro con los clásicos. Luego pensé que Europa, la vieja bruja, no tenía la culpa. Que la mezcla de adoración y avaricia con las que nos acercamos los latinomericanos al continente europeo es una autoimposición, avalada por estudiantes de posgrado, turistas sofisticados o no, ensoñaciones inocentes, negación de la realidad americana circundante y profundos deseos de huida; avalada, en todo caso, por el desconocimento y la indeferencia con que los europeos miran, cuando miran, nuestro pobre lado del continente.

 

Esta mañana, veo que cae la lluvia tremenda sobre Roma, sé que prefiero seguir el camino de la limpieza, de mi dignidad natural, del sentido común. Pero siglos de adoración, siglos de atracción, siglos de poder y de colonización son irreconciliables con el deseo analítico con el que desperté hoy, con la morbidez, aun fresca de esa junta que durante esta larga madrugada decidía mi destino en un italiano que, con toda seguridad, inventé. Siglos europeos son irreconciliables con mi existencia en la periferia de todas las cosas.

 

Pero, al final, ¿es necesario comprender la grandeza a través de las columnas, de los ábsides? ¿No son monumentos a la desigualdad, a la esclavitud, al fanatismo? ¿Es necesario entender el sufrimiento que se necesita para alcanzar la grandeza, y la admiración?

 

¿Son estos los verdaderos símbolos de la naturaleza humana?