Internet, esa sopa aguada

febrero 6, 2012

Los escritores/editores/artistas tenemos la costumbre de hacer lo que se espera de nosotros. Es como si alguien se hubiera tomado el tiempo de desnudarnos, uno por uno, para analizar las marcas que escogemos antes de comprar, las rutinas que inventamos, los complejos que tenemos, los lugares que preferimos y los canales que más vemos. El deseo de ser enigmáticos y críticos está tipificado con emoticones y hay rutas de mercado diseñadas para nosotros. No estamos solos, ni creamos en la oscuridad. Somos la generación exhibida, la generación ruteada, resumida en los clicks que da. Antes ser escribir era un estigma, una carga, una revelación, un pelo en la sopa. Ahora se escribe, como por arte de magia, en la suma impredecible de voluntades, el texto infinito y no lo estamos escribiendo nosotros. Formamos parte de él, que es distinto.

El texto inagotable del Internet no es el mismo que el de la Biblioteca de babel. En lo que nos corresponde, implica una desmitificación y una condena que provoca dolores de muela pero también un paso necesario, evolutivamente hablando, hacia la nada.

Internet es el triunfo del anonimato. Quizá un día podamos escribir sin tener que firmar (de poder, se puede, de querer…). ¿Quién en su sano presupuesto renuncia a su nombre cuando los nombres valen tanto más que el contenido del libro? La pregunta (Internet es la respuesta) debe confrontar nuestro deseo de figurar como autores en la portada de un libro impreso.

No hay que esperar nada para publicar lo que podemos publicar desde nuestra casa, desnudos si queremos. El anonimato es la verdad divina, los nombres repartidos sin una mano discernible. Ese texto flexibe, wikipédico, estira la mano y habla en nombre de todos, democráticamente.

Abrir un blog toma quince minutos, diez más ponerle un texto que ya habíamos archivado, el resto se va en la coquetería de las formas, elegir la foto que acompaña el texto y nuestra propia foto, dibujo o representación idealizada. En unos pocos meses tendremos más visitas que libros vendidos en un año y en un año más visitas que toda la gente que hemos conocido en la vida entera. La pregunta es cuál es el objetivo de publicar un libro cuando los lectores, los reales, los potenciales, se acumulan en la red. Qué tipo de lectores se trata y qué tipo de textos demandan podemos discutirlo en otro momento.

El texto ilimitado de la red cumple el sueño de la novela polifónica, es nuestra noche mil uno, la representación precisa del funcionamiento de la memoria, de la asociación de ideas, del caos de la vida y del orden impuesto por el lenguaje. Es el lenguaje desatado, el triunfo verdadero de la incontinencia intertextual.

El estilo es modificado por la velocidad, las abreviaturas, los límites de tiempo, es el lenguaje avasallador que descubrió Funes. Basta introducir en el buscador “perro llamado vladimir visto de perfil a las tres de la tarde” y “perro vladimir visto de frente a las ocho y cuarto”. Ambos existen, son el mismo, ocurren, concurren. Italo Calvino imaginó una literatura exacta, veloz, breve, y consistente en el nuevo milenio. Entre todas las ciudades que imaginó, predijo también esta ciudad adentro.

El Internet arrincona los monopolios con sus mil brazos. Ha terminado con las disqueras, con las monografías y la necesidad de escribir de propia mano los trabajos escolares. Ha terminado con la famosa pregunta “¿en dónde te enteraste de eso?”. La página de sexo salvaje está a la misma distancia que la de los mejores flautistas cristianos. Los contenidos aparecen, sin restricciones, a veces sin sentido y aun sin haberlos solicitado, la información es igual para todos, todos los periódicos, todos los autores, todos los libros. El triunfo de la igualdad, el acceso democrático al infinito.

Pero los perros ladran, los ríos corren y el poder puede. El poder se apodera, ésa es su razón de ser –el poder es el gran amigo de la sinonimia. Es una imagen parcial la que aparece ante nosotros si creemos que primero ocurrió la liberación sexual y ahora es turno de la liberación textual. El poder se apodera. El poder usa. Nosotros tenemos acceso ilimtado a todo, pero todo tiene acceso ilimitado a nosotros. En esa suma de textos interminables que es Internet, esa suma se ambigüedad, de irracionalidades, ese reino de la casualidad (piense usted en un neologismo y luego aviéntelo a Google, ya verá qué ocurre), esa nueva zanahoria para nuestra hambre, el significado se llena hasta que deja de significar. Como la palabra que se repite muchas veces, como los libros de tantas páginas que en realidad sólo deberían tener una y dirían lo mismo. Al poder le sirve perdernos, al poder le sirve que creamos en el acceso democrático a la información. ¿Está ahí dentro la información que importa? Si no está ahí, ¿en dónde está?

Pongamos la sociedad. Cuántos tienen algo que escribir y cuántos algo que leer. Quizá, quizá no, alguna vez nos quejamos de lo poco que se lee en el país. La estadística de medio libro al año por ciudadano es más que buen un intento de provocar culpa generalizada. Es verdad que a veces dentro de todo lo que se puede leer, sólo hay medio libro que vale la pena.

Pero cuánto hay que leer y cuánto hay que escribir para ser una mejor sociedad o, al menos, una sociedad escrita y leída. Los aires de suficiencia de mucha gente que lee y que escribe en este país de yuntas se mide siempre en comparación. Basta leer un poco para ser mejor que el vecino. Y si además nuestro intelectual hipotético escribe unas páginas al día, el abismo que lo separa de los demás crece como una epidemia.

La democratización de los medios convierte a cualquiera en un escritor. Pero no sólo eso. Convierte a cualquiera en escritor con lectores. ¿Es eso literatura? Alguien con el nickname Mefistófeles_666 escribe dos mil caracteres en su blog. Ahí cuenta, con levedad o sin ella, el sueño que tuvo anoche. Luego la película que fue a ver y cuánto apesta. Luego un poema. Lo envía a todos y luego alguien lo reenvía. Quizá Mefistófeles_666 sólo quería que una determinada señorita leyera su poema, su reseña, su sueño. Pero ya llegó a cien lectores en tan solo siete horas. ¿Tener algo que decir, escribirlo y tener lectores lo hace a uno escritor? Si no, ¿qué es lo que hace a uno escritor?

Aunque hay criterios más o menos establecidos sobre lo que es literatura (si alguien no sabe la respuesta reformule la pregunta de esta modo: ¿qué publicaría un editorial? La respuesta es la misma), el sueño, la reseña, el poema, Mefistófeles_666 es literatura, una clase, un tipo. ¿Literatura menor? ¿La pesadilla de Cristopher Domínguez, miles de autores amateurs inundando el mundo con texto que, además de todo, es muy posible que se haga de lectores y de críticos literarios (también conocidos como comentadores del post más reciente)?

Alguien puede proponer, para evitar confusiones, es decir, para evitar que la gente crea que los bloggers son escritores y yo, que me porto bien y uso los canales editoriales tradicionales, soy un esnob: que los escritores reales también abran su blog y escriban no sólo en las páginas impresas. Que funden revistas electrónicas, hagan experimentos con caligramas animados, diarios interactivos, La vida instrucciones de uso convertida en una novela internáutica cuyos capítulos son cientos de páginas de blog dispersas, unidas sólo por un enlace y un apretón del mouse. Y por qué no un libro impreso que tenga contenido extra en el blog personal del autor. Bien, las posibilidades son alentadores, sobre todo porque los escritores y los bloggers son, en muchos casos, los mismos. Pero eso no responde a la pregunta.

¿Mefistófeles_666 es un pobre diablo, uno de tantos insolentes que van a talleres literarios y creen que su diario es una obra maestra? (¿por qué lo llamaríamos insolente de cualquier forma?) ¿O es un ser humano que se ha liberado de las ataduras del mundo literario, un mundo cerrado y perverso en donde la crítica puede ser una obra maestra incomprensible o una pelea callejera entre grupos? ¿No representa Mefistófeles_666 el mundo ideal que imaginamos en nuestra infancia literaria, en donde publicábamos cuando se nos daba la gana y no dependíamos de consejos editoriales, editores rabiosos o no, criterios comerciales, concursos, becas y un largo y penoso etcétera?

La gente lee más y escribe más. Los blogs son entradas más o menos claras que se escriben con cierta regularidad. Existen blogs de amantes de platos decorados y existe el blog de Letras Libres (quizá escrito por las mismas personas). En este último caso, las voluntades grupales se juntan en la vida real y en la virtual, pero los otros, los que no tienen idea que para escribir hay que conocer cómo funcionan los entresijos de la socialité, en un acto inocente o valiente o imprudente se ponen a escribir y a enseñar lo que escriben.

La gente escribe y lee más. ¿Es mejor que sea así? Si nos ponemos intensos, no. No es mejor pero tampoco peor. La idea de un consejo editorial constituido por veinte millones de personas que decida cuáles contenidos de Internet son publicables y cuáles no parece una locura, pero quizá alguno lo prefiera. Hay textos lamentables, hay blogs, páginas, talleres en línea, conversaciones de Facebook y de Twitter verdaderamente desastrosos, pero hay otros asombrosos. Igual que en el mundo real, el mundo virtual es humano demasiado humano.

Quizá lo importante es preguntarse si es necesaria la gran maquinaria del mundo literario o hay que simplificarla un poco. Si es una llamada de atención para hacer las cosas con menos parsimonia o con menos seriedad o con menos esa cosa que muchas veces aleja a la sociedad de los libros.

El anonimato, la futilidad del libro, la vanidad del escritor, la democratización tanto de los medios de expresión como de los requisitos para convertirse en artista, el alcance de las palabras, el vacío, el fin del mundo y dios son sólo algunas de las cosas que explora el explorador cuando lo echamos a andar. La forma que tomen estas cosas será, cada vez más, la forma que tome el mundo

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